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– Pero ¿por qué de madrugada? -insistió Eli Bahar-. Estamos en diciembre, oscurece a las cinco de la tarde, ¿para qué rodar en mitad de la noche?

– No, es que usted no lo ha entendido bien -respondió Max Levin, inclinándose hacia el polvoriento cristal que protegía la mesa y apoyando allí su codo-. ¡Nos hacía falta la luna! Estábamos rodando unas escenas en las que Guemula, la protagonista de la historia, anda por la noche sobre la azotea, es sonámbula. Así sucede en el cuento de Agnón -continuó explicando, y a Eli Bahar le pareció percibir un matiz de soberbia en la última frase, como si Max Levin supiera muy bien que él, Eli Bahar, no conocía el cuento de Agnón, algo que, aunque era cierto, no estaba dispuesto a admitir.

– Entiendo -dijo Eli como dándolo por sentado-, así que Mati Cohen estaba ahí ayer por la noche, pero ¿qué hacía?

– Me lo han contado esta mañana -dijo Max Levin, ahora ya con precaución y mirando a Eli Bahar con desconfianza-. Él es el director del departamento de producción, el responsable de los presupuestos, ¿no ha hablado con él? Estaba aquí con usted hace un momento, ayer por la noche vino para… Pero ¿qué tiene eso que ver?

– Pues puede que nada -le aclaró Eli Bahar-, yo sólo he creído entender que vino para detener la producción; ¿lo hizo?

– No, nadie lo vio, debió de marcharse igual que había venido, si es que llegó a estar aquí -dijo Max Levin con desprecio-. Nadie puede parar esta producción a la mitad, ni siquiera por problemas presupuestarios… Eso no… Porque se trata de un proyecto en el que hay demasiada gente implicada…, es demasiado importante como para que…

– Pero ¿cómo puede ser -preguntó Eli Bahar- que, habiendo tanta gente implicada, y también tanto dinero, y trabajando todos incluso de madrugada…, cómo es posible que se haya producido semejante negligencia?

Entonces Max Levin le explicó con todo lujo de detalles la gestión y los métodos de trabajo de Tirtsa, que podían resumirse en que ella no permitía que nadie tocara sus creaciones, ni siquiera él, Max Levin, que llevaba más de treinta años trabajando con ella.

– Y créame si le digo que ella sabía que yo era una persona responsable, lo sabía muy bien, y sin embargo no me dejaba… -y entrelazando sus dedos, llenos de callos, se examinó con detenimiento unas uñas negras y largas-. Nadie podía tocar lo que ella hacía -dijo Max Levin-, la responsabilidad es, pues, sólo suya… Y no quisiera tener que decir la culpa…, pero ocurrió por su culpa, ella misma se lo habría dicho.

Después empezó a hablar largo y tendido del perfeccionismo de Tirtsa y de cómo insistía en cada detalle, de las horas de trabajo que ambos compartieron, él como director del departamento de vestuario y ella como directora del departamento de decorados, y de que a pesar de su inflexibilidad todos la apreciaban y se esforzaban en ayudarla -«todos, los obreros, los sastres, todos»-, especialmente en este proyecto de Ido y Einam, y no tanto por aprecio a Beni Meyujas -«y no es que no lo valoraran, porque lo valoraban mucho; aunque lleve años sin poder hacer nada de su gusto, es un director importante, pero… es una persona que mantiene las distancias, que en realidad no… establece relaciones personales…»-, como por ella, porque Beni era su marido -«como su marido», se apresuró a precisar, «porque vivían juntos desde hacía seis o siete años, desde que se divorció de Rubin; aunque Rubin ha seguido siendo amigo de Beni Meyujas, a pesar de que su mujer…». Se frotó los ojos y permaneció un momento en silencio.

– Pero qué importan ahora todos estos detalles, es una horrible desgracia -dijo finalmente-, para la que no hay que buscar culpables. Es terrible decirlo, pero sólo Tirtsa tuvo la culpa. No «culpa», sino responsabilidad…, quiero decir… -dejó de hablar y miró a Eli Bahar con tristeza-. Por muchas vueltas que se le dé -concluyó-, es terrible pero cierto, se lo digo yo, y cualquier otro podría confirmarlo, también Avi, el iluminador, que está aquí, todos estarían de acuerdo…

– ¿Sabe una cosa? -dijo finalmente Eli Bahar, adoptando un tono de voz intencionadamente reflexivo y provocador-, los expertos del departamento forense han estado midiendo los ángulos de la columna, han calculado su caída y creen que es imposible que se desplomara por sí sola. ¡Una columna de mármol! ¡Caerse así y aplastarle el cráneo! ¿Por qué no la esquivó?

