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– Imagínate lo siguiente. Si Dédé conoce a todo el mundo en Belleville -le dijo René-, puede que sea él al que la gente utiliza para entrar en contacto con la red maghrébin.

– Interesante -dijo ella-. Pero antes tenemos que ahondar un poco.

Tras comprobar los vínculos del banco de Sylvie en las Islas del Canal, ya había encontrado las transferencias de dinero.

– Mira, René, los depósitos vienen del Banco de Argel -dijo emocionada-. Varios millones cada vez.

René abrió la cuenta del Banco de Argel en su pantalla, y entró en ella.

– Las he encontrado -anunció él-. Mira, las transferencias son de AlNwar Enterprises.

Aimée miró detenidamente la pantalla, y vio una larga lista de ellas. Se volvió a sentar; algo le resultaba familiar.

– ¿Por qué AlNwar Enterprises iba a ingresar dinero por medio del Banco de Argel a una cuenta en las Islas del Canal al nombre de Eugénie Grandet? -dijo ella, y giró la silla hacia el terminal de la oficina y lo encendió.

– Me huele mal -dijo René.

– Supongo que es hora de informarnos sobre AlNwar.

Después de hurgar en un servidor de una red árabe, descubrió la escritura de constitución de la compañía y los estatutos para establecerse como sociedad anónima, requeridos por el gobierno francés para cualquier contrato.

No había nada ilegal en eso.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta. La noche de la explosión, Philippe le presentó a Kaseem Nwar, que estaba con Olivier Guittard, y los dos le insistían a Philippe para que aprobara cierto proyecto y misión humanitaria. Recordó la tensa reacción de Philippe y cómo la sacó de allí rápidamente. Después lo vería en un café en Belleville. ¿Formaba Kaseem Nwar parte de AlNwar?

Accedió a los archivos de la compañía. Descargarlos le llevó tiempo.

Aimée pensó en las fotografías de los hombres con los números clavados al pecho. Todos argelinos.

Sintió curiosidad, y en el ordenador buscó información sobre AlNwar mientras René se concentraba en la cuenta de Philippe de Froissart. Aimée siguió buscando datos sobre la estructura de la compañía, la lista de accionistas y empleados. Cuando la encontró, se levantó y lanzó un silbido.

– Kaseem Nwar es el director -dijo-. Parece ser que le gusta el nepotismo.

– ¿Por qué?

– La mayoría de sus empleados y accionistas son Nwar también.

– ¿Qué tipo de empresa es? -le preguntó René-. ¿Maquinaria pesada o algo en conexión con el petróleo?

Aimée negó con la cabeza.

– Importación de joyas -le contestó ella. Qué extraño-. ¿Qué tendrá eso que ver con un proyecto relacionado con la ayuda humanitaria?

– ¿Perlas para las masas?

– Eso es, René -dijo ella mientras lo cogía del brazo emocionada-. ¡Perlas! La perla del lago Biwa. No dejo de decirte que eres un genio. Y es que lo eres.

Él sonrió.

– No voy a ser yo el que rechace un piropo, ¿pero dónde encaja todo eso?

– Todavía no lo sé, pero me estoy acercando -respondió Aimée, incapaz de sentarse. Andaba de un lado a otro.

Todo estaba allí. De alguna forma. Tenía que juntar las piezas. Averiguar dónde iban las partes que no encajaban. Una pieza grande era Mustafa Hamid y el afl; creía que formaban parte de ello. De alguna manera, ese era su sitio.

– AlNwar enviaba enormes sumas de dinero a Sylvie -dijo ella-. ¿Por qué? ¿Eran sobornos para que Philippe otorgara contratos a AlNwar?

– Pero ¿un negocio de joyería? -preguntó René-. A menos que AlNwar esté al frente de otro tipo de empresa.

Aimée se volvió a sentar y buscó en los archivos de AlNwar. Había dos compañías que eran sus filiales: NadraCo y AtraAl Inc.

Pero no encontró nada más.

