Выбрать главу

Bernard tenía los ojos como platos del miedo. Gotas de sudor le salpicaban el labio superior.

– Una detonación remota es diferente -continuó el comandante-. Normalmente se hace con un par de cables y una palanca, quizás un botón rojo. Es como el manillar de una bicicleta, con cables y un interruptor colgando. Algo que tendría que detonar manualmente.

Bernard sabía que iba a morir.

Esperaba que su ropa interior estuviera limpia y que hubiera actualizado su testamento. Y sobre todo, esperaba que su madre lo enterrara en un cementerio cristiano.

– Tómeselo como si fuera una típica reunión en el ministerio -le dijo Guittard, y le dio una palmada cordial en el hombro-. Como cuando tiene que tratar con un advenedizo. Es el mismo principio, directeur Berge. Bonne chance!

El ministro Guittard pasó a toda prisa por delante del grupo en dirección a la multitud de periodistas ávidos de noticias.

Lunes a primera hora de la tarde

Aimée miró abajo desde la amplia ventana del primer piso; intentaba buscar la forma de entrar en el colegio. Unas figuras entraron apresuradamente en un camión móvil aparcado en la calle. Salieron de él llevando puestas unas chaquetas y portando armas.

Retrocedió lentamente; ninguno de los hombres de Sardou le prestaba la más mínima atención. Pero si alguien la veía, diría que estaba intentando encontrar el baño. Detrás de ella había varias puertas de madera, que pertenecían a armarios de almacenaje y rampas para la basura. Agarró el pomo de latón de la puerta que tenía más cerca, lo abrió, y sintió un aire fresco. Rezó para que tuviera suerte. Una vez dentro, vio una escalera estrecha y en curva, y suspiró aliviada. Había tenido suerte.

Mientras bajaba los peldaños, se imaginó que Anaïs debía de estar intentando decirle algo… pero ¿qué?

No sabía cómo sacar a Simone y a los demás niños de allí: la zona estaba atestada de brigadas, camiones y equipos antiterroristas.

Preocupada, lo único que sabía era que Anaïs contaba con ella.

De nuevo.

Los paramilitares de la raid eran famosos por entrar en el lugar sin dejar de disparar, y después amañar el número de muertos en situaciones de toma de rehenes, centrados únicamente en neutralizar su objetivo. A juzgar por el aspecto de Bernard, la gallina que vino en helicóptero, tenía sentido. Quizás Anaïs pensaba que Aimée era la única que tenía alguna posibilidad. O, como conocía a Aimée, que estaba lo suficientemente loca como para intentarlo.

– No se detenga -le ordenó una figura con casco, que le hacía señas para que se dirigiera hacia las barricadas que bloqueaban la estrecha rue Friedel.

El primer paso sería llegar al edificio adyacente a la école maternelle, entrar, y encontrar la forma de acceder al colegio desde allí. Enseñó la placa de las CRS, y atravesó la columnata en dirección a un grupo de unos diez agentes de las crs y de flics, reunidos a toda prisa. Con algo de suerte con el plan que había empezado a urdir en su cabeza, atraparía al terrorista.

– ¿Qué noticias hay? ¿Han exigido algo? -le preguntó a un guardia.

El guardia dudó, y señaló con la cabeza a un grupo inclinado sobre el capó de un coche de policía.

– Hable con LeMoine, que es la jefa de operaciones.

Al lado de ellos estaba la furgoneta abierta y llena de monos y chaquetas protectoras. Dentro de ella, una mujer corpulenta que mascaba chicle mientras ponía marcas en su tablilla sujetapapeles. Asintió cuando Aimée le mostró su placa, e hizo un gesto hacia el perchero.

– Es talla única, capitán. Le sugiero que se arremangue.

Aimée levantó el ligero traje swat, que se arrugó en sus manos.

