Michael colgó sin quedarse a escuchar el final de la frase y se apresuró a regresar al despacho de Balilti, donde los miembros del equipo estaban inmersos en una acalorada discusión en la que la voz de Balilti se oía con claridad a través de la puerta.
– ¿Cómo voy a poder trabajar si no se me cuenta toda la historia? A medio interrogatorio de Meyujas van y me sacan del escenario del crimen, como si fuera… Bajo el estúpido pretexto de que me venga aquí para interrogar a Hefets. ¿Qué es lo que hay que ocultarme? Todos los del equipo debemos estar al corriente de todo…
– Cada cosa a su tiempo -dijo Shorer cuando Michael volvió a tomar asiento-, uno no se puede enterar de todo a la vez, y créeme…
– Tú mandas -dijo Balilti sin ocultar su amargura-, tú eres quien decide. Pero luego no me vengas con que no resolvemos las cosas lo suficientemente deprisa…
– Beni Meyujas no sabía nada del cáncer de pulmón de Srul -dijo Michael con mucha serenidad-, no tenía ni idea.
– ¿Y Tirtsa? -preguntó Lilian, y Michael negó con la cabeza.
– ¿Y Rubin? ¿Estaba enterado?
– Eso -dijo Michael- lo sabremos dentro de unas horas, espero.
– A propósito de Rubin, ¿dónde está? -preguntó Lilian-, le dije que esperara en el banco del pasillo y luego me han dicho que te lo has llevado tú -añadió mirando a Balilti.
– Se ha ido a casa -dijo Balilti- a esperar que lo llame por teléfono su amigo Beni Meyujas, después de que también lo dejemos marchar, ¿verdad? -le preguntó a Michael.
– Sí, así es -dijo éste.
– ¿Lo habéis dejado marchar a su casa sin…? -exclamó Lilian-. Creí que… Le dije que se quedara esperando ahí fuera hasta que…
– No te preocupes -dijo Balilti-, fui yo quien le dio permiso para marcharse a su casa -y con una sonrisa picara añadió-: Quizá piense que está solo, pero no lo va a estar ni un segundo; y también tiene intervenido el teléfono…
– ¿Sin orden judicial? -preguntó Eli Bahar muy preocupado-, ¿nadie ha solicitado la orden en el juzgado?
– Créeme si te digo que todo irá bien -le aseguró Balilti-; no pasa nada, te lo garantizo, yo me hago responsable.
– Con todos mis respetos -dijo Eli Bahar-, cuando se la solicitemos al procurador y nos las tengamos que ver con la audiencia judicial, de nada nos van a servir ni tus palabras ni tus responsabilidades…
– ¡Señores! -exclamó Shorer, dirigiéndoles una severa mirada-, ¿cuántos años lleváis ya con este pique? -les preguntó furioso-. ¡Vergüenza tendría que daros! Balilti, ¿tienes o no tienes la orden judicial para la intervención de la línea telefónica?
Balilti permaneció en silencio.
– Entendido -dijo Shorer.
– No he tenido tiempo, porque hasta que hubiera conseguido despertar a un juez…
– Sí, si lo entiendo -dijo Shorer-, pero entonces no nos servirá ante los tribunales lo que oigamos por teléfono; de momento, sólo nos ayudará a nosotros, lo que no es poco. Pero ¿cuándo vas a poder conseguir la orden judicial?
– Ahora -dijo Balilti-, en este mismo instante tengo a una persona de camino para pedírsela al juez de guardia y en cualquier momento estará de vuelta… Os aseguro que… No he querido ir yo porque me hubiera perdido esta reunión y no me la quería perder porque creía que aquí se nos iba a informar por fin de qué era lo que Tirtsa había traído de Estados Unidos, de qué se había enterado…
– Ahora no, Dani -lo hizo callar Shorer-, que eso, ahora, no interesa.
– De todas maneras le he dicho a Rubin que nos tiene que llamar a las ocho de la mañana para que le digamos en qué situación se encuentra Beni Meyujas y ver si puede hablar con él.
– Señores -dijo Michael a todo el equipo-, hasta las ocho quedan dos horas, podéis ir a descansar un rato, porque después tenemos una representación teatral que os va a exigir… -y, mirando a Shorer, se calló.
