– De acuerdo, Dani -exclamó Nejemya, el presentador, desde el estudio, y mostró la hoja a la cámara-, el director general ha firmado, ahora sólo faltáis vosotros…
En la parte izquierda de la pantalla se vio la mano de Shimshi deslizarse sobre la hoja, vacilante, para finalmente acabar firmándola sobre la espalda de uno de los hombres, que le servía de apoyo. Después, Benizri cogió la hoja y la mostró ante la cámara.
Todos los que estaban en el despacho de la secretaria -menos Aviva, que se precipitó a revolver el interior de su gran bolso, como si hubiera estado esperando un momento libre para hacerlo- aplaudieron, y entonces se abrió la puerta del despacho de Tsadiq, que con la cara radiante dijo a los presentes:
– ¡Para que ahora digáis que siempre fallamos! ¿Habéis visto quién ha salvado la situación?
Y Hefets, que se encontraba no muy lejos de él, dijo con una gran sonrisa y los ojillos pestañeando tras las gruesas lentes de sus gafas:
– Buen trabajo, compañeros, buen trabajo. Hoy ha sido un gran día para el departamento de informativos.
– ¿De qué os alegráis? -protestó Aviva, tirando su bolso con enfado-. Ya veréis como de esto no sale nada bueno, acordaos de lo que he dicho; acuérdate Niva, ¿me estás oyendo?
– ¿Por qué eres tan aguafiestas? -le dijo Niva ofendida, y volvió a meter el pie en el zueco-. Siempre tienes que arruinar los mejores momentos, como si…
– No es culpa mía -protestó Aviva-, sino de la vida, que siempre acaba por darme la razón.
Se abrió la puerta, Rubin salió y se dirigió hacia la chica de la bufanda. Eli Bahar sólo pudo oír un «Todo está arreglado», al tiempo que veía cómo le ponía la mano sobre el hombro y a ella se le iluminaba el semblante de alegría mientras Hefets los miraba a los dos. Por un momento a Eli Bahar le pareció también que el oscuro rostro de Hefets palidecía cuando la chica abrazó a Rubin.
– ¿Cómo se llama? -le preguntó a Aviva en voz baja, y ella, distraída, como si la hubieran interrumpido, los miró a ambos y dijo:
– ¿Quién? ¿Natacha? Es Natacha -y a continuación llamó en voz muy alta-: ¡Hefets, Mati, Yaakobi!, venid todos, todos los directores de los departamentos -mientras daba palmas como una maestra de escuela- podéis entrar ya, empieza la reunión, vamos muy retrasados.
Hefets todavía se entretuvo un momento y vio en la pantalla a Benizri mirando al Volvo de la ministra y al coche patrulla de la policía que viajaba delante de él, con la sirena encendida. Meneó la cabeza y musitó:
– Madre mía, la que nos espera -y entró en el despacho de Tsadiq, desde donde se le oyó exclamar-: No diréis que no os he avisado, de aquí no saldrá nada bueno, es imposible que salga nada bueno.
– Vosotros también -les ordenó Aviva a Rubin y a Mati Cohen-. Max entrará después, cuando haya acabado con el policía -dijo, señalando hacia la puerta abierta del despacho de Tsadiq.
Eli Bahar se quedó de pie donde estaba, mirando a los que pasaban. En la entrada del despacho, Rubin detuvo a Mati Cohen y le preguntó en voz baja -aunque Eli Bahar hizo un esfuerzo y pudo oír la pregunta-: «¿Estuviste aquí anoche?», y vio que Mati asentía con la cabeza y se daba la vuelta para esquivar la mirada de Rubin. En su lugar se encontró con la de Eli Bahar, y bajó los ojos rápidamente hacia la moqueta marrón que cubría el suelo del despacho.
– ¿Intentaste detener la producción? -le preguntó Rubin a Mati en un tono amenazador-. ¿Detener ahora la producción de Ido y Einam? -y Mati Cohen retiró las manos de su enorme barriga, respiró hondo y extendió los brazos hacia los lados como diciendo: no tuve otra opción-, ¿Ahora? ¿Cuando ya está casi todo hecho? -insistió Rubin.
Mati Cohen se encogió de hombros e hizo un gesto de impotencia.
– Después lo hablamos -añadió Rubin.
– Después de la reunión tengo que hablar con la policía -le contestó Mati Cohen, desviando la mirada hacia Eli Bahar.
