La misión humanitaria… Philippe estaba involucrado. No era de extrañar que quisiera que cerrase la boca.
– ¿Qué tiene que ver con los huelguistas del afl de la iglesia?
– Eugénie confiaba en Mustafa Hamid -dijo Youssefa-. Varias veces me dijo que si me metía en líos acudiera a Hamid. Eso es todo.
– ¿Qué pasó con ellas?
– Le di el resto de las fotos a Zdanine -le explicó Youssefa-. Me dijo que se las daría a Hamid, y que conseguiría que hablara con él.
¡Zdanine! Seguro que por un precio escondió las fotos y se las dejó a Dédé en aquella casa abandonada. Los mecs de Dédé las recuperaron, pero ella y René los sorprendieron en el parque.
– No destruiste los negativos, ¿verdad?
Youssefa apartó la mirada.
– En buenas manos.
– Dame una hoja de contactos.
Youssefa se apartó.
– Necesito tener pruebas si quieres que los detenga.
Ella negó con la cabeza.
– Eso es lo que me dijo Eugénie.
Suavemente, la cogió de su desfigurada cara y la giró hacia ella.
– Confía en mí -le dijo con tanta bravuconería como pudo-. Lo creas o no, me gano la vida con esto. Y también van detrás de mí.
En los tristes ojos de Youssefa, vio que tenía su consentimiento.
La chica la llevó a la habitación por la que entraron, con las fotos de Piaf y el vestido negro. Youssefa abrió un armario de madera, que olía a una mezcla de humedad y lavanda. En los estantes, Aimée descubrió una fila de zapatos negros pequeños, algunos con una tira en forma de te, otros sin puntera, todos de los años treinta y cuarenta. Se los quedó mirando. No eran más grandes que su mano.
– ¿De Piaf?
Youssefa asintió.
Para haber sido una mujer tan pequeña, pensó Aimée, Piaf había conmovido al mundo.
Youssefa buscó en el estante de arriba, donde había hileras de guantes de niño amarilleados.
«En buenas manos», había dicho ella.
La chica sacó un sobre, le echó un vistazo, y se lo entregó a Aimée.
– Estas muestran las pilas de cadáveres. -Bajó la mirada-. Quedan más pruebas en el desierto, a cincuenta kilómetros de Orán. Huesos blanqueados por el sol.
Pensó en las palabras de Gaston. Su experiencia en la misma parte de Argelia. La historia se repetía de una forma triste y retorcida.
Aimée salió cuidadosamente por la ventana trasera de la cocina, bajó por la oxidada escalera de incendios a un patio asfaltado. Caminó por él, y salió a la rue Crespin du Gast. Anduvo dos manzanas hasta el apartamento de Samia.
Llamó a la puerta. No hubo respuesta.
– Samia, soy Aimée.
Lo único que oía era el estruendo de música raï con un ritmo tecno.
Lo intentó con el pomo. Cerrado con llave.
Si Samia tenía miedo, ¿por qué tenía la música tan alta?
Regresó con pasos pesados al patio. Estaba lloviendo con fuerza. Se levantó el cuello de su abrigo, y pasó por delante de la carnicería tapiada. La fachada estaba cubierta de carteles despegados. Se dirigió al lugar al que daba la ventana de la cocina de Samia.
Y fue entonces cuando vio el reloj naranja fosforescente en el empedrado. Se agachó, y lo cogió del suelo. El corazón le latía con fuerza.
– ¿Estás aquí?
El sonido del agua de lluvia en una alcantarilla fue la única respuesta que recibió.
Se acercó poco a poco al pasadizo, que apestaba a orina y bordeaba el hammam. Y fue entonces cuando vio a Samia tumbada contra la pared de piedra.
– Samia, ça va?
Pero cuando Aimée se acercó, se quedó inmóvil.
Tenía una herida rojo oscuro en el pecho que manchaba su conjunto de color melocotón, y en sus ojos abiertos caían las gotas de lluvia. Aimée lanzó un grito ahogado y se arrodilló a su lado.
