– No sé de qué estás hablando -exclamó Tsadiq, volviendo sin embargo a sentarse-, ¡pero lo de Tirtsa ha sido un accidente! -insistió y se secó el sudor de la frente-. No quiero que empecéis ahora con vuestras investigaciones y sospechas infundadas, aprovechando el momento, que te conozco. ¿Hace cuántos años que nos conocemos? -le preguntó a Michael mientras lo miraba con los ojos entrecerrados y se tocaba alternativamente el lóbulo de la oreja y la pequeña cicatriz que tenía al lado de la ceja derecha-. Pero si hasta somos paisanos, te recuerdo de antes de que te saliera barba, ibas dos años por detrás de mí en la escuela, estudiaste con mi primo Uzi, eras como de la familia, te conozco bien… Así que no me cuentes historias, hazme el favor. No quiero a la policía rondando por aquí sin motivo, husmeando en cosas que no debe.
– ¿Qué cosas, Tsadiq? -le preguntó Michael, muy tranquilo-, ¿qué son esas cosas en las que no tenemos que husmear?
– Ohayon -dijo Tsadiq en un tono de advertencia-, te lo pido por favor… Y además, sabes muy bien a lo que me refiero.
Michael se calló.
– Estoy hablando de la filtración, vais a aprovechar la situación para dar con la persona que nos dio el chivatazo, lo sé perfectamente, y no tengo por qué ayudarte a encontrar a quien le pasó la información a Arieh Rubin. El papel de la prensa es revelar esas cosas. Un alto oficial vuestro malversó fondos y abusó de su cargo. Nuestro papel… Arieh Rubin es un periodista de primerísima fila y tú no nos vas a cortar sus fuentes.
– No tengo nada que ver con aquello, ni siquiera sé bien de qué me hablas -dijo Michael con manifiesta indiferencia-. Hay un caso claro de muerte violenta y lo que no está tan claro es si se trata de un accidente o de… Suponía que tendrías interés en saber qué pasó y que no te opondrías a… Pero quizá es que tienes algún otro interés, ¿es eso?
Tsadiq se cruzó de brazos.
– ¿Cómo no te da vergüenza? -exclamó-. ¿Por qué dices que no sabes de lo que hablo? ¿En qué mundo vives? -y levantando la voz-: ¿Te crees que soy tonto? ¿Qué es lo que no sabes? ¿No sabes que revolucionamos a toda la policía con el caso de la gasolinera? ¿Que gracias a nosotros barristeis a los corruptos? ¿Que el inspector general no descansará hasta que dé con quien nos filtró la información sobre el soborno del comandante del distrito? -el volumen de su voz fue en aumento hasta que se puso a gritar-. Si me hablas así -y golpeó la mesa con el puño-, entonces ten en cuenta que… sólo vas a poder entrar aquí con una orden judicial, ¿lo has entendido? ¿Tienes una orden o no?
Michael negó con la cabeza.
– Tsadiq, cálmate, pensaba que, tratándose de nosotros, no hacía falta una orden judicial -le dijo amablemente-. Tranquilo, que en este momento no me interesa nada esa historia de la gasolinera, porque he venido para esclarecer la muerte de Tirtsa Rubin, a quien conocí personalmente, por casualidad. Ahora, gracias a las pistas que nos ha dado Mati Cohen… Como acabo de decirte, tú también deberías tener interés en que las cosas se aclararan, a no ser que haya algo…
– ¿Qué estás insinuando? ¿Qué tengo cosas que ocultar?
Michael permaneció en silencio.
– ¿Te has vuelto loco? -gritó Tsadiq-. ¿Qué voy a estar escondiendo yo? Ayer por la noche le indiqué a tu gente el lugar exacto donde… ¿Y a ti? -señaló con el dedo a Eli Bahar-. ¿No te he prestado la ayuda que me pediste? ¿No les he pedido que…?
– Sí, has colaborado -dijo Eli Bahar, intentando poner calma-, pero entiéndelo, Mati Cohen vio ciertas cosas. No podemos ignorarlo.
– ¿Qué? ¿Qué vio?
– Lo suficiente como para que pidamos una autopsia -dijo Eli Bahar.
Tsadiq observó el teléfono, apretó los labios y volvió a mirarlos en silencio.