– ¿Qué? ¿Qué es lo que nos va a exigir? -preguntó Tsila-. Me gustaría saber los detalles.
– Ya los sabrás, enseguida te lo diremos -la tranquilizó Shorer, y dirigiéndose ahora a Michael le preguntó-: ¿Dónde quieres que se haga?
– Creo que lo mejor será hacerlo en la televisión -respondió Michael observando atentamente el palillo que se había sacado del bolsillo de la camisa.
– ¿En el despacho de Rubin? -preguntó Shorer.
– No -dijo Michael tras meditarlo largamente-, junto al escenario del primer crimen.
– Ni Agatha Christie y Poirot juntos lo complicarían tanto -masculló Balilti-. ¿Y creéis que ese decisivo encuentro donde mataron a Tirtsa va a llevarlo a hablar?
– Merece la pena intentarlo -dijo Eli Bahar-, y, además, nos brinda la posibilidad de…
Shorer miró a Michael con preocupación.
– ¿Y nos necesitas allí a todos? -preguntó Nina a Michael, que miró a Shorer, posó su mano sobre el brazo de él, y dijo:
– Eso lo sabremos después, de momento tenéis que estar todos disponibles.
– Mirad, fuera ya hay luz -dijo una sorprendida Nina-, y se diría que ha dejado de llover, ¿no?
Antes de que nadie pudiera contestarle, llamaron a la puerta y apareció Elmaliaj, el cámara, con los ojos legañosos, para preguntar cuándo iban a terminar con él de una vez, y a su espalda, junto con el humo de un cigarrillo, apareció Hefets.
– ¿Podría hablar con usted? -preguntó Hefets a Michael-, porque tengo que pedirle consejo sobre… -y, mirando a los presentes, se calló.
Michael salió y le hizo señas a Hefets para que lo acompañara al despacho pequeño que había al final del pasillo, donde retiró un montón de carpetas de cartón de una de las sillas y le indicó que se sentara. Cuando él mismo tomó asiento, se dio cuenta de lo cansado que estaba, pero no sabía si la noticia de la desaparición del pelo -de la que no había informado a nadie, ni siquiera a Shorer- era lo que había terminado por hundirlo, o si el contacto continuado con los vivos y los muertos y los días que llevaba sin dormir era lo que le hacía sentir aquella terrible debilidad física; o puede que fuera el hecho de haber dejado de fumar, que lo tenía sumido en una especie de duelo permanente. ¿Por qué se sentiría así? ¿Sería por la fiel sucesión de cigarrillos interrumpida, de pronto, después de tantos años, o por la mezcla de épocas, personas, amores y momentos vividos que identificaba irremediablemente con esa cadena de cigarrillos?
El haber dejado de fumar tendría que haber supuesto para él el comienzo de «una vida sana», y, sin embargo, estaba resultando ser el inicio de una vida deslavazada y sin perspectivas de futuro. Se quedó pensando en que una persona que nunca hubiera fumado sería incapaz de comprender que aquella combinación de papel, tabaco y llama constituía una tabla de salvación en la larga travesía por el desierto de la vida… A Michael le sorprendió el hilo de sus propios pensamientos y lo atribuyó a que estaba pasando por unos de los muchos momentos de crisis que conlleva el hecho de dejar de fumar.
– ¿Puedo fumar? -preguntó Hefets, desviando la mirada hacia la columna de humo que salía del cigarrillo que sostenía entre los dedos-. Había dejado de fumar, pero ayer ya no pude aguantar más y me fumé el primer cigarrillo desde hacía tres años -dijo, dándole una profunda calada al pitillo-. Sé que no es sano, pero, al final, de todas maneras, uno siempre acaba muriendo de algo; si no es de un infarto, acaba uno asesinado, ¿no es verdad?
– ¿En qué lo puedo ayudar? -preguntó Michael, rompiendo en dos el palillo con el que jugueteaba entre los dedos.
– No sé qué hacer con Meyujas… -dijo Hefets-, no sé qué decirle a la gente, cómo tratar el tema en las noticias, si debo decir o no que está detenido, que es sospechoso de asesinato, y lo peor… -se quedó en silencio observando la colilla.
– ¿Y lo peor? -dijo Michael tras un largo silencio.