– Es Eugénie, ¿verdad? -dijo Aimée, y se sentó.
Él asintió.
– ¿Puedo hacer una copia de la foto? Se la devolveré -dijo en voz baja.
– Quédesela, monsieur-le contestó ella.
Blanca se había posado en el hombro de Denet, y él la acariciaba distraídamente.
– A Eugénie le encantaban las rosas amarillas. Eran sus favoritas.
– Me aseguraré de que sea una docena -le dijo ella-. Tiene mi palabra, monsieur Denet.
Aunque tenga que cogerlas yo misma en el jardín del número 78 de la rue du Guignier, pensó ella cuando salía de la casa en dirección a la rue Jean Moinon. Recordaba esas rosas amarillas. Tenían que ser las rosas de Sylvie en la casa de Sylvie.
– Philippe -dijo ella inclinándose y hablando por el móvil fuera de la casa de Denet-. Tenemos que hablar.
– ¿Qué demonios has hecho? -dijo arrastrando las palabras.
Sorprendida, Aimée se paró fuera del apartamento de Denet. Se quedó en la entrada, alerta a cualquier movimiento en la rue de Ménilmontant. Buscó a Claude.
– ¿Dónde está Anaïs?
Aimée oyó salpicaduras, y un ruido sordo. Después, silencio.
– ¿Ça va, Philippe?
– No metas a Anaïs en esto -dijo él.
– ¿No estaba Sylvie protegiéndote? -le preguntó Aimée.
– Deja que me en-n-n-carge yo de esto -le interrumpió él-. ¡Eres problemática, y complicas las cosas!
– Alors, podrías estar metido en un lío -le dijo Aimée levantando la voz-. XT196… ¿entiendes?
– Deja de entrometerte.
Philippe colgó violentamente el teléfono.
Tenía que hacerle entender. Y averiguar por qué Sylvie tenía otra identidad. Cogió un foulard de lana del bolso, se lo colocó alrededor del cuello, y fue en coche a su casa.
Cuando llegó a Villa Georgina, la casa de los de Froissart estaba a oscuras. Subió a la puerta lateral y llamó.
Silencio.
Había unas viejas ventanas con el marco de metal que daban al jardín. Una tenue luz brillaba encima de la cocina azul aga. Aimée miró por el cristal con burbujas de la ventana, y vio a Philippe con medio cuerpo encima de la mesa de pino. Contorsionado e inmóvil.
El pánico se apoderó de ella. ¿Estaría herido?
Llamó con fuerza a la puerta.
Ni se oía nada, ni nada se movía.
Probó en todas las ventanas. Finalmente, la más alejada se movió. Cogió una ramita del jardín, la introdujo y la movió una y otra vez hasta que sintió cómo cedía el pasador. La ventana se abrió con un chirrido.
Se subió el chaquetón, y trepó. Le vino un olor a güisqui. En el suelo había un charco ambarino. Philippe roncaba fuerte, totalmente borracho. Aliviada, lo sacudió varias veces. Balbuceaba y babeaba. Su canoso pelo estaba enmarañado y aplastado en un lado.
Philippe se había quedado dormido de la borrachera. Frustrada, quiso golpearlo en la cabeza… había desencadenado todo ese follón porque era incapaz de dejar el pajarito dentro.
¿O sí?
Al no poder hablar con Philippe, la única que se lo podía decir era Anaïs… y estaba desaparecida.
Aimée buscó en la cocina, en el teléfono del recibidor, en el estudio con paredes de caoba de Philippe, y en todos los cajones de su mesa de despacho. Nada indicaba dónde podía estar Anaïs. Miró debajo de las carpetas apiladas encima de la mesa, entre directivas ministeriales y prospectos comerciales.
Y fue entonces cuando vio que un sobre marrón llevaba una etiqueta que decía XT196. Dentro había cientos de fotos en blanco y negro de hombres argelinos que llevaban unas tarjetas con números sujetos a la camisa con imperdibles. Como las que había encontrado dentro de la bolsa de deportes.
¿Qué significado podía tener eso?