– Oye, Tsadiq -dijo Michael-, está claro que la policía va a tener que entrar aquí. Tú verás si prefieres que me encargue yo u otra persona. Te voy a hacer la pregunta de otro modo: ¿estás seguro de que quieres que me vaya?
Tsadiq se calló.
– Vale, pues -dijo Michael-, entonces supongo que estamos de acuerdo, que empezamos a entendernos. Y ya que esto es así, necesito aclarar algunas cosas.
– ¿Qué cosas? Está todo muy claro -protestó Tsadiq.
– No del todo -insistió Michael-, ese asunto de la puerta trasera de Los Hilos, el vigilante ni siquiera vio a Mati entrar en el edificio porque lo hizo por detrás.
– Claro que entró por detrás -explicó Tsadiq con impaciencia-, porque iba a ver a Beni Meyujas, que estaba en la azotea de Los Hilos. Dejó el coche en el aparcamiento trasero. ¿Por qué iba a pasar delante del vigilante?
– Pero, entonces, cualquiera puede tomar ese camino -argumentó Eli Bahar.
– Cualquiera no -dijo Tsadiq palpándose la mejilla-, sólo los que tienen la llave, los directores de los distintos departamentos, los altos cargos y otros… Sólo quienes trabajan en el edificio de Los Hilos.
– Necesitamos todos sus nombres -continuó Eli Bahar-, los nombres de las personas que pueden entrar por detrás sin que el vigilante los vea.
– Aviva os los dará y los trabajadores de Los Hilos también os podrán proporcionar información al respecto, Max Levin sabe… Pero ¿qué estáis pensando, que alguien tiró encima de Tirtsa…?
– En la reconstrucción de los hechos realizada por Mati ha surgido la posibilidad de que se hubiera desarrollado una pelea -dijo Michael con tiento-. Queremos hablar también con su marido, con Beni Meyujas… a quien de todos modos debemos ver por la cuestión de la autopsia…
Tsadiq lo miró con atención.
– De acuerdo, estoy dispuesto a ayudarte, pero con una condición -dijo finalmente.
– Te escucho -dijo Michael-, no me suelen gustar las condiciones pero estoy dispuesto a escucharte.
– Que, si no encontráis nada, nos dejéis en paz con el asunto de la filtración, que no volvamos a oír una palabra sobre eso.
– ¿Y si ocurriera lo contrario?
– ¿Cómo que lo contrario? -preguntó Tsadiq sin entender.
– ¿Si encontramos algo?
– ¿Si encontráis algo?
– Sí -dijo Michael cruzándose de brazos-, si encontramos algo sospechoso, ¿entonces qué? ¿Nos darás el nombre de quien os dio el chivatazo?
– No, ¡claro que no! -exclamó Tsadiq-, no os daré nada, sólo os prestaré mi ayuda, ¡y gracias!
– Era una broma -aclaró Eli Bahar.
– Pues no ha tenido ninguna gracia -dijo Tsadiq-. Podéis hablar con Beni Meyujas, pero dudo que vayáis a sacarle algo. No puede colaborar, he oído que está en un estado catatónico. Acostado en la cama, incapaz de hablar.
– ¿Quién es la persona más cercana a él? -preguntó Michael-. ¿Tú?
– Yo… -Tsadiq vaciló-, es un tipo muy introvertido, no… Pero Hagar, su productora, está ahora mismo en su casa, con esa actriz india que tampoco lo deja ni a sol ni a sombra.
– Creí que tenía una relación muy íntima con Rubin -comentó Eli Bahar-, eso es lo que yo tenía entendido.
– Con Rubin, sí -Tsadiq miró hacia la puerta-; si vas a hablar con alguien, que sea con Rubin.
– Es que hemos pensado que quizá podríamos llevarnos a Rubin con nosotros -dijo Eli Bahar.
– Está ahí fuera -murmuró Tsadiq, y apretó una tecla del teléfono.
– ¿Sí? -respondió Aviva, con una voz fuerte y metálica.
– Pídele a Rubin que entre un momento -ordenó Tsadiq.
Al cabo de un momento se abrió la puerta y Rubin se asomó desde la entrada; los bordes de la bufanda roja de Natacha aparecieron tras él.
– Espera un momento fuera, Natacha -le pidió Tsadiq-. Entra tú solo un momento, Arieh, ven, te presento al… ¿teniente coronel? -Michael asintió-, al teniente coronel Michael Ohayon.