– El tejido parece endeble, teniente…

– Teniente Vedrine. -La agente le guiñó un ojo-. Tienen un forro resistente. -Le entregó un saco tipo Gore-Tex de color aguamarina-. A lo mejor quiere quitarse esa falda y ponerse esto.

– ¿Cuánto tiempo llevan ahí? -le preguntó Aimée mientras se ponía el uniforme, se abrochaba el chaleco de Kevlar y se subía la cremallera del mono negro.

– ¿No le ha informado nadie?

Mientras le ayudaba, a la teniente Vedrine le estallaban una y otra vez los globos que hacía con el chicle.

Aimée pensó deprisa.

– Me llamaron al busca cuando estaba cenando con mi marido para celebrar nuestro aniversario.

– C'est dommage! ¿Cuántos años?

– Cinco, y es la primera vez que contratamos a una canguro en años… Déme un informe rápido.

Aimée inspeccionó el contenido de varias solapas y piezas del mono.

La teniente Veldrine le ayudó a ponerse la chaqueta antibalas.

– Un empleado descontento del salón de té de la mezquita de París enfureció cuando su hermana sans-papiers la metieron en un autobús para llevarla a la cárcel. Se unió al afl. -Se encogió de hombros. Había inteligencia y humor en su mirada-. Es una operación bastante rutinaria. Con suerte, no durará mucho.

Aimée disimuló su sorpresa. ¿Y los niños? Aunque quizá, todo el mundo se imaginaba que las unidades estaban esperando el momento propicio hasta que los tiradores pudieran disparar. Aimée señaló el perchero con rifles de visión nocturna.

– ¿Número de licencia de armas? -le preguntó la teniente mientras abría su registro de armas.

Aimée se devanó los sesos intentando recordar el número de Morbier… ¿cuál era?

Siendo él un animal de costumbres, normalmente elegía su fecha de cumpleaños para algo así, al menos lo había utilizado para el código de entrada a su apartamento y para el armario de la oficina. No se acordaba de si era un año o dos mayor que su padre.

– Es 21433. Escuche, conozco a uno de los rehenes. -Aimée respiró profundamente-. Fuimos juntas al lycée. Su hermana es mi mejor amiga.

La teniente Vedrine dejó de mover la boca.

– ¿Quién es?

– Anaïs de Froissart, la esposa del ministro.

– Lo comprobaré. -Vedrine se inclinó y habló a la radio que tenía sujeta al cuello del mono-. Confirmar identidad de rehén.

Las interferencias de la radio competían con las sirenas de otro camión de la brigada antibombas. Unas luces azules intermitentes iluminaban las calles.

La teniente presionó el auricular contra el oído para escuchar mejor. Entonces miró a Aimée y asintió. De nuevo, comenzó a mascar el chicle pausadamente. Parecía impresionada.

– Según el comando, unos veinte niños y dos profesoras podrían estar en cualquier de las tres clases que dan al sur -dijo ella-. Los tiradores se hallan posicionados en los tejados que bordean la calle.

A Aimée le vino un sudor frío. ¡Tenía que encontrar a esos niños!

La teniente Vedrine activó la radio móvil y conectó la unidad de Aimée a las otras. Le dio unos auriculares y le colocó un diminuto micrófono en el cuello de su mono.

Su instinto le decía que esa era su oportunidad y que sería mejor que la aprovechara.

Si no los encontraba, el número de muertos sería más alto y los cuerpos más pequeños. Se unió a los demás que se habían reunido a toda prisa en la rue de l'Ermitage.

– Hacemos una batida en el edificio contiguo -anunció el sargento-. Nos aseguraremos de efectuar una evacuación total antes de que los tiradores tengan estas ventanas en su punto de mira, ¿de acuerdo?

La mayoría asintió o murmuró su asentimiento. Cuando el grupo avanzó, Aimée se acercó sigilosamente a una columna y se mezcló con la fila. Entraron en el viejo edificio, un centro para el cuidado de ancianos. A juzgar por su apariencia, parecía que era privada y pija, mucho más exclusiva que una maison de retraite.