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– Sabía que vendría la policía a preguntar por… -prosiguió Tsadiq atropelladamente mientras se pasaba la mano por la barbilla, en la que apuntaban unas cerdas grises, para añadir finalmente-, pero no pensaba que fueran a mandar a una estrella.

Michael Ohayon abrió los brazos y señaló a su alrededor, como intentando recordarle lo que había pasado, e inmediatamente se explicó:

– Hemos venido por el asunto de…, del accidente de Tirtsa Rubin -y, volviendo la cabeza para examinar el rostro preocupado de Tsadiq, añadió-: Y hay… un asunto más.

– ¿Qué asunto? ¿De qué se trata? -le preguntó Tsadiq-. ¿Algo que justifique el que entréis así?

Michael dudó. No habían avisado a Tsadiq del ataque al corazón de Mati Cohen y, en la reunión de emergencia que habían convocado el comandante del distrito y el comisario jefe de la policía, después de haber llamado a una ambulancia y de que el corazón de Mati Cohen estuviera aparentemente estabilizado, aunque no hubiera recuperado la conciencia, Emmanuel Shorer advirtió a Balilti y a Ilan Kats de la denuncia que les podía llegar por parte de la familia, e incluso mencionó la posibilidad de un proceso judicial por daños y perjuicios, para acabar preguntándoles cómo era posible que no se hubieran dado cuenta del estado de Mati Cohen. «Créame usted», dijo Balilti, con la mano en el corazón, «no dio ninguna señal, respiraba con dificultad, pero con su peso era…». Michael, que sabía muy bien que Mati Cohen se había quejado de que no se encontraba bien, permaneció en silencio, y al final, después de manifestar su esperanza en la recuperación de Mati Cohen, y de prometerles que la retomarían de forma ordenada "cuando las cosas se calmen un poco", el comisario jefe zanjó la discusión recordándoles que no era momento para excusas y salió del despacho, dejando tras de sí un aire de amenaza que Emmanuel intensificó al dirigirse a Michael y pedirle que le contara a Tsadiq, con delicadeza y sensibilidad, lo que le había ocurrido a Mati Cohen «antes de que llevemos a cabo nuestra propia investigación interna».

Eli Bahar, que se encontraba detrás de Michael, vio cómo Aviva se humedecía los labios hasta revestirlos de un cierto brillo y cómo dejaba la punta de su lengua rosada en la comisura, sin apartar de Michael sus grandes ojos, que se había maquillado con una sombra de color turquesa. Eli se volvió a dar cuenta de la razón que llevaba Michael cuando le decía: sea cual sea la situación, la verdadera personalidad de la gente siempre acaba aflorando más allá de las circunstancias. Aviva ni siquiera reconocería que estaba buscando amor y nunca confesaría que deseaba encontrar un marido. Hay gente que piensa que el matrimonio es sinónimo de amor, pero ése no era el caso de Eli Bahar. A él era imposible tomarle el pelo. Conocía muy bien la diferencia. La mujer que va en busca del amor es más…, menos…, menos práctica que Aviva. Hasta la llegada de Michael, ella había estado considerando a Eli para desempeñar ese papel, mientras que ahora lo había descartado por completo.

