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– Soy Aimée, amiga de Anaïs. ¿Quién es?

Sardou asintió, y se puso un dedo en los labios.

Oyó que alguien sollozaba y se sorbía la nariz, y entonces una voz de niña dijo con ceceo:

– Me he hecho pipí… en mi vestido nuevo. ¡Maman se va a enfadar conmigo!

La expresión del commissaire y de los agentes de policía era de sorpresa. El negociador extendió el brazo, pero Aimée negó con la cabeza.

– ¿Simone? -preguntó Aimée-. Soy Aimée, ¿me recuerdas? Soy la amiga de tu maman.

La niña le respondió con un fuerte llanto. Era obvio que Simone sabía que su madre estaba en el edifico. ¿Había ido Anaïs a ver a su hija después de salir de la clínica?

Aimée mantuvo la calma.

– Simone, a mí también me ha pasado. Te limpiaré el vestido. ¿Dónde estás?

– ¿De verdad?

El llanto cesó.

– Claro que sí. Lo dejaré como nuevo -le dijo Aimée-. Nadie notará la diferencia. ¿Dónde está tu maman?

– Se la llevó el payaso.

– ¿Un payaso?

– Se la llevó.

– ¿Se la llevó adónde?

Aimée miró a Sardou que por señas le dijo que continuara. Fuera, aparte de los árboles moteados por el sol, no había rastro alguno de vida detrás de las ventanas del colegio. Cerca de Aimée, en el vestíbulo, una hilera de tiradores comprobaban sus rifles y miras telescópicas.

– Maman me dio su teléfono. El payaso se enfadó con ella y la empujó. Ella me susurró que era parte de un juego, estábamos jugando al escondite con él, así que todos teníamos que escaparnos.

Aimée se preguntó qué le habría pasado a Anaïs.

El rostro del commissaire se tensó. La expresión del negociador era de preocupación.

– ¿Dónde estáis tú y los otros niños ahora? -le preguntó Aimée.

– Estoy en el armario que hay debajo de las escaleras. Los demás se han ido con los profesores -le contestó ella-. El payaso era raro. No parecía un payaso de verdad.

– ¿Qué quieres decir, Simone?

– No tenía globos -respondió ella-. Sólo unos palos gordos que se pueden encender como velas. ¡Él dijo que iban a hacer pum!

Dinamita.

Aimée se quedó inmóvil. ¿Cómo iban a calmar a un terrorista que llevaba dinamita en un jardín de infancia lleno de niños que se habían escondido?

Sardou gritó una orden a los tiradores que esperaban, que se pusieron firmes. Unas luces azules brillaron en la estrecha calle cuando un camión se detuvo con un chirrido. En el París de ese momento, eso significaba sólo una cosa: la brigada antibombas. Aimée se esforzó para que la voz no le temblara.

– Simone, ¡te estás portando como una niña grande! ¿Recuerdas si tu maman dijo algo? ¿Quizás algo que quisiera el payaso?

– Quería a Bernard, el hombre malo. Si Bernard viene, nos da una glace grande.

Oyó cómo se sorbía la nariz.

– Qué valiente eres, Simone. Yo también te voy a comprar un helado. ¿Viste adónde fueron?

Escuchó un crujido. Se imaginó que Simone estaba negando o asintiendo con la cabeza.

– ¿Me puedes decir sí o no, Simone?

– Subieron las escaleras. Pensaba que iba a hacerle daño, pero maman me dijo que era parte del juego. Tengo que recordar una cosa.

– ¿Una cosa?

– Es un secreto.

Los nudillos de Aimée estaba blancos de tanto apretar el teléfono. Le temblaban las manos.

– ¡Por supuesto! Pero yo puedo guardar un secreto, soy la mejor amiga de tu tan te Martine… puedes contar secretos a las mejores amigas.

– ¿Cómo sé que puedes guardar un secreto, Aimée? -ceceó Simone.

