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– ¿Por qué guardarlo en ese vertedero del que escapé? -dijo ella, y le dio un mordisco al bocadillo-. ¿Por qué no lo tenía el jefe? ¿Para qué amenazarme en el circo?

– Comercian con explosivos -le dijo René-. Imagina que tienen que resolver solos la situación, y no están acostumbrados a chantajear ni a ministros ni a sus amantes. Digamos que no es la especialidad de Dédé.

Tenía sentido. Comía mirando por la ventana a la poco iluminada la rue de la Reynie, que se estrechaba y se convertía en un callejón que daba a la place Michelet. La cabeza afeitada, como un pulgar, de un hombre brilló en la luz.

– Pero sé a lo que te refieres -le dijo René mientras se limpiaba la mostaza de su perilla.

Siguió mirando a la figura. Cuando el faro de una motocicleta que pasaba en ese momento iluminó su cara, Aimée reconoció a Claude, el matón de Philippe.

Envolvió el grasiento bocadillo en una hoja de papel que tenía cerca, se lo metió en el bolsillo, y cogió las fotos.

– Odio comer e irme a toda prisa, pero… -dijo ella mientras se abotonaba su chaquetón negro de cuero-. Le voy a dar esto a Philippe. Veré si hace que dejen de tenerlo cogido por los huevos.

– En pocas palabras -dijo René-. ¿Mientras tanto?

– Me gustaría salir con dignidad -dijo ella con una sonrisa-, sin que se ponga chulo ese mec calvo de Claude, que está vigilando el apartamento.

– ¿El matón de Philippe?

Aimée asintió, mientras alborotaba el peludo cuello de Miles Davis.

– Conoce tu coche, René.

René le lanzó las llaves de su vieja motocicleta.

– Coge el pasadizo subterráneo que va del sótano a mi garaje.

– ¿Se puede quedar Miles Davis?

– Bien sûr -contestó él.

– Pórtate bien, bola de pelo -dijo ella, y se metió las llaves en el bolsillo.

* * *

Aimée pasó con la Vespa de René, una reliquia color verde manzana de sus años en la Sorbona, por delante de las farolas con adornos en espiral de la place des Vosges, y vio que Claude la seguía en una pequeña furgoneta; sus luces se reflejaban en el tambaleante espejo retrovisor de la moto.

¿Por qué no había hablado Martine con Philippe para que Claude dejara de perseguirla? Subió a toda velocidad por el bulevar Richard Lenoir mientras se preguntaba qué podría hacer para deshacerse del matón. ¿Dónde estaba cuando Dédé los arrinconó en el parc de Belleville?

Iba detrás del autobús verde que subía por el bulevar. Claude se mantenía a una distancia prudente, pero Aimée se fijó en que Claude iba más lento a propósito. Probablemente pensaba que ella no iba a reparar en él. ¡Qué stupide! Bueno, Aimée había conseguido sacar provecho de la situación.

Continuó por el bulevar Lenoir, siguió sin prisas hasta que llegó a la rue Oberkampf, y allí se subió al bordillo. Allí, bajó volando la amplia zona peatonal, que habían pavimentado hasta más allá del canal Saint Martin. Claude no podía seguirla hasta allí, pero sí verla hasta que Aimée giró a la izquierda y se metió en la rue Crussol y en el laberinto de estrechas calles que recordaba que había detrás del Cirque d'Hiver. Las calles que daban al cirque llevaban a République o a Bastille. Mientras esperaba en el oscuro portal de un edificio, se comió el bocadillo, con las piernas salpicadas de migas. El Café des Artistes estaba a oscuras; Inés había cerrado. Vio los faros traseros de la furgoneta que iba en dirección a République. Al sentirse ya a salvo, volvió por el bulevar en dirección a Belleville.

* * *

– Mais, yo no llamé al samu -le dijo Jules Denet, diez minutos más tarde-. Fue a los flics.