Miró más de cerca. Algunas tarjetas estaban sujetas directamente a la piel del pecho. Pero lo que le llamó la atención fueron los rostros más inexpresivos, intercalados con los que tenían el miedo en los ojos. Desconcertante.
No había texto. Sólo las caras.
En la solapa de atrás, vio algo escrito con lápiz. Emborronado. «Youssef» y un número. De nuevo el mismo nombre y número de teléfono.
Volvió a la mesa de la cocina, donde Philippe seguía roncando, profundamente dormido. Aimée abrió la nevera de acero inoxidable, y se puso un poco de Badoit fresca. Bebió la burbujeante agua mineral, y después hurgó en los bolsillos de Philippe. En uno de ellos había un recibo del Centre Hópitalisation d'Urgence en Psychiatrie Esquiro para madame Sitbon. Por supuesto, tenía que ser Anaïs. ¡Sitbon era su apellido de soltera!
Aimée reconoció el hospital, famoso por su centre de crise, y no muy lejos de Père Lachaise en la rue Roquette. Bebió un poco más de Badoit, garabateó «Llámame» en una de sus tarjetas, se la metió a Philippe en su mano cerrada, y se fue.
En el cuarto piso de la clínica, Aimée rozó la mejilla de Anaïs con el dorso de la mano.
La mujer pestañeó y abrió los ojos.
– Qué bien ver una cara familiar -le dijo Anaïs con una débil sonrisa.
– Siento molestarte.
La habitación privada daba a los árboles de square de la Roquette. Al lado de la cama de hospital se oía el pitido lento y constante de un monitor.
– ¿Cómo está mi Simone?
Aimée dio un respingo. Se sentía culpable, no había ido a ver qué tal estaba la niña.
– Bien, te echa de menos -mintió ella-. Mira esto.
Tenía en la mano otra foto que René había modificado… de Sylvie con la peluca roja.
– Sylvie se ponía peluca -dijo Anaïs-. A algunos hombres les gusta. Philippe es uno de ellos.
Pobre Anaïs.
– Hay más. Lo siento -dijo Aimée, e intentó controlar su nerviosismo-. He encontrado unas fotos extrañas.
Las lágrimas se deslizaban por las mejillas de Anaïs.
– ¿Qué ocurre? -quiso saber Aimée. No podía entender su desinterés.
– Philippe ha cambiado. Está muerto por dentro.
– Intenta olvidar. -Aimée negó con la cabeza-. Tiens, si estuviera muerto por dentro no bebería hasta quedarse inconsciente.
– Esto no se terminará hasta que el asesino… -Anaïs respiraba agitadamente, y más lágrimas bajaron por sus pálidas mejillas-, hasta que tú los atrapes. Su Sylvie pretendía ser otra persona, tiene que averiguar el por qué… su motivo. Esto no acabará hasta entonces. Te contraté para que encontraras a quien mató a Sylvie.
Aimée lanzó un suspiro.
– Mira, Anaïs, estoy haciendo lo que puedo, pero tú y Philippe no habéis sido de mucha ayuda. He estado trabajando a tientas. Si sabías lo de las fotos, ¿por qué no me lo dijiste? ¡Es como si me hubieras dado media baraja para jugar a las cartas!
– El general -dijo ella limpiándose las mejillas.
Aimée se agarró con firmeza a la barandilla de la cama y se echó hacia delante.
– ¿Qué has dicho?
– Recuerdo… que alguien dijo «general», quizá fue Sylvie… y después la explosión.
¿Qué querría decir con eso? ¿Qué Sylvie dijo eso en el apartamento?
Anaïs asintió.
– Sylvie dijo que habían ocurrido cosas terribles en Argelia. Philippe también lo sabía.
Aimée se preguntó si tendría algo que ver con esas fotos.
– ¿Qué te dio Sylvie?
– Un sobre. Anaïs se frotó los ojos.
– ¿Un sobre que tenía XT196 escrito en él?
– Lo tiene Philippe.
– ¿Viste al general?
Anaïs negó con la cabeza.
– ¿Oíste algo, alguna voz, algún ruido?