– Eres demasiado joven -susurró ella y le cogió las manos. Frías.
Heladas.
Sintió una punzada de culpabilidad. Se suponía que tenía que proteger a la espabilada y aniñada Samia.
Le cerró los ojos, rezó una oración, y le prometió justicia.
Marcó el 17 del samu en el móvil, dijo dónde estaban, y esperó a oír la sirena antes de entrar disimuladamente en la calle.
¿Adónde iba Samia? ¿Por qué aquí? Aunque eso era trabajo de los flics, pensó ella, circunspecta. Dédé había estado a dos manzanas de allí buscándola; había hablado en serio cuando le dijo que morirían más personas.
Tenía pavor a llamar a Morbier. No sabía cuándo telefonear. Pero al final, a una manzana de distancia, en una esquina mojada de la rue Moret, lo llamó. No quería que lo supiera por las noticias ni por la radio de los flics.
– La he fastidiado, Morbier -dijo ella.
– ¿Buenas noticias, Leduc?
Le oyó encender una cerilla, e inhalar después.
– Malas. Samia ha muerto.
El silencio de Morbier pareció durar una eternidad. Sabía que esta noticia lo heriría en el alma.
– Nom de Dieu -suspiró él-. Soy tan estúpido.
– Desolé, Morbier. -Se le llenaron los ojos de lágrimas-. Es mi culpa.
¿Por qué no había obligado a Samia a quedarse en el coche? ¿Por qué no había cuidado de ella hasta haber conseguido el contacto del plastique?
– A ti también te dispararon, ¿ver dad, Leduc? -dijo finalmente Morbier, con voz triste y cansada-. ¿Dónde estás?
Se lo dijo.
– Sal de ahí, Leduc. Empieza a caminar. ¡Ahora!
Chocó contra el letrero de la calle, corrió hasta llegar a la rue de Belleville, y allí paró un taxi. Ahora irían por ella con más firmeza. Decidió tomar una determinación; ella también sabía jugar duro. Le dio al taxista cien francos y le dijo que si llegaba al Ministerio de Defensa en menos de treinta minutos le daría otros cien.
Veinte minutos más tarde, en la zona de recepción del ministerio, Aimée le dijo a la secretaria de Philippe, en un tono de voz muy bajo y cortés que tenía que ver a le ministre immédiatement!
La secretaria le informó a regañadientes de que el ministro estaba ocupado. Tenía reuniones de alto nivel que atender, pero que se pondría en contacto con ella a lo largo del día.
Aimée le respondió, en un tono de voz ligeramente más alto que un susurro, que si él no la recibía, la sangre de inocentes mancharía su blusa de seda, y ninguna limpieza en seco podría deshacerse de ella. La secretaría parpadeó, pero siguió negándose. Sin embargo, cuando Aimée amenazó con irrumpir en la reunión, se levantó alarmada y la acompañó a una oficina adyacente.
– Oui?-dijo Philippe instantes después.
Sus ojos demacrados y su andar encorvado proyectaban un aire de derrota. Algo nuevo para Philippe. Patético, pensó ella, y sintió lástima por él. Pero por poco tiempo.
– Philippe, tengo pruebas de que la misión humanitaria es una farsa -dijo ella-. Y alguien te está chantajeando.
La mirada del hombre era de alarma. Dio un paso hacia atrás. Se oyó un murmullo de voces de fondo, unos papeles crujían bajo una resplandeciente araña. El se giró y cerró la puerta.
– Ahora estoy en una reunión con oficiales de mi departamento -le dijo en un tono de voz tenso-. No puedo hablar.
No lo había negado. Y tenía un aspecto enfermizo.
– No hables, Philippe -dijo ella-. Puedo ayudar. Sólo escúchame.
Había cambiado después de sus amenazas en el canal Saint Martin. Parecía casi dócil y tan derrotado. Puede que fuera su oportunidad. Cogió una silla Luis XV dorada y tapizada y la puso cerca de él.