Observando a Michael a través de los ojos de Aviva era posible advertir -como al mirar a alguien por primera vez, o al fijarse de nuevo en alguna persona cercana que hace ya tiempo que habíamos dejado de ver- lo impresionante de su gran estatura y de su silueta juvenil; el aire de duro que le daba el cabello gris y corto y el misterio que encerraban aquellos ojos oscuros, bajo sus pobladas cejas. Eli Bahar lanzó una mirada a su nariz aguileña -«viril», diría Tsila, su esposa, que ya había colaborado con ellos en un equipo especial de investigación y a la que no le importaba hacer de secretaria o coordinadora siempre que Michael fuera el jefe del equipo-, a aquellos pómulos prominentes y al mentón algo curvado. «Si tuviera un hoyuelo en la barbilla sería Kirk Douglas en moreno», había comentado Tsila una vez, y Eli no lo había olvidado ya que despertó en él unos ligeros celos, que reaparecían cada vez que oía resonar esas palabras con la voz de su esposa, y que ahora se esforzaba por refrenar. No podía sentir celos de Michael tras tantos años de intimidad. Él era el tutor de sus hijos en caso de que ellos faltaran. También Eli lo quería, no sólo Tsila. Pero había que reconocerlo… ¿Cuántos años tenía? Cuarenta y seis o cuarenta y siete y, sin embargo, parecía que no tuviera edad, y es que nada más verlo cualquiera comprendería que era un hombre libre, sin ataduras…, que no había ninguna mujer en su vida, porque según… Eli no pudo explicarse a sí mismo el porqué. Quizá se trataba de esa mirada retraída, exigente, que a veces fijaba en un punto por encima del hombro de su interlocutor, esa mirada que Aviva estaba espiando ahora a través del espejo redondo que guardaba en el cajón de la mesa… Pero también era posible adivinar, quizá por su sonrisa -aunque en ese momento no estaba sonriendo-, que tenía un trato especial con las mujeres y que no le daban ningún miedo. Eli se fijó también en la mirada que le dirigió Michael a Aviva cuando entraron en su despacho. Vio que los ojos de Michael se entrecerraban por un instante, que se daba cuenta de su voluntad de seducir, a la que no era indiferente.

– Vamos dentro -le propuso Michael a Tsadiq en un tono tranquilizador-, sé que estás atravesando un momento difícil, pero tenemos que… -y miró hacia Aviva, que apoyó el codo sobre su escritorio y se sujetó la barbilla con la mano mientras lo observaba con sus grandes ojos verdes y húmedos, sin intentar ocultar que estaba escuchando la conversación.

– Vale, de acuerdo -accedió Tsadiq con un suspiro mientras entraba en su despacho. Se acercó a la silla que estaba detrás de la mesa grande con paso pesado-, es que todavía estoy en estado de shock -dijo, mientras Michael y Eli Bahar se sentaban frente a él-; aparentemente, os hablo como si nada hubiera ocurrido… pero no es así, estoy muy atormentado. Aunque, la verdad, ¿qué más hay que investigar? No se trata de un asesinato, es un caso de… Además, he creído que…, creía que la policía en pleno estaría hoy ocupada con el asunto de los huelguistas… No importa, me estoy yendo por las ramas… ¿Para qué…? ¿Para qué has venido?

Michael señaló con la cabeza hacia Eli Bahar.

– Me han llamado para ayudar.

– ¿Tú también, como aquel ministro de cuyo nombre no quiero acordarme, si tus amigos te llaman, vienes de inmediato? -murmuró Tsadiq-. No es que no me alegre de verte… -añadió enseguida irónicamente-, pero créeme…, se trataba de una mujer que…, una persona que trabajaba conmigo así -y cruzó dos dedos para dar a entender lo estrecha que era su relación-. Todavía no…, todavía no puedo… ¿Es que no tenías nada mejor que hacer hoy?

– Los obreros de la fábrica Jolit ya han dejado la protesta -le dijo Eli Bahar-, se acabaron sus problemas -y a continuación añadió con cierta amargura-: Créeme que les tocará pagar caro lo que han hecho y que sólo a los verdaderos culpables no les pasará nada.

– Eso es lo que siempre pasa en este país -admitió Tsadiq, con la boca chica, mientras apretaba una tecla del teléfono y les preguntaba-: ¿Qué vais a tomar?

– Café -dijo Eli Bahar y miró a Michael con una expresión interrogante a la que éste respondió encogiéndose de hombros y dándole a entender que le parecía bien.

– ¿Con leche? ¿Con azúcar?

– Lo que haya -dijo Eli Bahar.

Esperaron a que Tsadiq le pidiera a Aviva que preparara el café.

Eli Bahar miró a Michael y éste asintió con la cabeza.

– Queríamos… necesitaríamos… que se pospusiera el funeral.

– ¿Posponerlo? -exclamó Tsadiq atónito-. ¿Qué? ¿El funeral de Tirtsa? ¿Cómo que posponerlo? Pero si ya hemos avisado a todo el mundo, ¿cómo lo vamos a posponer? ¿Y por qué? Pero ¿por qué? ¿Posponerlo hasta cuándo?