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– Hay un dato nuevo -dijo Tsila-. Nos han telefoneado del escenario del crimen, en medio del interrogatorio de Beni Meyujas, y nos han dicho que dentro de un rato estarán aquí y que para entonces tienes que haberle sonsacado lo de Srul.

Lilian regresó al despacho, cerró la puerta con cuidado y tomó asiento, pero Rubin no se apresuró a hacerlo.

– He pedido ver a Beni -le dijo en un tono amenazante-. No lo entiendo, ¿está detenido sin derecho a nada? Pero ¿esto que es? ¿Tengo prohibido…?

– Ahora no -dijo Lilian-, primero terminemos con lo que hemos empezado, la hora y media ésa, de la cual empleó usted unos diez minutos con la madre del chico palestino, en Um Tubba, y después desapareció, porque nadie sabe dónde ha estado.

– ¿Lo dice en serio o está bromeando? -le preguntó Rubin, mostrándose abiertamente irónico, mientras se sentaba-. Me gustaría saber qué es lo que usted cree.

– Nosotros creemos -dijo Lilian- que las cosas no están claras.

Había cambiado por completo de expresión al decirlo. Ya no hablaba con la falsa dulzura y la supuesta amabilidad de antes, sino que su lugar pasaron a ocuparlas una determinación y una franqueza a las que estaba muy habituada de los años que había pasado interrogando a narcotraficantes.

– Dígame -le espetó, como si quisiera poner fin a todo posible rodeo-, ¿cómo es posible que no haya usted dicho ni una sola palabra del ultraortodoxo de las quemaduras que fue a visitar a Tsadiq? ¿Cómo no nos ha dicho que se trata de su amigo común Srul?

– Yo -Rubin la miraba sin pestañear- no sabía que se trataba de Srul, porque, por lo que yo sé, está en los Estados Unidos; al menos, yo no lo he visto por aquí.

– ¿Y el retrato robot? -insistió Lilian-. Porque por el retrato robot lo habría podido reconocer. Pero ¿no decir ni una sola palabra? Si un retrato robot se parece tanto a un amigo de la infancia, el que aparece en las fotos que usted tiene en el despacho y a quien Tirtsa fue a ver…

– ¿Quién ha dicho eso? -dijo Rubin lleno de cólera-, ¿quién ha dicho que ella viajara con el propósito de verlo? Ella viajó por motivos de trabajo y puede que también lo viera, ya se lo he dicho a ustedes antes, se lo he dicho a Ohayon… ¿No se pasan ustedes la información? ¿No están ustedes coordinados entre sí? Ya le he dicho a Ohayon que Tirtsa quería traer más dinero para la producción de Ido y Einam, pero dejemos eso, porque no es asunto suyo…

– Todo -dijo Lilian-, pero absolutamente todo, como ya se le ha comunicado, es ahora asunto nuestro, y lo que le estoy preguntando ahora es por qué no ha mencionado que el hombre del retrato robot es su amigo Srul.

– Créame -le suplicó ahora Rubin- que no se me ocurrió, así de sencillo… Hay cosas que no se piensan, simplemente no lo relacioné… He estado tan confundido y tan preocupado por Beni. Y no debe usted olvidar que el cadáver de mi mujer todavía…

– De su ex mujer -precisó Lilian-. Y no he visto que le haya afectado mucho en su trabajo.

– El trabajo es cosa aparte -dijo Rubin inclinándose hacia delante y mirándola directamente a los ojos-. Créame -dijo-, yo no tenía ni idea de que Srul estuviera en Israel, y ni tan siquiera ahora estoy tan seguro de que se trate de él. Pero si me dejaran ustedes hablar con Beni, entonces quizá él…

– Entonces ¿dónde ha estado usted durante esa hora y media? ¿De camino entre Um Tubba y la cadena? -le preguntó Lilian con una expresión hierática que no dejaba traslucir nada.

– Ya se lo he dicho antes -repitió Rubin con desánimo-, con la madre del niño, en el pueblo, el niño que… ¿Sabe lo que le hicieron? -añadió con dramatismo-. Si le contara a usted unas cuantas cosas puede que llegara a entender por qué he tenido que hablar con la familia a solas… ¿Qué diría si le contara que le introdujeron un palo por el ano? ¿Cree usted que la familia estaría dispuesta a hablar de ello ante las cámaras de televisión?

– ¿Me está usted diciendo que pasó esa hora y media en el pueblo? -le preguntó Lilian, mirando los papeles que tenía diseminados ante ella, como si no supiera cuál iba a ser la siguiente pregunta.

