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– Pues ésa es justamente la cuestión -le respondió Mati Cohen tirándose de las mangas de su abrigo azul y clavando la mirada en uno de los botones dorados-, que no lo sé.

– ¿Era un hombre o una mujer? -le preguntó Eli Bahar amablemente, como si no hubiera urgencia en responder.

Mati Cohen hizo una mueca que denotaba su sorpresa.

– Que me maten si lo sé, no se lo puedo decir porque estaba oscuro y la otra persona no habló.

– Pero ¿qué fue lo que vio, exactamente? -inquirió Eli Bahar-. Descríbamelo como si yo…, como si fuera un reportero que le estuviera preguntando por lo que ha ocurrido.

– Sucedió así: me llamaron para decirme que Beni Meyujas estaba rodando por la noche…

– ¿Quién lo llamó? -preguntó Eli Bahar, y garabateó algo en la libreta amarilla que tenía apoyada en las rodillas.

– Qué más da, me llamaron y punto -dijo Mati Cohen con desgana-. Se había llegado a un acuerdo por el que Beni Meyujas tenía que dejar de rodar porque se había acabado el presupuesto… No importa, son cosas de… De todos modos, vine para pillarlo in fraganti y sabía que estaba en la azotea de Los Hilos.

La mano de Eli Bahar se detuvo sobre la hoja.

– ¿A qué se refiere? ¿Qué es eso?

– Pues Los Hilos -dijo Mati Cohen con impaciencia-, el otro edificio, donde se hacen los decorados, donde el… Venga, Los Hilos, ¿no ha estado en el otro edificio? ¿Todavía no ha estado usted donde encontraron a Tirtsa…?

– Sí, ya he estado, ¿eso es Los Hilos?

– Así es como se llama porque antes era una fábrica de hilos -le explicó Mati Cohen-. No sé si se habrá dado cuenta, pero hay allí unas escaleras estrechas que llevan a la segunda planta, y un pasaje angosto, abierto, con una baranda, por encima de las salas donde están los decorados y la carpintería, por encima de… No importa, el caso es que puedes ir al pasaje ese y ver lo que ocurre debajo sin hacer ningún esfuerzo, desde el otro lado, porque no está cerrado; total, que me encontraba apoyado en la baranda, porque había caminado muy rápido y me encontraba muy cansado y bastante deprimido, porque sabía que… No me gusta cortar los rodajes a medias…, y menos con un tipo como Beni Meyujas que… -Mati Cohen se calló, se levantó de la silla con dificultad, sacó un pañuelo de cuadros arrugado del bolsillo de los pantalones y se secó el sudor de la cara-. ¿Tú también tienes calor o soy sólo yo? Hace un calor de muerte -se quejó.

– No especialmente -le respondió Eli Bahar-, pero cada uno reacciona de una forma distinta; aquí hay calefacción central -y, tocando el radiador, desconchó con el dedo una capa de pintura amarillenta-. Pues no, está completamente frío -comentó asombrado-, la calefacción está apagada.

– Eso es ahorrar -dijo Mati Cohen satisfecho-. La encienden entre las cuatro y las cinco, dependiendo de la temperatura. Pero ¿dónde nos habíamos quedado? -añadió, y miró el reloj con impaciencia.

– En que le daba apuro detener el rodaje de Beni Meyujas -le recordó Eli Bahar-, y estaba usted caminando por el pasaje de la segunda planta y miró hacia abajo.

– Sí, pero no me detuve, porque le iba a decir a Beni Meyujas… -suspiró-, y al final no se lo dije.

– ¿Y cómo fue eso?

– Pues porque no llegué hasta allí. A medio camino llamó mi mujer, tuve que llevar al peque a Urgencias, estaba con un ataque de asma, tiene bronquitis asmática, y yo no podía…, imposible esperar, era urgente, cuando tiene un ataque así se ahoga, una vez se puso azul, y el que tenía el coche anoche era yo. Además, mi mujer no conduce, así que no había otra opción, ella también… Está en su segundo embarazo y no… Ya hemos perdido… No importa -e hizo unas muecas como si se disculpara por dar tantos detalles, por resultar demasiado charlatán-. Tuve que volver urgentemente.

– ¿Y volvió usted sobre sus pasos por el mismo camino por el que había llegado? -le preguntó Eli Bahar.

