– ¿Cuál era el motivo por el que discutieron? ¿Sucedió algo concreto? -le preguntó Michael a Beni de sopetón.
Beni Meyujas lo miró asustado.
– Se trataba de una cuestión personal, no tiene que ver con… Era algo personal.
Michael cogió el periódico. Le llamó la atención un artículo al final de la página, sobre unos explosivos que habían aparecido en la puerta del piso de unas estudiantes árabes en la zona occidental de la ciudad. Se había descubierto que los habían colocado unos extremistas ultraortodoxos y un artificiero de la policía había sufrido heridas leves al tocar la bolsa.
– Nunca se puede asegurar que una cosa no tenga nada que ver con otra -dijo tras un momento de silencio-, porque en ocasiones lo que parece tener una clara relación se revela luego como…
– No quiero hablar de eso -le espetó Beni Meyujas.
– ¿Fue una pelea seria? -dijo Michael, tanteando la situación-. ¿Podría haber afectado al futuro de la relación? ¿Hablaron ustedes de una posible separación, por ejemplo?
Beni Meyujas se tumbó, replegó las piernas en posición fetal y rompió a llorar. El rostro de Arieh Rubin adquirió una expresión de auténtico estupor y, pasados unos instantes, se acercó a Beni y le tocó el hombro.
– ¿Estaba usted al corriente de todo esto? -le preguntó Michael a Rubin, como si Beni no se encontrara en la habitación, y Rubin negó con la cabeza.
– No tenía ni idea.
La puerta se abrió y entró Hagar. Llevaba un plato con una taza de té y una cucharilla tintineante. Michael se apartó rápidamente para dejarle el paso libre y se colocó junto a la ventana. Desde allí vio cómo dejaba el té sobre la cómoda, cerca de la cama, y le dirigía a Rubin una mirada acusadora. Él se encogió de hombros, adoptando un aire inocente. Después Hagar tocó el hombro de Beni Meyujas, que se descubrió el rostro y la miró con extrañeza, como si fuera la primera vez en la vida que la veía.
Michael miró por la ventana y a continuación sus ojos se desviaron hacia la cama, deteniéndose en un par de botas negras de terciopelo y con bordados que estaban medio escondidas debajo de la cama. Se preguntó si serían de Tirtsa, aunque tenían un toque infantil y cursi que no cuadraba con la imagen que tenía de ella; mientras pensaba en ello, oyó a Rubin que decía:
– Tómatelo, Beni, bebe un poco, porque, si no, te tendremos que poner suero; te estás deshidratando. Si no quieres comer, no comas, pero tienes que beber algo.
El ruido que hizo la cabeza de Beni al golpearse contra la pared horrorizó a Michael.
– Nos ha dejado, Arieh -sollozó-, ya no me quería.
La puerta se volvió a abrir y apareció Eli Bahar, que miró un momento a los dos hombres sobre la cama de matrimonio y le dijo a Michaeclass="underline"
– Me han dicho que quien tiene que firmar es Arieh Rubin. Si acepta.
Rubin lo miró sorprendido y asintió con la cabeza. Le dijo a Beni:
– Voy a firmar la autorización para la autopsia… si estás de acuerdo. ¿Qué te parece?
– Tengo que irme -dijo Eli Bahar con impaciencia-, ya lo llamará a usted una chica… Lo llamarán y le traerán todos los papeles, ¿de acuerdo? -y salió de la habitación sin esperar una respuesta.
– Beni -vaciló Rubin-, ¿estás de acuerdo? ¿No hay inconveniente por tu parte?
– Nos ha dejado, Arieh, ya no quería vivir conmigo. No tengo por qué… Yo no tenía por qué…
– Así está todo el rato -dijo Hagar desde un rincón de la habitación frunciendo el ceño, lo que marcó aún más la arruga que tenía entre los ojos-, eso es lo que dice todo el tiempo -y salió del dormitorio.
Michael se fue tras ella, que se detuvo en el vestíbulo, junto a la puerta de la cocina, y apoyó un brazo en el marco de la puerta y la cabeza en el brazo.
– Me da la impresión de que es usted la persona más cercana a él -le dijo Michael, abordándola sin rodeos-, así que he pensado que quizá sepa lo que sucedió entre los dos.
Hagar levantó la cabeza y se alejó un poco de la puerta.
