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– ¿Los que estaban en la azotea rodando no oyeron la llamada?

– ¿Qué? ¿Cómo? ¿La del móvil? ¿Quiénes?

– La gente que se encontraba en la azotea -dijo Eli Bahar- e incluso Tirtsa, si estaba abajo, ¿no oiría el sonido y reaccionaría, dándose cuenta de que estaba usted ahí? ¿No lo llamó o algo así?

– No -negó Mati Cohen moviendo la cabeza de lado a lado como para reforzar sus palabras-, no quería que nadie supiera que iba… Pensaba presentarme allí en pleno rodaje, y puse el móvil en vibración, para que no se oyera, sólo yo lo sentí en el bolsillo. Estaba cerca de la puerta de la azotea, vi que era mi mujer, por el número, y sólo dije «qué», ella habló y yo respondí en voz baja «ya voy», eso fue todo. Nadie pudo oírme. Y mucho menos desde la azotea, que está totalmente abierta y no se puede… Pero desde abajo tampoco, nadie…

– ¿Y entonces volvió usted corriendo?

– Ya se lo he dicho, tenía miedo de que el niño…

– ¿Nadie sabía que estaba usted allí? -insistió Eli Bahar.

– No, era algo secreto, como… Quería…, tenía que llegar y pillarlos in fraganti, la decisión de detener el rodaje ya estaba tomada.

– ¿Cómo? -preguntó muy asombrado Eli Bahar-, ¿se decide detener una producción y sin embargo continúa? ¿Cómo es eso posible desde un punto de vista técnico?

– Para empezar -Mati Cohen bajó la cabeza y se examinó los dedos meticulosamente-, la decisión se tomó en secreto, no queríamos que… Sólo estaban al corriente el propio Beni Meyujas, su productora, Hagar, y quizá Max Levin, no estoy seguro… No queríamos armar jaleo, pero estoy convencido de que Hagar se lo contó a alguien más. Está tan entregada a Beni Meyujas que… Ya hace muchos años que ella…

– Ahora entiendo -masculló Eli Bahar. Sacó una nota doblada del bolsillo de su camisa, la desdobló y volvió a leer en silencio los nombres que estaban escritos en ella-. Por eso no está usted en la lista.

– ¿En qué lista? -se sorprendió Mati Cohen.

– La lista de los que se encontraban en el edificio ayer por la noche, cuando sucedió el accidente, usted no aparece porque nadie sabía… Pero Tsadiq estaba al corriente, fue él quien me dijo que…

– Tsadiq lo sabía -admitió Mati Cohen-, por supuesto que lo sabía, él… Claro que yo no habría decidido algo así solo… Pero no estaba enterado de que iba a venir precisamente ayer, eso nadie lo sabía.

– ¿Y el guarda de seguridad? ¿No lo vio entrar?

Mati Cohen vertió agua en el vaso de poliexpán, negó con la cabeza y dio un gran trago.

– No, no me vio -explicó-, porque entré por el aparcamiento trasero.

Eli Bahar lo miró confundido.

– ¿Qué aparcamiento trasero?

– Detrás de Los Hilos hay un aparcamiento pequeño, bien conocido por los trabajadores veteranos; desde allí se puede entrar directamente al edificio, subiendo por las escaleras traseras hasta una puerta cerrada, pero hay gente…, altos cargos, que tienen la llave y así pueden aparcar detrás y entrar por la puerta sin que nadie…

– ¿Qué quiere decir con eso de «altos cargos»? ¿Quiénes son los altos cargos? -inquirió Eli Bahar.

– Por ejemplo, los directores de los departamentos pueden…, tienen la llave, pero también todos los empleados de carpintería, los de decorados, y los de las grandes producciones que se hacen en Los Hilos…; yo qué sé… Por ejemplo, los que hacen el programa Popolitica y otros parecidos… Hay un estudio grande abajo, para los programas de las tardes de los viernes… Los que están fijos también tienen… Ya es imposible saber quién tiene la llave y quién no.