Max Levin volvió a restregarse las mejillas, ocultó el rostro entre las manos, se las frotó como si se acabara de despertar y dijo, con las palmas tapándole la boca:

– Créame que yo tampoco lo entiendo, no lo entiendo. Aunque puede ser que estuviera cansada… Cuando uno está cansado los movimientos son más…, no presta atención… Quizá por eso…

– ¿No es posible que alguien tirara la columna sobre ella?

Max Levin apartó las manos del rostro, se irguió en el asiento, aunque aún así seguía dando la impresión de ser bajo y menudo, sensación que ahora se veía reforzada al tener el cuerpo estirado, y lo miró con asombro:

– ¡Qué va…! ¿Para qué…? ¿Cómo? ¿Por casualidad? ¿Por accidente?

Eli Bahar permanecía en silencio.

– No, no puede ser -se resistió a admitirlo Max Levin-, ni hablar.

Clavó sus ojos en Eli Bahar y éste, a pesar de los años de experiencia, se sintió un poco incómodo, porque se había limitado a formular la pregunta mecánicamente, sin intención de llegar a la verdad, y no se esperaba una reacción tan airada, ni aquella expresión de agravio, ni tampoco el tono ofendido de Max Levin. Se preguntó de dónde sería su acento -no era ruso, resultaba difícil de identificar-, tanto más marcado cuanto más alzaba la voz. Max Levin volvió a decir:

– ¡Qué va! Eso no hay ni que decirlo, ¿quién podría querer…? ¡Ni que estuviéramos en Hollywood! Como si Tirtsa… ¿Sabe lo querida que era Tirtsa? Llevaba treinta años aquí y no se había ganado ni un solo enemigo, créame; no era una mujer con quien fuera fácil trabajar, porque era muy exigente, pero se trataba de una persona justa, muy cabal, hoy no se suele encontrar a gente así, tan pendiente de los demás, y cómo ayudó a…, pregúnteles usted a los de vestuario, e incluso a los de la tintorería, a los carpinteros, a todos los empleados; ¡ni hablar! Pregúntele a Avi, el iluminador, y le dirá exactamente lo mismo que yo.

Eli Bahar asintió, se levantó, hizo una señal con la cabeza y dijo:

– Sí, está aquí fuera, también voy a hablar con él, pero… ¿dónde está Beni Meyujas?

Max Levin se encogió de hombros.

– Supongo que en su casa, seguro que… Seguro que lo han dejado solo ahí con Hagar, su ayudante de producción desde hace años, y con… algunos amigos, en su casa. Aunque quizá lo mejor sería que le pida usted a Aviva que lo averigüe -dijo, y se levantó apresuradamente para dirigirse hacia la puerta, la abrió de par en par y exclamó-: Aviva, ¿puedes ayudar al policía a localizar a Beni?

– Naturalmente que sí -respondió Aviva-. Venga, Eli. Se llama usted Eli, ¿"verdad? Intentaremos localizarlo en su casa, porque Arieh Rubin me ha dicho antes que estaba allí. Pase, siéntese -y, quitando unas carpetas de cartón de la silla que estaba junto a su escritorio, dio un golpecito sobre ella invitándolo a que tomara asiento. Eli Bahar la miró y, obedientemente, se sentó.

4

– ¿Lo ves? -había dicho el oficial de la policía secreta, Dani Balilti, a Mati Cohen, antes de posar su mano sobre el hombro del hombre alto y delgado que se había levantado de su asiento al entrar ellos en la habitación. El hombre rodeó la mesa, se detuvo delante de Mati y estrechó con cortesía, aunque distante, la mano que le ofrecía Balilti, que, con la otra mano, intentaba colocarse el cinturón de los pantalones sobre la prominente barriga. Cuando estaban juntos, parecían el gordo y el flaco-. Fíjate bien -dijo Balilti a Mati Cohen con orgullo manifiesto, como si le estuviera hablando de un familiar al que él mismo hubiera criado-, aquí tienes a un verdadero artista, no lo olvides. Ilan es pintor, no un simple dibujante técnico, y nos está haciendo un favor ayudándonos; ¿no es así, Ilan?