René no pudo entrar en el Banque de France. Los bloqueaban a cada momento.

Se puso de pie y se estiró.

– Aimée, si entraron los sobornos, están ocultos -dijo René, aspirando el aire con la boca entreabierta-. Lleva tiempo descubrirlos. Todas mis herramientas están en mi base de datos en casa.

Antes de irse le prometió que la llamaría cuando averiguara algo.

Aimée se sentía frustrada: sabía que existía más información. El problema era cómo encontrarla.

Tenía que simplificarlo más, y comenzar con lo que sí sabía.

Entró en el Ministerio de Defensa. Usó una contraseña segura del Gobierno, una de las muchas que René mantenía vigente, cortesía de sus conexiones siempre variables; encontró una lista de proyectos financiados por el ministerio. Entonces, refino la búsqueda a proyectos cuya financiación estaba todavía bajo consideración.

Cientos.

Inspiró y la limitó a aquellos relacionados con Argelia. La lista disminuyó considerablemente. Mientras se imprimía, se sentó delante de la mesa de su socio.

En su terminal, accedió al Fichier National a través de la conexión de René, porque si el Gobierno no te cogía cuando nacías, siempre lo hacía cuando estirabas la pata.

Sabía que cuando nacieron Mustafa Hamid y su hermano Sidi, Francia consideraba a Argelia más que una colonia. Incluso más que una extensión de Francia más allá del Mediterráneo, un departamento. Sin embargo, a la hora de votar esto no se tenía en cuenta. Los argelinos no podían hacerlo; Argelia pertenecía a la République como si fuera la invitada a una boda y nunca la novia.

Aimée se imaginaba que si Hamid o Sidi emigraron a Francia, probablemente habrían pagado algún tipo de cuota de solicitud, recargo o impuesto.

En el caso de Hamid, encontró su carte bancaire a través de su fecha de nacimiento y número de la Sécurité Sociale. No apareció el nombre de ningún familiar directo, sólo un Sidi, H., como padre, y Sidi, S., como madre, ambos fallecidos. Introdujo el nombre Djeloul Sidi. Salió el nombre de soltera de su esposa, El Hechiri.

Aimée abrió los ojos de par en par cuando apareció una referencia cruzada a Kaseem Nwar. Le resultaba extraño.

Más adelante, los archivos indicaron que El Hechiri había estado casada con Kaseem Nwar de 1968 a 1979. Aimée miró con más detenimiento y volvió atrás. Los archivos de Sidi mostraban que había estado casado con El Hechiri de 1968 a 1979, los mismos años.

Aimée se echó hacia atrás en la silla y silbó. Había cambiado de nombre, y el ordenador no lo había pillado… simplemente creaba una referencia cruzada.

Recordó cuando lo vio aparecer en el café, cuando le contó cómo traía comida a los sans-papiers. ¿Por qué no dijo simplemente «Vi a mi hermano»?

Pensándolo bien, ¿por qué no admitió que le había enviado millones de francos y perlas del lago Biwa a Sylvie? Pero por otra parte, ella tampoco le había preguntado.

Revisó los nombres de la lista de proyectos argelinos uno a uno, y los marcaba hasta que encontraba uno que le sonaba.

Llevó la lista al mapa de Argelia que tenía colgado en la pared, siguió el recorrido del Atlas, y señaló la zona al sur de Orán. Otrora un baluarte de los fellaghas rebeldes contra los franceses, la zona se había convertido entonces en un páramo donde tiraban municiones. El ejército la declaró zona restringida.

Se había quedado pasmada, y volvió a sentarse. Le resultaba difícil creer lo que acaba de descubrir.

Sabía lo que tenía que hacer.

Su teléfono, ya cargado, indicaba que había varios mensajes de voz. Intentó no hacerse ilusiones con que Yves le hubiese dejado un mensaje. Pero cuando los escuchó, los tres eran de la misma persona.

– Aimée. -Era Samia, su voz era aguda y su respiración entrecortada-. ¡Coge el teléfono!