– Quisiera pedirle -le dijo Eli Bahar mirando el reloj de reojo- que venga conmigo a la comisaría general de Migrash Ha-Rusim después de la reunión, porque se me ha ocurrido algo…

– Pero no puedo -dijo Mati Cohen con manifiesto disgusto-, después tengo que hablar con Rubin para ver qué pasa con la producción de Ido y Einam, y por la tarde está… No puedo faltar al funeral, ya es suficiente con que no me enterara…

– Volverá usted a tiempo para el funeral -le prometió Eli Bahar-, yo mismo lo llevaré al funeral a tiempo.

– Pero para qué tengo que… ¿Para qué me necesita?

– Lo primero que necesito es que firme usted una declaración -le respondió Eli Bahar- y, después, se me ha ocurrido una idea para estimular su memoria. Hace algún tiempo hablé con… Ya verá, confíe en mí.

– Pero antes he de entrar en la reunión -le advirtió Mati Cohen-, hay varios asuntos urgentes.

– Lo esperaré aquí -le aseguró Eli Bahar-, en este despacho o en el de Aviva.

– ¿Le parece bien que le diga a Max Levin que quiere usted verlo? -le propuso Mati Cohen.

– Me parece una idea estupenda -le contestó Eli Bahar y lo acompañó hasta la puerta, donde se detuvo para verlo entrar en el despacho de Tsadiq, al tiempo que Aviva, que estaba hablando por teléfono, hacía girar la silla hacia la ventana y bajaba el tono de voz.

En cuanto la puerta del despacho de Tsadiq se hubo cerrado, Eli Bahar le pidió a Max Levin que entrara en el despachito.

– Estoy agotado -dijo Max Levin, y se sentó en una de las dos butacas tapizadas, cerca de la pared-, ya no tengo sangre en las venas, sólo café, estoy muerto. Completamente extenuado -miró a Eli Bahar con expresión de cansancio-. Ya os lo conté todo ayer por la noche, no puedo añadir nada -Eli Bahar miró su cara menuda, encogida y arrugada mientras se frotaba los párpados enrojecidos-. Treinta años, desde el principio, todos esos años trabajando con alguien, muy cerca el uno del otro, y de repente, un día… ya no está…

– Sólo quiero que repasemos juntos lo que nos dijo usted ayer y la declaración que firmó -le explicó Eli Bahar, y procedió a leerle en voz alta los detalles que Levin había dado acerca del momento en que descubrió el cadáver de Tirtsa bajo la columna de mármol, de que se encontraba allí porque había ido a buscar un caballo azul para la producción de Beni Meyujas, y el guardia no había dejado entrar a Avi, el iluminador, y Max Levin le había facilitado el paso-. ¿Fue así? -le preguntó al final, y Max Levin asintió con la cabeza y agregó-: Tenía toda la cara aplastada…, sangre…, era… -y se calló.

– Entonces ¿usted no tiene la llave de la puerta trasera de Los Hilos? -le preguntó, como sin darle importancia, Eli Bahar.

– Se va usted a reír -suspiró Max Levin-. Yo fui quien inventó esa entrada lateral, siempre entro por allí porque hago la mayor parte de mi trabajo en Los Hilos, que es donde tengo mi despacho…, pero había metido las llaves en el bolsillo de la chaqueta y por la noche me puse un impermeable, así que las llaves… Porque Beni Meyujas me había llamado…

– Pero dígame, ¿es eso normal? -preguntó Eli Bahar-, ¿suelen ustedes trabajar de madrugada?

– Es que Beni Meyujas me llamó urgentemente porque… -se calló un momento y titubeó-. Trabajo con Beni Meyujas desde hace ya más de… casi treinta años, así que tenemos una relación especial…, me puede llamar en mitad de la noche… y sé que si lo hace es porque se trata de algo urgente -le explicó Max Levin mientras se pasaba la mano por las mejillas llenas de arrugas, en las que apuntaban los pelos grises de una barba de un día, y apretaba los dientes, tan grandes y blancos, que no parecían reales.

– ¿Y qué era tan urgente? -preguntó Eli Bahar-. Aquí había mucha gente, actores, técnicos de iluminación, Tirtsa, usted mismo… ¿Por qué a esas horas de la noche?

– Son tomas nocturnas, ya lo expliqué ayer -dijo Max Levin -, de Ido y Einam, un gran proyecto en el que Beni Meyujas lleva años trabajando. Estuvieron mucho tiempo escribiendo el guión y hace tres meses empezaron el rodaje. Estábamos prácticamente al final.