Durante un buen rato los dos permanecieron en silencio hasta que, finalmente, Rubin dijo:
– Es una verdadera lástima que pierda usted su tiempo de esta manera, porque no pienso seguir hablando hasta que no cumplan con su palabra de dejarme ver a Beni Meyujas.
– Espere un momento -dijo Lilian, y salió del despacho.
Tsila ya se encontraba fuera y la llevó casi a rastras hasta el final del pasillo, donde la informó de los últimos acontecimientos en el piso de Meqor Hayim y le aconsejó que dejara a Rubin esperando en el pasillo y, a continuación, le recitó, palabra por palabra, ayudándose de una nota, la pregunta que le había dictado Balilti por teléfono.
– ¿Cómo? -preguntó Lilian-, ¿de qué se trata? ¿Qué médico, el de su reportaje?
– Créeme si te digo que no sé de lo que habla y tampoco ha pedido que esperes obtener una respuesta -dijo Tsila-, lo único que ha dicho es que le hagas esta pregunta, justamente antes de sacarlo del despacho. Lo único que queremos es que salga en el vídeo, eso es lo que ha dicho Balilti.
– De acuerdo -dijo Lilian con desgana-, lo que pasa es que no me gusta preguntar lo que no entiendo…
– ¿Y a quién sí? -le restó importancia Tsila-. Pero piensa que después de eso te estaremos esperando en el despacho pequeño con café y bocadillos -y cuando Lilian hizo ademán de volver a entrar en el despacho, Tsila se apresuró a decirle-: Espera un momento, dame tiempo para que vuelva a entrar ahí -y Lilian se quedó mirándola mientras se alejaba muy deprisa con sus pendientes largos de plata columpiándose de lado a lado, los pendientes que con los años se habían convertido en su sello.
– De acuerdo -le dijo a Rubin al regresar al despacho-, es que todavía está ocupado con la conversación que estamos manteniendo con él.
Rubin sonrió burlonamente al oír la palabra «conversación» y la repitió en voz alta, pero Lilian lo ignoró por completo.
– Pero pronto van a terminar y entonces podrá usted… Entretanto tendrá que esperar ahí fuera hasta que el superintendente Ohayon esté libre y…
– Exijo hablar con él -declaró Rubin-, porque tengo muchas… Les ruego… No, no se lo ruego, les exijo poder hablar también con él. ¿Se lo podría usted transmitir?
– Ya se lo he dicho -dijo Lilian en un tono fatigado-, lo sabe.
– ¿Y qué es lo que ha dicho? -preguntó Rubin.
Lilian tomó aire, hinchó los carrillos y después resopló con fuerza.
– Me ha pedido que le pregunte a usted -dijo, desde donde se encontraba junto a la puerta, con la mano en el picaporte-, si sabe usted quién le disparó al médico por la espalda.
Después, mientras veían la cinta de vídeo, estuvieron discutiendo acerca de lo que reflejaba la expresión de la cara de Rubin al oír la pregunta: «Un pánico terrible se ha apoderado de él», sostenía Balilti, mientras que Eli Bahar era de la opinión de que el rostro de Rubin se había paralizado y que su expresión no denotaba nada; en cuanto a Lilian, que opinaba que el miedo y la parálisis son dos reacciones parecidas y que ambas se reflejan en la cara también de una manera similar, dijo que, en el caso de Rubin, vio que la sorpresa fue muy grande y que no entendió de qué le hablaban, por lo menos en un primer momento.
16
Fue sólo hacia el amanecer, después de que Michael volviera a llevar a Beni Meyujas a su despacho en Migrash Ha-Rusim y lo sentara allí a esperar, custodiado por el sargento Yigal -quien, de repente, había aparecido (desde que encontró la camiseta manchada de sangre en la sala de los reporteros de asuntos exteriores, el sargento Yigal se había unido al grupo de investigación del caso como un niño a un grupo de chicos mayores, dispuesto a servirlos en todo momento) para ofrecerse de inmediato a llevarles a ambos un café y unas pitas calientes-, cuando todos los miembros del equipo pudieron volver a encontrarse para tener una reunión de urgencia en el despacho de Balilti.
Michael había interrumpido el interrogatorio de Beni Meyujas a las dos de la madrugada, y había llamado a Shorer, encerrándose con él durante un buen rato en la cocina. Cuando salieron de allí, el comisario del distrito ordenó a Balilti, al sargento Ronen y a Nina que regresaran con él a la comisaría de Migrash Ha-Rusim. Balilti, al que le habría gustado quedarse hasta el final del interrogatorio de Meyujas, y que se vio, sin embargo, obligado a cumplir aquella orden y regresar a la comisaría para colaborar en el interrogatorio de Hefets, fue quien inició la sesión informando de sus pesquisas a los presentes, entre los que se encontraban Tsila con sus notas; Eli Bahar, cuyos ojos azules estaban enmarcados por unas profundas ojeras rojas que denotaban mucho cansancio, y Lilian, que parecía estar completamente despejada y que, de pie detrás de la silla del sargento Ronen, le masajeaba con pericia el cuello y los hombros; sólo se detuvo cuando Balilti les contó lo de la escapada furtiva de Hefets del edificio de la televisión.
– Salió cuando ya estaba oscuro, después de la seis, porque ésa es siempre una hora muerta en ese trabajo, antes de que empiece todo el jaleo -dijo Balilti-. Y me he enterado por pura casualidad -murmuró, aunque a nadie se le escapó que el inspector jefe de los servicios de inteligencia era famoso por su habilidad para «hacer hablar hasta a las piedras»-, porque por suerte tuve que ir a ver justamente a Yehezkel, el del taller de reparaciones de Matty (las tribulaciones de Matty, la mujer de Balilti, con su viejo Fiat, del que se negaba a deshacerse, eran más que famosas), pasé por allí para pagarle unas cosas, ya que se había quedado hasta tarde con su contable, sería, más o menos, hacia las siete, quizá las siete y media, se puede averiguar; pero el caso es que Yehezkel va y me dice que hacía un rato, una o dos horas, que había visto a Hefets entrar en el puesto de jumus del iraquí, sabes a cuál me refiero, ¿verdad? -dijo mirando a Michael-, antes íbamos mucho por allí, en la calle Yirmeyahu, detrás de la chatarrería, un puestucho de comida árabe, como los de la ciudad vieja, ¿te acuerdas del sitio ese? -y Michael hizo un movimiento ambiguo con la cabeza-; bueno, pues el caso es que Yehezkel vio a Hefets entrar donde el iraquí, «como de incógnito», según palabras del mecánico, «mirando a derecha y a izquierda», así es como me lo ha contado; por pura casualidad, pero gracias a eso he tenido un hilo del que poder empezar a tirar y le he podido decir a Hefets también que sabía que había salido del edificio. Pero no fue lo único que le dije, también le informé de la hora a la que había tenido lugar otro asesinato relacionado con el caso y de que él, Hefets, podía ser considerado sospechoso; y después de eso todo ha sido ya coser y cantar. ¿Me puede dar alguien otro café?
– Pero si el iraquí tiene cerrado a esa hora, su local nunca está abierto después de las tres o las cuatro -observó Eli Bahar, al tiempo que alguien le acercaba a Balilti un generoso café turco servido en un vaso.
– Normalmente eso es así -dijo Balilti-, pero si eres una persona importante -suspiró-, o vas para reunirte en secreto con, digamos, el director general, entonces es el dueño del restaurante en persona, si es que se puede llamar restaurante a eso, quien te abre, ¡vaya si te abre! ¡Y hasta te está esperando ansioso!