Aimée quería asegurarse de que la teoría suya y de René sobre las dos ambulancias del samu encajaba. Y así fue.

Y también se aseguró de que Denet reconocía a Sylvie en la fotografía que habían transformado por ordenador. No quería aparecer en la casa de Philippe y meter la pata.

Jules Denet le sirvió en la taza de Aimée una tisane de hierbas, un humeante brebaje picante. Blanca estaba posada en el respaldo de la silla de Denet picoteándose las plumas, que caían al suelo.

– ¿Cuándo vio por última vez a Eugénie?

Aimée oyó el sonido que producía al frotarse la cara, que estaba sin afeitar.

– Debió de ser esa tarde. Estaba llevando la basura al patio. Me dijo que se marchaba.

– ¿Que se marchaba?

– Iban a colocar el permis de démolission. -Denet le ofreció un trozo de manzana a Blanca, que picó la parte blanca y dejó la piel verde-. Iban a demoler el edificio. Pobre Eugénie, parecía agitada.

– ¿Y eso, monsieur Denet? -quiso saber ella, y le dio un sorbo a su té.

– Lo único que me dijo fue que las cosas habían cambiado.

– ¿Se fijó en si tenía alguna visita?

– Ya me lo ha preguntado -dijo él mientras acariciaba la cabeza de Blanca-. Estuvo una furgoneta aparcada delante un día antes o así.

Aimée sintió interés.

– ¿Qué clase de furgoneta?

– Era azul, puede que gris. No. -Denet negó con la cabeza-. Marrón,

Frustrada, se agarró con fuerza a la parte inferior de la mesa cromada, y respiró profundamente.

– Por alguna razón en especial, monsieur Denet, recuerda esa furgoneta: ¿era de reparto, tenía el nombre de alguna empresa, o algún tipo de logo, quizá?

Aimée esbozó una débil sonrisa.

– Unas alas al lado de las letras. -Él también le sonrió-. Eso es.

– ¿Recuerda el nombre? -le preguntó ella.

– Algo así como Euro-Photo -le contestó él-. Pero no estoy seguro. Eugénie conocía al chico.

– ¿Cómo lo sabe, monsieur Denet? -preguntó Aimée.

– Llevaba cosas de un lado a otro -respondió-. Me parecía un poco raro que trabajara en mudanzas.

– ¿Por qué?

– Cojeaba bastante -le contestó Denet.

Aimée pensó en el amable Gaston. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¿Le había estado llevando por el camino equivocado todo el tiempo, enviado adonde estaba el coche bomba, y pasado información que no servía para nada?

– ¿Era un hombre mayor y cojo, monsieur Denet?

Blanca picoteaba unos granos de maíz que había sobre la mesa de café. Denet parecía absorto en sus pensamientos.

Aimée quería que le respondiera.

– Era joven como usted-contestó él-. De piel oscura. Con el pelo raro, como el suyo.

Aimée sonrió aliviada, en parte porque odiaba pensar que no tenía buen ojo para la gente, pero también porque le gustaba Gaston.

Archivó la información que le había dado, y prosiguió con la charla. Sacó la composición digital que había hecho René, y la dejó al lado de la tetera.

– Por favor, échele un vistazo a esto, monsieur Denet.

El miró la fotografía, y negó con la cabeza.

– ¿Monsieur Denet? ¿No es esa Eugénie?

– ¡Déjeme en paz!

Denet negó con la cabeza con violencia.

Aimée se levantó.

Tules Denet seguía sentado, inmóvil, con la cabeza gacha.

– No hace falta que me acompañe a la puerta, monsieur-le dijo ella.

Se colgó el chaquetón de cuero del brazo. Lo único que se oía era el sonido de las garras de Blanca contra la superficie de cristal de la mesa.

– Rosas amarillas. Me gustaría enviarle rosas -le dijo Denet, con los ojos llenos de lágrimas.