– Sí, eso es lo que le estoy diciendo -afirmó Rubin, ahora ya más tranquilo y apoyándose en el respaldo de la silla, como quien ha hecho lo que debía.

– Si eso es así -dijo Lilian-, ¿cómo explica que lo hayan visto a usted en la gasolinera de Oranim?

– Ah -contestó Rubin-, no sabía que tuviera que tenerlos informados de mis reportajes. Me quedé sin gasolina y…

– No, no, no -se apresuró a responderle Lilian-, no estoy hablando sólo de la gasolina. Ante todo, ¿desde cuándo se tarda una hora y media en echar gasolina? Y sabemos, además, con absoluta certeza, que usted no echó gasolina; no olvide que usted…, que su cara la conoce todo el mundo, y los hechos dicen que pasó usted junto a la gasolinera de Oranim, que se detuvo en una tienda de recambios para coches y compró una linterna, que ya estaba oscuro y que llovía, ¿verdad? ¿Lo recuerda? No hace tanto de eso, porque ha sido hace… -y mirándose el reloj dijo-: ¿siete horas? Seguro que usted lo recuerda, que pasó por allí y compró una linterna grande, que, por cierto, ¿dónde está?

– Sí, lo olvidé -masculló Rubin-, compré una linterna porque tenía que comprobar… -y se calló.

– ¿Cuánto tiempo? -le preguntó Lilian sin apartar la mirada de él-, ¿cuánto tiempo le llevó comprar la linterna?

Rubin se encogió de hombros.

– No tengo ni idea -dijo tras un largo silencio-; lo que fuera.

– ¿Y después de eso volvió usted de inmediato a la televisión?

– Sí, en efecto -dijo Rubin parpadeando muy deprisa-, aunque no se lo crea -añadió-. Y si quiere saber para qué quería una linterna, le diré que hace ya semanas que tenía que haberme comprado una, y como casualmente pasé por delante de…

– ¿Casualmente? -dijo Lilian, mostrando gran asombro-. ¿El día que Tsadiq ha sido asesinado? ¿El día que Beni Meyujas ha sido detenido? Con el retrato de Srul pegado por todas partes… ¿Justamente hoy ha tenido usted que comprarse una linterna? Me perdonará si le digo que tengo serias dudas al respecto.

Rubin la miraba atentamente e hizo una extraña mueca. Al cabo de un momento dijo:

– ¿Qué más da ahora lo que yo diga y las dudas que usted pueda tener? Créame que todo eso no me interesa, porque así es como ha sucedido y punto. ¿Qué es lo que está usted intentando hacer? ¿Culparme a mí de todo?

– No -dijo Lilian muy tranquila-, no estoy intentando culparlo de nada, créame, lo único que querría es que me contara lo que estaba haciendo en Meqor Hayim, en el piso de la hermana de Srul, eso es lo que quiero, que me lo cuente usted por sí mismo y no tener que estar sonsacándoselo de esta manera. Así que, ahora que todo está aclarado, espero que se avenga usted a explicarme qué es lo que estaba haciendo allí.

Rubin cruzó los brazos y se pasó la lengua por los agrietados labios. Se quedó mirando a Lilian largamente hasta que, por fin, habló.

– No debe usted olvidar que, por mi profesión, me encuentro a menudo con situaciones como ésta, que también estoy del otro lado, del lado en el que usted está ahora, y que me sé todas las triquiñuelas. Eso significa, querida -descruzó los brazos, puso las manos sobre la mesa y se inclinó hacia Lilian-, que también conozco este truco y por eso le puedo decir con absoluta certeza que nadie me vio en Meqor Hayim, en el piso de la hermana de Srul. ¿Y sabe usted, acaso, por qué no me vieron allí? Pues se lo voy a decir -y ahora hablaba muy despacio, recalcando cada palabra-, por la simple razón de que no estuve allí. ¿Me ha entendido? Sencillamente, yo -y esta última palabra la recalcó especialmente- no he estado allí, ni hoy, ni ayer, ni anteayer; en realidad, creo que sólo estuve allí una vez hace…, puede que haga diez años; y por eso no hay nadie que haya podido decirle a usted que me ha visto allí hoy. Eso es lo que tengo que decirle y no pienso seguir hablando hasta que vea a Beni Meyujas. Quiero hablar con él, porque me da la impresión de que sin mí lo van ustedes a marear hasta el punto de…, hasta sacarle… De manera que exijo verlo de inmediato y no voy a aceptar ninguna excusa, o me van a oír a partir de ahora. Siento tener que recurrir a las amenazas, pero la cantidad de necedades que uno puede llegar a soportar también tiene un límite y, después de todo, ¡vivimos en un país democrático y no con Sadam Hussein!