Rubin se incorporó.
– ¿Por qué habría de irme? -preguntó Rubin sorprendido-. Tengo que quedarme con Beni.
Beni Meyujas golpeó la pared con el puño. Tenía los nudillos enrojecidos y magullados.
– Arieh no se tiene que ir a ningún sitio -dijo con voz ronca-, con él no tengo secretos.
Eli Bahar se alejó de la entrada y se dirigió rápidamente hacia el vestíbulo. Michael cerró la puerta. En la habitación sólo se oía la respiración profunda de Beni Meyujas, como si estuviera a punto de asfixiarse.
– Lo que también me gustaría preguntarle es si sabía usted que Tirtsa se encontraba en el edificio en mitad de la noche -dijo Michael-. Estamos intentando averiguar qué hacía allí a esas horas. ¿Tenía usted conocimiento de que ella estuviera allí?
Beni Meyujas negó con la cabeza y se pasó las manos por el pelo.
– No lo sabía -dijo al final.
– ¿Cómo es posible? -continuó Michael, sorprendido-. Usted estaba rodando en la azotea de ese mismo edificio, ¿cómo es posible que no lo supiera?
– No me lo dijo -respondió cortante al tiempo que volvía el rostro hacia la ventana.
Michael le preguntó también si tenía idea de por qué ella podía haber estado allí a esas horas.
Beni no se lo explicaba. Tirtsa no le había dicho que estaría trabajando y tampoco tenía noticias de que hubiera nada pendiente en relación con los decorados.
Michael le preguntó si era posible que hubiera quedado con alguien en su despacho.
– Todo es posible, ¿cómo voy a saberlo yo?
– No, lo que le estoy preguntando es si había sucedido ya otras veces -se explicó Michael.
Beni Meyujas hizo una mueca con los labios que indicaba que eso nunca había pasado. Solía quedar con alguna gente, en su despacho o en la cafetería, pero no de madrugada.
– Estoy intentando entender -dijo Michael lentamente, subrayando cada palabra- a qué se refería usted cuando gritó «ha sido por mi culpa», al ver a Tirtsa… sin vida.
Beni Meyujas lo miró estupefacto.
– ¿Recuerda haber pronunciado esas palabras? -le preguntó Michael.
– Lo recuerdo… -y una expresión de perplejidad invadió el rostro de Beni Meyujas, que a continuación apretó los labios con indiferencia-. Pero, ¿qué es lo que tengo que explicar?
– ¿Quizá se refería a que era culpa suya el que estuviera en el trabajo a esas horas?
– No, no era eso.
– ¿Entonces qué? ¿Hizo usted algo que pudiera provocarle la muerte?
Beni Meyujas lo miró irritado.
– El mármol -dijo al final, ocultando el rostro entre las manos-, dijeron que el mármol la había aplastado.
– No lo pienses, Beni, no pienses en eso -lo interrumpió Arieh Rubin con una expresión de preocupación, arrodillándose encima de la cama y pasándole el brazo por encima de los hombros-, no fue culpa tuya, Tirtsa no se dejaba aconsejar, por mucho que le hubieras pedido que apartara de allí la columna, ella… no te habría hecho caso.
– ¿No solía decirle adonde iba? -tanteó Michael.
– A veces. No siempre. Dependía -le contestó de mala gana.
– ¿De qué dependía? ¿Del lugar al que se dirigía? ¿De la hora? ¿De qué?
Beni Meyujas no lo miraba, sus ojos no se apartaban de sus dedos, que no dejaban de doblar márgenes de la primera página de un ejemplar del Haaretz tirado sobre la cama. Entre el anuncio que rezaba en blanco y negro y en mayúsculas, como todos los días desde hacía varios meses, «MENTIROSO» y el artículo dedicado al peluquero de Jerusalén y a su novia la modelo que habían sido hallados muertos, acribillados a balazos, había una pequeña noticia que anunciaba la muerte accidental de la directora del departamento de decorados de la televisión pública.
Beni Meyujas permaneció en silencio.
– ¿Cómo es posible que no le dijera nada? Estaban ustedes en el mismo sitio, trabajaban juntos; ¡usted también se encontraba allí, en la azotea!
Beni Meyujas torció el gesto.
– Sí, así es, yo también estaba allí.
– ¿Desde qué hora más o menos?
