– Créame, si pudiera, lo haría -dijo ella-. Le juro que no lo sé. -Los ojos de Aimée se iluminaron-. Si el colegio tiene un ordenador, puedo entrar en el sistema.
Sardou negó con la cabeza.
– La filosofía del colegio establece el uso de material de madera. Nada de material de plástico, ni manufacturado. Un jardín de infancia de élite, donde a los niños mimados se les permite ensuciarse y volverse primitivos. Cuando regresan a casa, retornan a sus Barbies y a sus ordenadores.
El ministro Guittard se metió sus puños franceses dentro de la chaqueta protectora.
– Aparte de los ordenadores, ¿qué más puede hacer?
De nuevo esa expresión divertida. Un asistente se acercó y le entregó un móvil.
Aimée recordó el trayecto en taxi con Anaïs, y la mano de Fátima de Sylvie. La mano había entrado en un callejón sin salida. Pero Aimée había descubierto las fotos XT196 y que Youssefa había afirmado que la misión humanitaria era una farsa. Y recordó las palabras de Anaïs en la clínica: «Tienes que averiguar por qué… no se terminará hasta entonces», y que mencionó al General.
– Ha pensado en algo, ¿no es así? -Guittard la atravesó con la mirada.
Aimée se sentía culpable.
– ¿Está seguro de que no hay un ordenador en el colegio?
Guittard se volvió hacia Sardou.
– Averígualo.
Pero era posible que Anaïs quisiera decir algo totalmente diferente.
– Quédese aquí. Si se le ocurre otra idea, dígaselo al commissaire.
Se colocó unos auriculares en la cabeza.
– ¿Adónde va, ministro Guittard? -le preguntó Aimée.
– A tentar al zorro -le respondió él.
– ¿Cómo lo va a hacer?
Fuera, se oyó el runrún de las aspas del helicóptero. Se levantó una fina capa de polvo; y de la calle le llegó un olor a combustible de aviación.
– Con la gallina de los huevos de oro -fue su respuesta.
Las luces de los flashes de los fotógrafos cogieron a Guittard cerca del helicóptero, y Aimée supuso que se había vestido así específicamente para la foto. El hombre al que sacaban a empujones del helicóptero no se parecía mucho a la gallina de los huevos de oro. Era enjuto y nervudo, alto y tenía unas bolsas oscuras debajo de los ojos; parecía más un anuncio del perfecto candidato para unas buenas vacances en el Club Med. Su arrugado traje le quedaba grande, y el viento que producía las aspas del helicóptero le agitaba su canoso pelo delante de la cara. Parecía que no había dormido en días.
– ¿Quién es ese? -preguntó alguien.
– Bernard, el hombre malo, diría yo -dijo ella.
Detrás de ella, un serio Sardou hablaba a los auriculares. Le hizo un gesto a Aimée para que fuera por el pasillo mientras el séquito de Guittard subía las escaleras. Se imaginó que iban a apartarla de la acción. Tenía que poner remedio a eso.
Un agente de la raid, que llevaba un traje de Kevlar, la escoltó hasta una zona desierta del rellano, después de doblar la esquina, alejada de los demás. Aimée se tropezó a propósito y, al agarrarse al chaleco del hombre para no caerse, le cogió su placa identificativa y se la guardó en el bolsillo.
– Ça va?-le preguntó él, sin ser desagradable.
– Merci. Qué torpe soy -contestó ella.
Y la dejó allí. Por primera vez, se dio cuenta de que no tenía protección antibombas, y que era la única mujer.
Ahora que se la habían quitado de encima, Aimée empezó a planear su propia vía de entrada al edificio del colegio. Nadie la iba a ayudar; tendría que arreglárselas ella sola.
Lunes al mediodía
Bernard Berge se quedó de pie entre la multitud de enfaenados policías. A su alrededor, se oía el zumbido de las interferencias de los walkie-talkies, pisadas fuertes de botas, y débiles y valiosos murmullos de voces. Si pudiera hacer que se le movieran los dedos para ponerse los auriculares, su cuerda de salvamento, como ellos los habían llamado, a través de los cuales estaría en comunicación constante con el equipo de negociación.
