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– He oído hablar de usted -dijo Rubin, y le tendió la mano.

Michael se la estrechó y dijo, algo incómodo:

– Yo soy un viejo fan de tus programas, también el inspector Eli Bahar, de hecho todos nosotros.

– ¿De verdad? -dijo Rubin sin sonreír y se tiró hacia abajo de las mangas de su deportiva americana de lana.

Eli Bahar observó el rostro alargado de Arieh Rubin, los dos profundos surcos de las mejillas, los ojos pequeños y marrones, y la mirada ardiente que brillaba en ellos. Rubin también estrechó la mano de Eli Bahar y dirigió a Tsadiq una mirada interrogante.

– Natacha está esperándote desde hace… -dijo, y miró hacia la puerta.

– Lo sé, pero de momento, que siga esperando -le contestó Tsadiq impaciente.

– Tengo que decirle algo, lo que sea. Me da pena dejarla así -dijo Rubin, y se pasó la mano por el pelo gris y corto-. Además, Tsadiq, tiene algo sensacional.

Eli Bahar no pudo ocultar su emoción. Se preguntó si Michael recordaría que Arieh Rubin era el gran héroe de Tsila. Había que reconocer que de cerca, en persona, era aún más impresionante que en la televisión. Y modesto, como si fuera una persona normal. Verdaderamente extraordinario.

Impresión y modestia, humildad y admiración silenciosa: ésos fueron los sentimientos que acompañaron a Eli Bahar de camino a su coche. La radio estaba encendida y los ruidos de los intercomunicadores no impedían oír el reportaje de asuntos sociales de la cadena radiofónica Reshet Bet, que describía en directo cómo los obreros despedidos salían esposados del coche policial, acompañados del reportero de la televisión Dani Benizri, mientras sus mujeres los estaban esperando cerca de la comisaría central de la policía, en Migrash Ha-Rusim. «Es el héroe del día», dijo el locutor, «y está aquí con nosotros. Saludamos a Dani Benizri».

– Gracias, Gidi -dijo el reportero de la televisión.

– Dani Benizri, ¿qué ocurrirá ahora? ¿Cuáles serán las consecuencias? -preguntó el locutor de la radio, pero Eli Bahar no oyó la respuesta de Dani Benizri, porque en ese momento Michael le estaba contando a Rubin lo importante que era su programa semanal La justicia del aguijón, y añadió:

– Hace mucho tiempo que me intriga ese nombre, La justicia del aguijón, ¿de dónde viene?

– Es el título de un poema que me gusta mucho -dijo Rubin.

– ¿Cuál? -preguntó Michael.

– Uno de Dan Pagis sobre las abejas, que en el poema tienen un significado simbólico -murmuró Arieh Rubin mientras miraba por la ventanilla-, es muy largo de explicar, pero tiene relación con el programa.

– Un programa con dos cojones -se atrevió a decir Eli Bahar, desde el asiento de atrás, al tiempo que se imaginaba cómo le contaría a Tsila su encuentro con Rubin.

Cuando se detuvieron a la entrada del edificio de Beni Meyujas, y Rubin dijo voz alta: «Quizá sea mejor que entre primero yo solo y vosotros esperéis un momento antes de seguirme, ¿qué os parece?», Eli seguía pensando en cómo le contaría todo aquello a Tsila. Porque no debía omitir ni un solo detalle.

– Sí, mejor, porque tú eres su mejor amigo -dijo Michael-, o eso me ha parecido entender, ¿no? Tsadiq dijo que erais íntimos.

– Desde que teníamos diez años, en la escuela primaria -dijo Rubin-, siempre hemos estado juntos. Beni es… como mi hermano -ya estaba fuera del coche, cuando les prometió-: Os llamo dentro de unos minutos.

5

Tras un cuarto de hora de espera, Eli Bahar agarró la manilla de bronce que estaba bajo la placa de cerámica adornada con pájaros y flores -en el centro se podía leer «Rubin-Meyujas»- y golpeó la puerta de madera. Le abrió una chica delgada, cuyo pelo largo y negro ocultaba la mitad de su pálido rostro. Permaneció un tiempo en silencio, entornó los ojos y se frotó un pie, enfundado en un calcetín negro, contra el otro pie, después giró la cabeza, como si necesitara autorización para dejar pasar a los desconocidos, y ante la ausencia de toda consigna, se encogió de hombros como diciendo: «Yo he cumplido mi papel», y susurró:

– No os quedéis ahí, hace mucho frío fuera -bajó los ojos y se hizo a un lado para que pudieran pasar.