– Desde después de las seis aproximadamente, desde que había empezado a oscurecer. Estábamos esperando a que saliera la luna. Ayer había luna llena y teníamos la esperanza de que apareciera entre las nubes.
– ¿Quién más sabía que estaba usted allí? -preguntó Michael.
Beni Meyujas se encogió de hombros.
– Todo el mundo, no lo sé -dijo sin levantar la mirada de sus dedos-, todos los que debían estar al corriente.
– ¿Sabía usted que Mati Cohen se encontraba de camino hacia…? -preguntó Michael, y se dio cuenta de que Rubin se ponía muy tenso.
– Ya llega el té -le dijo Rubin a Beni Meyujas-, la sequedad de la boca te impide hablar bien -añadió, mientras clavaba en Michael una mirada de advertencia, aunque éste no se dio por aludido.
– Mati Cohen iba hacia el edificio -le dijo a Beni Meyujas-, para detener el rodaje, ¿lo sabía usted?
Beni levantó los ojos.
– No -dijo, con la voz rota-, no lo sabía. Había rumores…, oí que no me iban a dejar rodar las escenas complementarias… Tsadiq ya me había sugerido que… Pero no sabía que él… -un matiz de asombro invadió su voz-. Y tampoco acudió, yo no lo vi.
– Se encontraba de camino hacia la azotea y vio a Tirtsa, alrededor de la medianoche, antes… -Michael hizo un gesto con la mano antes de acabar la frase-. Entonces todavía estaba con vida.
Beni Meyujas lo miró. A diferencia de su voz y del resto del cuerpo, sus ojos redondos y celestes estaban ahora llenos de expresividad y reflejaban un dolor vivo y desbordado. Las ojeras enrojecidas que los rodeaban le conferían el aspecto de un fugitivo.
– No estaba sola, había alguien con ella -dijo Michael con tiento-; y estaban discutiendo.
Beni Meyujas no decía nada.
– Hemos pensado que quizá usted podría tener idea de con quién estaba discutiendo en mitad de la noche -dijo Michael.
– Pues no la tengo -dijo Beni Meyujas-, porque ni siquiera estaba al corriente de que se encontrara allí. Si lo hubiera sabido habría… -se calló y escondió el rostro entre las manos.
– ¿Habría usted qué? -se apresuró a preguntarle Michael.
– Habría hablado con ella, le habría dicho… Da igual.
– ¿Está seguro de que no le dijo que estaría en el trabajo? -insistió Michael.
Beni Meyujas negó con la cabeza:
– No lo sabía.
– Supongo que estaban ustedes… atravesando una crisis, un bache, ¿se trataba de una ruptura? -se arriesgó Michael a preguntarle.
Beni lo miró con asombro manifiesto.
– Nosotros… ¿Cómo lo sabe? -su voz se llenó de desconfianza-. Nadie… -se pasó las manos por la cara.
En el silencio de la habitación sólo se oía su respiración dificultosa. Arieh Rubin puso una mano sobre su hombro.
– En líneas generales, ¿llevaban ustedes una vida agradable juntos? -le preguntó ahora Michael, ignorando la mirada de reproche de Arieh Rubin y examinando el rostro de Beni.
– Maravillosa, teníamos una vida maravillosa -dijo Beni Meyujas-. Dios… cómo… -y ocultó su rostro entre las manos.
– Usted también se encontraba allí -le recordó Michael a Arieh Rubin.
– ¿Cuándo? -preguntó Rubin, sorprendido.
– Ayer por la noche, cuando Tirtsa… Usted estaba en la televisión, ¿no?
– Sí, sí estaba, pero en la sala de montaje, en el edificio central, ni siquiera… No tenía idea… No vi a Tirtsa, estaba concentrado en el trabajo -dijo Rubin.
– ¿No hay ninguna conexión entre esos dos edificios? -preguntó Michael.
– Ninguna -le aseguró Rubin-, es difícil moverse hasta entre las distintas plantas del mismo edificio. Pero de todas formas siempre hay gente en el edificio central. Además de los vigilantes de seguridad, algunas salas funcionan las veinticuatro horas. La sala de los radioescuchas, por ejemplo, podría comprobar quién se encontraba haciendo el turno de radioescucha de las noticias de interior y quién el turno de las noticias del extranjero. Allí siempre hay alguien.