– ¿Qué digo… ante las demandadas de los secuestradores?
Sus manos temblaron al intentar ponerse los auriculares.
– Discuta las ramificaciones -le contestó el ministro Guittard, quien se abrochó la chaqueta protectora y se dirigió a su séquito.
– Pero, ministro, ¿lo entenderá?
– Berge tiene razón -dijo Sardou, mientras consultaba una hoja impresa-. Este hombre, Rachid, de veintiséis años, ha llegado recientemente de Orán, Argelia. Es lavaplatos en la sala de té de la mezquita.
– Averigüe qué es lo que quiere, qué demanda el afl -dijo Guittard volviéndose hacia Bernard-. Acceda a todo lo que pida.
Bernard tragó con fuerza.
– Quiere decir que tengo poder para…
Guittard lo interrumpió.
– Prométale que tendrá una cuenta en un banco suizo, un avión privado de vuelta a Orán, lo que sea para que se ponga delante de esa ventana. -Señaló la ventana que estaba directamente en el punto de mira del equipo de tiradores que se encontraba en el tejado opuesto-. ¿Entiende, directeur Berge?
Berge asintió con inquietud. Sintió la mirada de halcón de Sardou.
– Entonces, lo he dejado claro, n'est-ce pas? -Sonrió y le dio una palmadita a Berge en la espalda-. ¡El ministerio se considera afortunado de tener hombres como usted!
Un fuerte griterío llegó a sus oídos. El capitán de las crs se unió a ellos, jadeante. Llevaba guantes de plástico y en la mano un sobre.
– Lo han tirado por la ventana del tercer piso -le informó él.
Sardou gritó unas órdenes a un técnico de bata blanca, que extendía plástico sobre una mesa de madera. Un equipo de laboratorio colocaba polvos, cepillos y sustancias químicas en un surtido de frascos de colores.
– Merci, capitán. Ponga el sobre encima de la mesa.
Mientras un técnico sometía el sobre a una rápida serie de pruebas con polvos, los otros extraían el contenido con unas pinzas.
Guittard, incapaz de disimular su impaciencia, pareció estar a punto de agarrar el contenido.
– Tenemos que ver si es de Rachid, ministro -dijo él-. Podría ser de uno de los rehenes, que nos quiere dar alguna pista sobre dónde están.
Bernard Berge se estremeció.
Era un dibujo hecho con lápices de colores de lo que era claramente una iglesia y su aguja, con gente de piel morena dentro, y un hombre con bolsas oscuras debajo de los ojos con un librito azul marino en la mano. El dibujo de un hombre hecho simplemente con trazos de líneas, con tubos alrededor del pecho estaba firmado con letra burda «La Bombe Humaine». El negociador lo estudió.
– Se está llamando a sí mismo la Bomba Humana -concluyó él.
Unos minutos más tarde, se dirigió a Bernard.
– Es usted. Conoce su cara bien. Supongo que el libro azul marino son los permisos de residencia. Se entregará si los inmigrantes son puestos en libertad. -El negociador se volvió hacia el grupo-. También es analfabeto. Esa es mi interpretación.
El ministro Guittard observó con su penetrante mirada a Bernard.
– Bien -dijo mientras se frotaba las manos-. Ya sabe lo que hay que hacer.
Bernard Berge asintió.
– Ministro, hay un tema que me gustaría aclarar.
– Vite -dijo Guittard mientras le daba a Bernard golpecitos con los dedos en el hombro-. Tiene que entrar ya.
– Si lleva dinamita -Bernard hizo una pausa-, ¿no explotará el edificio si le disparan?
Sardou miró a Guittard. Bernard también.
– No si lo desconectas. Convéncelo de que no lo haga-dijo Guittard con una sonrisa forzada.
– Disculpe, ministro, no es tan simple -dijo el comandante de la brigada antibombas que salió de detrás de Sardou-. Berge tiene que buscar un dispositivo del hombre muerto. Es algo que el hombre lleva consigo todo el tiempo. Si lo suelta, el circuito se cierra.