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Entendió las palabras «Dédé» y «rue Piat», y se dio cuenta de que también hablaban en verlan. La única palabra que reconoció fue erutiov, que era voiture, coche, al revés. Al menos, eso era lo que ella creía.

Cada vez que respiraba, sus pulmones se llenaban de un polvo calcáreo. Le dolía la garganta de aguantar la tos. Poco a poco, estiró un pie, y apoyó la espalda contra la pared. Con dificultad, pudo extender la otra pierna en el estrecho espacio. Consiguió empujar el cuerpo en la otra dirección, por encima de las frías e irregulares piedras.

El sitio se abría a una carbonera más grande. Vio el borroso contorno de una rampa, y encima de ella una oxidada rejilla de metal. Tenía la esperanza de que diera a una callejuela.

Arriba seguía la conversación, pero no podía entender nada. El tono parecía de enfado, casi agresivo. Una de la voces no dejaba de decir «Insh'allah-bent al haram, insh'allah!».

Y fue entonces cuando recordó esa voz. La voz que le susurró «Bent al haram» al oído antes de que le aporrearan la cabeza en el arque.

– René -susurró ella al auricular-. Sube las escaleras hacia Maison de l'Air en el pare de Belleville. Estos mecs han quedado con Dédé en la rue Piat.

– Nos vemos allí -dijo él.

Una grata ráfaga de aire entró por la rejilla.

¡Si pudiera continuar! Le empezaron a asomar gotas de sudor por la frente, y le fallaban las piernas. Oyó pasos de nuevo.

De la calle entraban unos puntitos de luz. Aimée intentó cogerse a la resbaladiza pared. La rampa, de superficie lisa, llevaba arriba. Aimée subió por ella. Buscaba puntos de apoyo con un pie y apoyaba el otro en la pared.

Y fue entonces cuando le resbaló el pie, se cayó encima de algo duro y de madera, y se golpeó la rodilla. Las pisadas cesaron. ¿La habían oído?

Tenía que salir de allí.

Lo intentó de nuevo. Sudorosa, se subió otra vez y llegó hasta la rejilla. Se sentó a horcajadas en la entrada de la rampa, pero estaba cerrada por el óxido. Al menos, entraba más aire.

Frustrada, no sabía qué hacer; más ruidos de pisadas llegaron del apartamento.

Golpeó el cerrojo de metal con el tacón. No cedió. Oyó un crujido, como si estuvieran abriendo una puerta de madera.

Golpeó con más fuerza hasta que el cerrojo se movió.

Después de dar dos o más patadas, probó con la rejilla. Con un fuerte chirrido, cayó hacia delante. Un aire fresco y agradable le llenó los pulmones. Se agarró al borde y atravesó el hueco serpenteando.

Una vez fuera, la luz le hizo parpadear, y se puso de rodillas. Se dio cuenta de que había salido de una ventana ovalada a un ruinoso patio.

Una mujer corpulenta y de piel oscura que llevaba una túnica africana multicolor, con un hombro al descubierto, tendía la ropa en un cordel. Miró fijamente a Aimée.

– Jem'excuse -dijo ella con una sonrisa mientras se sacudía el polvo.

La mujer le devolvió la sonrisa y siguió colgando la colada.

– No me ha visto -le dijo Aimée, y le puso cien francos en la mano-. D'accord?

La mujer le guiñó el ojo, y le dijo adiós con la mano cuando Aimée se metió sigilosamente por la rue Julián Lacroix. Se dirigió al espacio abierto del pare de Belleville.

Aimée se detuvo en la entrada que había al lado del Monument aux morts de la Résistance. Sobre la losa grabada habían colocado flores azules, blancas y rojas. Los recuerdos no morían con las víctimas, pensó ella, animada por el olor fresco del ramo. Escudriñó el parque. A su derecha, unos jardineros se ocupaban de unos arriates de tulipanes.

Ningún mec a la vista. Tampoco Dédé.

– ¿Dónde estás, René? -le dijo ella al auricular, y subió el volumen.

Del otro lado le llegó el resuello del hombre.

– Cerca de Terrassa Belvédère -le dijo René-. Vi por mis binoculares que se dirigían hacia el viñedo, a mitad de camino entre nosotros.

– ¿Cuántos son?

– Dos mecs corpulentos -le contestó René.

Inhaló el aire refrescado por la lluvia y que olía a humedad y a hierba.

Aparte de los jardineros y de dos mujeres con carritos que bajaban por la colina, no había nadie más a la vista. Antes de llegar a la parte más alta, Terrassa Belvédère, había unos bancos debajo de unas catalpas cerca de unos extensos arriates de tulipanes rosas y amarillos. Las fuentes y las hileras de vides que luchaban por abrirse camino eran vestigios del viejo Belleville, otrora salpicado de viñedos y cascadas que brotaban de túneles subterráneos.

– ¿Te has sumergido en carbón?

– Casi -le respondió ella, limpiándose los hombros y frotándose la cara. Cuando se miró los dedos, los tenía negros-. ¿Todavía sigues con tus clases de artes marciales?

– En lo más alto de mi dojo-le contestó él con orgullo-. ¿Algún plan?

– Un trabajo rápido y sucio debería bastar.

– Tú puedes hacer el trabajo sucio -le dijo René-. Yo haré el rápido.

– ¿Qué llevan?

– Bolsas de deporte, azul oscuro -le respondió René.

Por supuesto, pensó ella. Simples y discretas. Todo el mundo tenía una. Eso le hizo pensar en todos los peatones que llevaban bolsas de deporte en la rue de Belleville.

– ¿Qué llevan puesto?

– Chándal gris, y no combinan muy bien los colores. Quedemos a mitad de camino -sugirió René-. Tengo una idea. ¿Recuerdas a esos mecs de Canal de l'Ourcq?

– Alors, René, ¡ten cuidado!

Aimée recordó lo creativo que se había vuelto con sus pies.

– Sígueme -le dijo él.

Cuando llegaron al segundo tramo de escaleras, con enrejado de arcos cubiertos de jazmines colgantes, los mecs se habían parado justo delante de ella.

René se quedó de pie en lo alto bloqueando el paso, con las piernas separadas. Los jazmines en ciernes, rosas y blancos, despedían una dulce fragancia.

– Arbitro de la moda. Lo que lleváis puesto es un insulto al buen gusto -dijo René-. Entregad esas bolsas.

Los dos mecs argelinos se detuvieron y soltaron una carcajada.

– Mon petit-dijo el más grande, que miraban a René desde abajo-. ¿Te has perdido? La tierra de los enanos es por allí.

– No combináis muy bien los colores -dijo él en tono serio.

El mec subió para aplastar a René. Su anillo de diamantes brilló con la débil luz del sol.

A Aimée le entró un escalofrío. Reconoció el anillo, en forma de estrella y media luna, y la peluda manaza que lo llevaba, del Cirque d'Hiver.

– ¡Eh, Multar! -gritó ella.

Él se dio la vuelta cuando René le dio una elaborada patada en la barbilla. Aimée oyó un fuerte crujido. Y después otro, cuando la bota de René aterrizó en su hombro. Muktar giró, se dio contra la barandilla, y cayó escaleras abajo. Su rostro expresaba sorpresa en todo momento.

Aimée le asestó varios golpes en las costillas a su compañero desde detrás. Desprevenido, se desplomó y empezó a agitar los brazos frenéticamente delante de Aimée y de la espaldera de jazmines. Aimée esquivó los golpes. René le propinó una serie de golpes de kárate en los riñones, lo que hizo al mec quejarse del dolor. René dio un paso hacia delante, y lo derribó.