– Sí, claro, no hay otro cami… Hay otro camino, por detrás, más corto, que lleva al aparcamiento, y hay… hay también un pasaje por dentro, por el edificio central…; pero había dejado el coche en el aparcamiento pequeño…

– ¿Así que volvió usted por el mismo pasaje?

– Sí. ¿Tan importante es eso? -se interesó Mati Cohen mirándolo con asombro.

– ¿Y entonces todavía estaba ahí?

– ¿Quién? ¿Tirtsa?

– Tirtsa y ese alguien que estaba con ella.

– No me fijé -dijo Mati Cohen sorprendido, como si él mismo se diera cuenta del absurdo-, ya no miré hacia abajo, estaba preocupado por…

– Tenía usted prisa -lo ayudó Eli Bahar.

– Eso mismo, tenía mucha prisa, por el niño, porque mi mujer me había dicho que ya era… Eso es, tenía prisa, y no le puedo decir si ella todavía estaba ahí o no, tampoco sé dónde la encontraron, porque me he enterado esta mañana… -y abrió los brazos en un gesto de impotencia.

– La han encontrado al lado de los decorados, junto a la columna. Una columna blanca de mármol.

– Me parece recordar algo parecido -dijo Mati Cohen-. ¿Con una bola arriba, en la parte superior? Debí de verla alguna vez.

– Esa bola le aplastó la cara y el cráneo -comentó Eli Bahar, sin apartar la mirada del rostro de Mati Cohen, que palideció al instante.

– ¡Qué me dice! -musitó Mati Cohen, y se pasó la lengua por los labios, que se le habían quedado secos de golpe-. ¿Hay aquí?… ¿Hay agua? -preguntó, y mientras hablaba se levantó y se acercó dando tumbos al hervidor, miró dentro, echó agua tibia en un vaso de poliexpán y se la tomó de un trago-. Lo siento mucho -dijo, tomando nuevamente asiento-. Al volver no miré hacia abajo, no sé si todavía estaría en el mismo lugar, pero cuando llegué sí se encontraba allí con alguien, hablando, quiero decir… -y se calló. Eli Bahar, que percibió un matiz de vacilación en su voz, se cruzó de brazos y esperó; tenía la esperanza de que, si aguardaba pacientemente, oiría el final de la frase. La gente -le había enseñado Michael- no puede soportar los silencios. Pero Mati Cohen seguía en silencio. Su rostro enrojecido se había contraído por un esfuerzo que Eli Bahar no lograba interpretar, y los ojos entrecerrados parecían estar intentando descodificar los detalles de una imagen que sólo él veía.

– No se trataba de una simple conversación -aventuró Eli Bahar, y Mati Cohen le dirigió una mirada asustada.

– No sé qué significa exactamente eso de «no se trataba de una simple conversación» -dijo Mati Cohen, y a Eli Bahar le pareció percibir en su voz un matiz de pesar o de desesperación-, no le puedo decir que…; porque en verdad que no sé con quién hablaba…, no tengo ni idea…

– ¿Ni siquiera si era hombre o mujer? -insistió Eli Bahar.

– Ni eso. Nada. Estaba oscuro, yo apenas… Si Tirtsa no hubiera hablado nunca habría sabido que era ella… Incluso ahora no estoy totalmente seguro…

– Pero es muy importante que esté seguro de que era Tirtsa y de lo que dijo exactamente -insistió Eli Bahar al tiempo que oía el tono de desilusión de su propia voz-. No sabe usted la importancia que eso tiene.

Mati Cohen lo miró confundido, pero al final su rostro se relajó y pareció haber entendido.

– ¿Por qué, por lo del seguro?

– Sí -dijo Eli Bahar, que no tenía intención de descubrir en aquel momento ninguno de sus pensamientos-, es por lo de las condiciones del seguro, porque, si se trata de un accidente, las condiciones son completamente diferentes.

– Pero si le estoy diciendo todo lo que sé -dijo Mati Cohen, en tono de súplica-, de verdad que lo estoy intentando, qué más puedo hacer. Cuando iba para allá estaba pensando en Beni Meyujas, y a la vuelta ni eso, y todo aquello, al fin y al cabo, sumando la ida y la vuelta, no fueron más que unos minutos, hasta que llegué cerca de la azotea, y después cuando regresé tras la llamada…