– ¿Por qué tienes que hablar con la policía?
Mati Cohen se volvió a encoger de hombros y echó un vistazo a su alrededor.
– Me han dicho que eso es lo que tengo que hacer, es que… -dijo balanceándose, pasando su peso de una pierna a la otra-, ya sabes, por lo de Tirtsa.
– Pues después -le dijo Rubin.
– ¿Dónde estáis? ¿Qué es lo que os pasa? -les gritó Tsadiq desde la entrada de su despacho-. ¿Por qué no entráis? Estamos todos esperándoos.
Mati Cohen miró a Tsadiq con una expresión interrogante.
– ¿Entonces hablo con él ahora o no? -preguntó, y señaló hacia el despachito con la cabeza.
– Primero, antes que nada, tienes que hablar conmigo -se le adelantó Eli Bahar desde la entrada del despachito, y se hizo a un lado para dejar pasar a Mati Cohen.
– Un segundo -le replicó Mati Cohen-, tengo que traerme un café del despacho de Tsadiq, no he dormido en toda la noche… Yo… Sólo es coger un café.
Al principio, se quedaron allí sentados sin decir nada. Cada vez que la pantalla del despacho de Aviva quedaba en silencio, o entre una llamada telefónica y otra, lo único que se oía en la estancia eran los ruidosos tragos de Mati Cohen o su respiración dificultosa. El rostro enrojecido y aquella penosa respiración inquietaron a Eli Bahar. Parecía que Mati fuera a ahogarse en cualquier momento. Michael Ohayon le había enseñado a callar y esperar. Pero tenían poco tiempo y Mati Cohen no era sospechoso de nada; pronto tendría que hablar con Max Levin y con el iluminador; además, después de todo, se trataba de un accidente y no hacía falta armar jaleo. (Eso fue también lo que Michael le había dicho la noche anterior, cuando Eli lo llamó: «No hace falta que vaya yo, se trata de un accidente, es un caso de rutina. ¿Qué te pasa? ¿Estás sobrecargado de trabajo?». Y Eli, en un momento de inspiración, le contestó: «Es pura añoranza, sin ti no soy nada». Michael se rió y le contestó: «Aguanta. Es la una de la noche, nos veremos dentro de siete u ocho horas».)
– Según tengo entendido, usted estuvo ayer en el escenario de los hechos -le dijo finalmente Eli Bahar y, para su disgusto, se dio cuenta de que había interrumpido el silencio justo cuando Mati Cohen se disponía a hablar.
Mati Cohen abrió y cerró la boca como un pez en apuros.
– ¿Escenario? ¿Qué esc…? Ajá, ¿se refiere usted al sitio donde Tirtsa…?
Eli Bahar asintió.
– ¿Estuvo usted allí anoche, antes de que muriera? ¿La llegó usted a ver?
Mati Cohen le explicó que, justo antes de la medianoche, había estado en el pasaje que discurre por encima de las salas de los decorados y que Tirtsa se encontraba abajo, junto a los bastidores.
– ¿Le vio ella a usted? -preguntó Eli Bahar.
– No lo sé, no creo -respondió Mati Cohen, que parecía pensar en voz alta-; yo iba de camino a la azotea, donde estaban rodando la película de Beni Meyujas y no podía entretenerme. Ella tampoco… Eso es lo que… Tampoco estaba sola.
– ¿No estaba sola? -dijo Eli Bahar, disimulando su asombro y repitiendo la pregunta para ganar tiempo. Eso también lo había aprendido de Michael hacía años: no muestres un asombro excesivo porque si lo haces el interrogado aprenderá a morderse la lengua, ya no será espontáneo y no oirás toda la verdad-. ¿Quiere decir que había alguien con ella?
– Sí, había alguien con ella y estaban hablando, pero no sé quién sería porque estaba bastante oscuro abajo y los bastidores la ocultaban. Apenas si la pude entrever, sólo las botas, y reconocí su voz.
– ¿Habló? -preguntó Eli Bahar con interés.
– No era exactamente… No es que hablara…, sólo dijo… como…; me parece que dijo «No, no», o algo así.
– ¿Con quién hablaba? -le preguntó ahora Eli Bahar delatando su agitación, y es que se le había acelerado el pulso porque, de repente, la historia estaba dando un vuelco absoluto- ¿Quién estaba con ella?