– ¿Entre quiénes? -preguntó con suspicacia.
– Entre Beni y Tirtsa.
– ¿Qué quiere que pasara? ¿Cuándo?
– Rubin me ha dicho que es posible que usted conociera los detalles -dijo Michael- sobre la crisis de pareja por la que estaban pasando; seguro que percibió algo, aunque… aunque Beni no se lo contara a usted directamente… Me ha dicho que es usted la única persona que conoce los sentimientos de Beni…
Una expresión de alivio se apoderó de su rostro.
– Créame si le digo que no tengo ni idea. Yo soy una persona muy próxima… De hecho soy íntima, pero no en asuntos de… No me hablaba de Tirtsa -rascó con la uña una mancha invisible en el marco de la puerta-. Estaba al tanto de todo lo relacionado con… -señaló con la cabeza hacia la maqueta- cuestiones de trabajo. En eso podría decirse que tengo un doctorado. Pero no sé nada de su vida privada con Tirtsa.
– Pero seguro que intuyó usted algo, que tuvo alguna sensación, la gente sensible percibe ese tipo de cosas en las personas que le son cercanas sin necesidad de que se las cuenten, ¿no cree?
Hagar miró hacia el pasillo como para asegurarse de que nadie los estaba oyendo.
– ¿Dónde está Sara? -murmuró-. Aquí está su abrigo, así que probablemente no se haya ido aún, quizá esté en la otra habitación… viendo la tele -y señaló hacia el salón-. Había tensión entre ellos últimamente. A Beni había algo que lo tenía muy agobiado, de eso estoy segura, porque lo conozco como si lo hubiera parido. No le pregunté nada porque no me atrevía, pero estaba más que claro, sólo había que ver la actitud de Tirtsa… incluso por cómo me hablaba últimamente… Pero no tengo ni idea de qué… -y miró su reloj asustada- ¿Tiene usted intención de quedarse aquí un rato más? -preguntó rápidamente, y sin esperar respuesta añadió-: Porque, si es así, quisiera… Mire, ahora me voy de nuevo a la televisión para hablar con Tsadiq de la continuación del rodaje, porque ahora no se puede suspender… Sólo nos quedan las escenas complementarias… Tenemos que… Me voy a ver a Tsadiq con Rubin para… ¡Sara! -se volvió hacia la chica que acababa de salir de la habitación contigua-, ¿puedes quedarte aquí hasta que yo vuelva? No quiero dejar solo a Beni.
– No hay ningún problema -le respondió la joven, frotándose de nuevo los pies, el uno contra el otro.
– ¿Dónde tienes los zapatos? -le preguntó Hagar sorprendida de verla descalza, y la joven palideció.
– Ahí dentro, me los he quitado -y señaló hacia el salón-. Ahora mismo voy a… Hace frío aquí… Pero estaban llenos de barro y… -se calló, pero Hagar ya se había puesto el abrigo y no la estaba escuchando.
– ¡Arieh!, ¡Arieh! -llamó en dirección al dormitorio-, venga, vamos -y se fue hacia allí.
– ¿Dónde tienes, realmente, tus zapatos? -le preguntó Michael por lo bajo, y Sara, muy roja, señaló con la cabeza hacia la habitación de la que acababa de salir, y se calló.
– ¿Unas botas negras? ¿Con bordados?
Ella lo miró preocupada y asintió.
– ¿Las has perdido?
Sara se encogió de hombros con un gesto ambiguo.
– Yo sé dónde están -dijo Michael-, ¿quieres que te lo diga?
– No hace falta -susurró, y miró asustada hacia el dormitorio-, pero no quiero que Hagar lo sepa. Si se entera… -e interrumpió la frase.
– ¿Qué va a pasar si se entera?
– Pensará que nosotros… que yo… -y abrió los brazos con un gesto de impotencia.
– ¿Que qué? ¿Que tú qué?
– Que yo, ya sabes, que estaba con él -dijo, y desvió la mirada.
– Mientras que la verdad es otra, ¿no?
– Sí, en realidad, no hay nada… es decir él… lloraba tanto y me pidió que… Hagar no estaba… así que yo… Tan sólo me tumbé a su lado, me abrazó y lloró mientras hablaba, y yo… qué podía hacer… lo dejé hablar.