– Llevamos esperando media hora bajo la lluvia -le dijo furioso Eli Bahar una vez que estuvieron dentro-, Rubin dijo que vendría a buscarnos enseguida y han pasado más de treinta minutos.

– Yo… -dijo la chica, visiblemente cohibida-, yo sólo… No es mi casa, no puedo…

– ¿Quién eres? -le preguntó Eli Bahar.

– Yo… me llamo Sara -contestó mientras se restregaba una mano con la otra-, soy actriz…, participo en la película de Beni, hago de Guemula, pero mi verdadero nombre es Sara…

Una luz pálida que entraba en la habitación por un gran ventanal en forma de arco iluminaba la oscura pared, pintada de azul marino, y también la maqueta de una casa de madera que estaba sobre una lámina de contrachapado, con una etiqueta en la que se podía leer: «La mansión de los Griefenbach». Michael observó la maqueta, las ventanas, los barrotes, las entradas y los pasillos que conectaban diferentes partes de la casa, las habitaciones iluminadas y aquellas que estaban en la oscuridad. Unas tablitas de contrachapado pintado cubrían la parte superior de la casa, que tenía distintas alturas, haciendo las veces de tejado, que en algunos puntos estaba rodeado de unas barandillas oscuras. Las barandillas, así como las diferentes secciones de la casa, estaban unidas por planos ligeramente inclinados. Encima de una cómoda, muy cerca de la maqueta, había un aparato de vídeo encendido cuya pantalla parpadeaba con una luz azul pero sin imagen.

– ¿Qué es esto? -le susurró Eli Bahar-. ¿Una casa de muñecas? No sabía que tuvieran hijos pequeños. Mira, con lámparas y todo…

– Es una maqueta -dijo Michael-, una copia de la casa de Ido y Einam, tal y como aparece en la película que están rodando.

– ¿Cómo lo sabes? -le preguntó Eli Bahar, con una mezcla de furia y asombro.

– Lo recuerdo de cuando estudiaba. Hice un curso introductorio sobre Agnón en primero de carrera, ya te lo conté, ¿no te acuerdas? Era una asignatura optativa. Estudiamos ese cuento, Ido y Einam -miró fijamente a Eli y añadió enseguida-, pero nunca lo entendí. Es un cuento bonito pero totalmente incomprensible. Muy raro, lleno de símbolos. Me acuerdo de que el profesor nos lo explicó, pero tampoco fue de mucha ayuda o quizá fuera que yo no lo quería interpretar tal y como él lo hacía. Lo que no he olvidado es el nombre de la casa -prosiguió, señalando la etiqueta-, «Griefenbach», ni a la chica que andaba por las noches por las azoteas y cantaba las canciones de Ido y Einam.

Lo que ya no le dijo a Eli era que también se acordaba muy bien del doctor Gamzu, y del doctor Ginat, el bibliófilo y especialista en folklore, lo mismo que de la descripción del encuentro entre Guemula y Ginat; aunque de lo que mejor se acordaba era del final atroz del cuento. Todavía creía poder oír la voz turbia del profesor mientras leía emocionado: «¿Qué fue lo que llevó a Ginat a destruir su obra y a quemar en un momento el fruto de tantos años de trabajo?».

¿Cuántas veces, desde entonces, al ver a esas personas que destrozan en un instante aquello que más aman, no había resonado esa misma pregunta en su cabeza?

Una mujer de unos cuarenta años salió de la cocina. Con unos pantalones vaqueros raídos, el cabello canoso, el rostro duro y arrugado y aquellos ojos grises y pequeños que los miraban con desconfianza, era la viva antítesis de la chica joven.

– He sido yo, yo soy la culpable -les dijo, sin tratar de excusarse-. Arieh Rubin me pidió que os llamara, pero yo quise esperar hasta que… -y señaló con la cabeza hacia una puerta cerrada al fondo del pasillo-. Beni todavía no está en condiciones de… Pensaba que esto podría esperar -concluyó.

– ¿Es usted de la familia, una hermana o algún pariente próximo? -le preguntó Eli Bahar.