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– Siéntate. Dame tres minutos -le dijo mientras lo acercaba a la silla.

Por un momento, pensó que se negaría, pero se sentó. Era un comienzo.

– No sabías que los fondos iban al ejército argelino, ¿verdad? -No espero a que respondiera-. Claro que no, confiaste en Hamid, en Kaseem y en Sylvie. ¿Por qué no? Eran tus amigos desde la Sorbona. Cuando a finales de los sesenta, salió a la luz la represión francesa, el legado que se dejó en una Argelia destrozada por la guerra, te uniste a lo que se convirtió en el afl.

Miró a Philippe. El parpadeaba y se frotaba los pulgares.

– ¿Qué pruebas tienes?

– Escúchame hasta el final, Philippe -le dijo ella-. Hamid profesaba el islam a su manera. Estoy segura de que admirabas sus métodos pacíficos y cómo aceptaba a todo tipo de gente. Contribuiste discretamente al afl cuando entraste en el ministerio.

Aimée hizo una pausa: ahora venía la parte fea.

– Kaseem había vuelto a Argelia. Ganaba dinero abasteciendo al ejército de alguna manera. Pero no lo sabías. Hace seis años, Sylvie volvió a entrar en tu vida.

Philippe negó con la cabeza.

– No era mi amante.

– Lo sé. Te convenció para que financiaras esta misión humanitaria mientras te inflaba tu cuenta bancaria. El proyecto revitalizó el sector 196, una tierra devastada y estéril desde la guerra de Argelia en los sesenta. Se pudo proporcionar sistemas de riego, trazar un nuevo mapa de la región, construir carreteras, una central eléctrica y viviendas. Después de todo, pensabas que ayudaba a los más afectados. Creías en la misión, querías que tuviera éxito. Era para las tribus desprotegidas del bled, no para los políticos ni los militares. Creíste a Kaseem. También Sylvie y Hamid. Era tu amigo. Tu viejo amigo.

Philippe le estaba prestando atención, estaba llegando a él.

– Pero entonces te topaste con la realidad cuando aparecieron las fotos XT196. No había ni nuevos asentamientos, ni carreteras, ni campos regados.

Sólo ejecuciones del escuadrón de la muerte y armas para los militares. Sylvie rápidamente sintió remordimientos. Tú también, Philippe. Pero Dédé, uno de los mecs contratados por el General, la hizo saltar por los aires cuando amenazó con sacar la verdad a la luz.

El negó con la cabeza.

– Dejaste de financiar el proyecto. Por eso estás escondiendo a Anaïs -continuó ella-. Planeaban secuestrarla, usarla como cebo para obligarte a financiar el proyecto. Pero me metí en medio.

La mirada de Philippe ardía de ira.

– ¡Tú siempre estás en medio!

Se abrió la puerta y la luz del pasillo iluminó la estancia.

– Philippe, te estamos esperando -dijo Guittard, el hombre rubio que recordaba de la cocina de Philippe. Ignoró a Aimée, y miró de frente a Philippe golpeando el suelo con sus mocasines de marca-. Han presentado la resolución. ¡Levántate, hombre! A menos que propongas otra iniciativa, la misión se va por el pissoir.

– ¿Y por qué no, monsieur?-dijo ella.

Pero ya se habían ido.

Habían asesinado a dos mujeres, pero eso no parecía influir en el buen funcionamiento del gobierno. El dinero sí. Por lo menos la misión no sería financiada. Pero alguien tenía que pagar, se dijo Aimée.

Lunes por la mañana

Bernard estaba de pie dentro en la entrada al centro de detención de Vincennes, donde un autobús lleno de hombres esperaba su repatriación forzada. Otros autobuses se habían llevado a Creil (una base militar) a aquellos que no tenían papeles a aviones fletados que aguardaban en Creil, una base militar. Bernard golpeaba con los pies la compacta tierra helada. Frío, siempre tenía frío. Su cuerpo nunca entraba en calor hasta julio. Entonces había uno o dos meses de lo que llamaban calor hasta que el frío volvía otra vez.

Los medios, que no podían entrar, esperaban fuera como carroñeros hambrientos por llenar sus fuentes de noticias. Dentro, Bernard no podía reaccionar. Esos hombres habían llegado a Francia años atrás en busca de asilo, escapando de la represión, y se quedaron de forma ilegal después de que su solicitud fuera denegada. ¿Qué podía hacer él?

– Directeur Berge, por favor, el recibo de transporte -dijo el guardia con cara de halcón.

Bernard dudó. Deseó poder desaparecer.

– Es una mera formalidad, directeur Berge. -El hombre le colocó el bolígrafo en la mano-. Pero tenemos unas normas.

Bernard hubiera jurado que el guardia guiaba su mano, como si le obligara a firmar.

Y entonces, todo terminó. Los guardias atravesaron con él el patio delantero, más allá de los autobuses de los que salían los alrededor de ochenta sans-papiers. En fila esperaban a ser procesados. Bernard se sintió como un criminal de guerra, como un nazi al que dejaban en libertad porque había accedido a hablar. ¿No había actuado, como su madre le había dicho, como la Gestapo?

Fue entonces cuando oyó encima de él el sonido de las aspas de un helicóptero, que levantó polvo y grava del patio, que salpicó a todo el mundo cuando aterrizó. Un agente de la raid salió de él y corrió hacia ellos.

– Directeur Berge -gritó para hacerse oír por encima del ruido del rotor-. El ministre Guittard lo necesita.

Bernard se tropezó.

El agente lo agarró.

– Pero ¿por qué? ¿Pueden empeorar las cosas?

– Toma de rehenes, directeur Berge. Tengo órdenes de proceder de inmediato.

Bernard empezó a negar con la cabeza, pero el agente lo cogió del brazo, y lo llevó a toda prisa hacia helicóptero que los esperaba.

Lunes al mediodía

Aimée fue andando desde la oficina de Philippe hasta la suya. Permanecía alerta por las calles estrechas. Nadie la seguía. El cortante viento venía del Sena. Se ajustó el abrigo.

El aroma a lirio de los valles en flor le llegó de un jardín tapiado cercano. Por un momento, el rostro borroso de su madre apareció delante de ella. Toda la ropa de su madre olía a lirios, y también la habitación mucho después de que se hubiera ido. Y entonces, la imagen desapareció. El viento racheado le arrebató el aroma y los recuerdos.

Le sonó el móvil en el bolsillo.

– Allô -dijo ella, con sus dedos helados manejando torpemente el teclado.

– Todo es por mi culpa, Aimée -dijo Anaïs entre sollozos.

– ¿Qué quieres decir? -Aimée estaba sorprendida-. Pensaba que estabas en el hospital.

– Toma de rehenes… Simone. -La voz de Anaïs se debilitaba, pero volvió poco después-. École maternelle.… en el vigésimo arrondissement. Te necesito.

A Aimée se le heló la sangre.

– Rue l'Ermitage, subiendo desde la place du Guignier. -A Anaïs se le quebró la voz. Aimée oyó el inconfundible ratatá ratatá de una semiautomática, a gente chillando, y el ruido de cristales hechos añicos.

– ¡Anaïs! -gritó ella.

Ya no había nadie al teléfono.

* * *

Aimée se dirigió a toda prisa a la arbolada calle del siglo XIX, que era un hervidero de gente: la police y la raid, el grupo paramilitar de élite.

A su izquierda, la école maternelle, un edificio un edificio con balcones con barandillas de hierro en la cara norte. En la école élémentaire adyacente estaba la entrada a las dos escuelas, en la rue Olivier Metra.