Aimée sintió que el aire se movía cuando la fila de tiradores pasó a su lado con sus rígidas botas militares en dirección al tejado. Otro grupo de la raid formó cerca de ella. Por un momento quiso gritar: «¡Haz lo que tu maman te dijo: sal de ahí, y corre como alma que lleva el diablo!». Pero necesitaba que la pequeña Simone los guiara.

– Martine y yo solíamos hacer promesas con el dedo pequeño. ¿Lo hacemos por teléfono?

El teléfono tintineó, y chirrió.

– D'accord, Aimée. Promesa de meñique.

Aimée hizo una pausa. Sardou le hizo una señal con la cabeza para que siguiera hablando.

– Bien, Simone. ¿Cuál era el secreto?

– Eso es entre ella y tú.

– ¿Qué quieres decir, Simone?

Exasperada, Aimée consiguió hablar sin alterar la voz.

– Maman dijo: «Aimée sabe cómo hacerlo, ella nos sacará de aquí».

– ¿Hacer qué, Simone?

No hubo respuesta.

– Allô? ¿Simone?

Simone debía de haber puesto el teléfono en el suelo, porque Aimée oyó unos pasos cortos y rápidos, como si estuviera corriendo, más y más lejanos. Con dificultad, aflojó los dedos y le entregó el teléfono a Sardou.

Aimée contempló al hombre, que tenía la cabeza gacha y estaba enfrascado en una conversación con un hombre rubio.

– Pardon, monsieur, ¿puedo hablar con usted? -le preguntó ella.

Sardou alzó la vista brevemente. Sus ojos eran pequeños y entrecerrados porque estaba molesto o enfadado.

– Simone es la hija del ministre Froissart -le explicó ella-, y Anaïs es su esposa. ¿Lo sabe él?

– Me acaban de informar al respecto-le espetó él-. El ministro está de camino.

– Por favor, ¡tengo que entrar en la école maternelle!

Pareció pensárselo por un instante, pero negó con la cabeza.

– Un equipo cualificado será más efectivo.

– Anaïs quiere que lo haga. El mensaje de Simone…

– Imposible -la interrumpió él-. Únicamente la brigada antibombas y la unidad especial de remoción de minas antipersona pueden entrar en la zona.

– No me gusta pasar por encima de usted, monsieur, pero ¿quién es su superior?

– Ese soy yo, mademoiselle-dijo el hombre rubio, que se puso derecho.

Sobresaltada, Aimée se quedó mirando fijamente la cara de Guittard, el hombre que se había llevado a Philippe de vuelta a la reunión. Llevaba un traje azul marino de raya diplomática, y sujetaba un mono acolchado en el que estaba estarcida la frase «Brigada antibombas» en letras grandes.

– Ministro Guittard del Ministerio del Interior -se presentó él. Al sonreír arrugó sus fríos ojos verdes-. No me he quedado con su nombre, mademoiselle.

– Leduc, Aimée Leduc. Pero nos hemos visto dos veces, monsieur le ministre -dijo ella-. Hace una semana en la cocina de Philippe de Froissart.

Ya le caía peor que antes, y no es que le cayera muy bien. No tenía nada que ver con su pelo impecable ni con su forma de evaluar con la mirada.

– Ah, sí, por supuesto -dijo él, perplejo por un instante-. ¿No es usted actriz?

– ¿Esta toma de rehenes tiene algo que ver con el proyecto sobre el que hablaban en la reunión en la oficina de Froissart?

– Aaah -asintió él al reconocerla-. Era usted. No sé a qué se refiere.

– Esa era la hija de Philippe. ¿Tiene algo que ver con…?

– Es el afl, mademoiselle.

Guittard se giró, y se puso el mono.

– Ministro, hay una cosa que sólo yo puedo hacer.

– ¿Y cuál es?

Se inclinó para abrocharse el mono, y ladeó la cabeza hacia ella. Como si, pensó esta, quisiera que le susurrara alguna confidencia. Aimée se imaginó que debía pasar la mayor parte de los fines de semana en una casa de campo.

– Oyó lo que dijo Simone…

– ¿Que usted «sabe cómo hacerlo»? -la interrumpió él-. Explíqueme, por favor, qué es lo que sabe hacer.