– Tan sólo de cincuenta mil dólares más -repitió Meyujas mecánicamente-, por una cantidad como ésa quieren detener la producción más importante de los últimos años. Pero ahora ya todo da igual, nada importa ya.
La joven empezó a decir algo, como si fuera a protestar, pero enseguida se calló y bajó dócilmente la cabeza.
– Al final ampliarán el presupuesto -le dijo a Michael, con una voz débil-, al final…
– Sara me ha contado -dijo Michael dirigiéndose a Beni Meyujas- que antes de empezar el rodaje les explicó usted a los participantes el significado del cuento de Ido y Einam, pero no me ha quedado muy claro, podría usted, quizá…
– ¿Ahora? -preguntó Beni Meyujas sorprendido-. Ahora no estoy para… Y, además, ¿qué tiene que ver eso?
Michael lo miró expectante y sin contestar a su pregunta.
– Pues mire -dijo Beni Meyujas, y clavó sus ojos en la pared que había detrás de la pantalla, como si estuviera leyendo un discurso escrito allí-, en su momento descubrí que este cuento, Ido y Einam, no trataba de textos judíos antiguos ni de la tribu de Gad que, supuestamente, no volvió del exilio de Babilonia. Me di cuenta de que hablaba sobre los judíos orientales en Israel, y la forma en que los ha tratado el sionismo. El Oriente está representado por Guemula, que canta un himno a la luna, y el sionismo, el Occidente, percibe ese Oriente como un hallazgo folklórico, en el mejor de los casos, y trata de encontrar una gramática…, una gramática, ¿me sigue? Intenta encontrar una gramática en sus cantos, inventados por un padre y su hija. ¿Y sabe qué es lo más hermoso en todo eso?
Michael lo miró fascinado y negó con la cabeza.
– Lo más maravilloso de Agnón es que a él le encantan las diferentes comunidades que componen el país y, lo que es todavía más maravilloso, no pretende que sean perfectos.
– ¿Quiénes? -le preguntó Michael-. ¿Quiénes piensa él que no tienen por qué ser perfectos?
– Pues los judíos de las comunidades orientales. Agnón opina que también ellos han pasado por un proceso de decadencia. Este cuento es una auténtica tragedia y trata del misterio, si me permite la palabra, de nuestra vida aquí. En mi opinión es el cuento más hermoso y triste que se ha escrito acerca del sionismo, y no tengo ni que decirle que Agnón es un genio que está a la altura de Shakespeare, y para mí…
Michael quiso decir algo. Pero todo lo que había dicho Beni sobre Agnón y sobre su relación con los judíos orientales lo había emocionado de una manera insospechada. Lo que acababa de oír era muchísimo más sugerente que los comentarios apagados de su profesor de literatura en la universidad, hacía veinte años. Las palabras de Beni, y la manera en que se adaptaban a las delicadas imágenes proyectadas en la pantalla un rato antes, lo habían llenado de emoción, de una tristeza profunda y, ante todo, de un tipo de sinceridad que no había esperado encontrar ya en ningún sitio, y mucho menos en nada relacionado con una producción televisiva.
Un pitido del buscapersonas interrumpió el discurso de Beni Meyujas, que se calló y miró asustado a su alrededor. Michael esperó un momento, pero entendió que Beni Meyujas no volvería a abrir la boca. Consultó el aparato y preguntó si podía utilizar el teléfono. Beni Meyujas asintió distraído y pulsó un botón del mando a distancia. La voz de Eli Bahar se mezcló vagamente con el sonido de fondo, proveniente del televisor, en el que se anunciaba el arresto de los obreros despedidos de la fábrica Jolit y su probable comparecencia a juicio. Michael escuchó a Eli Bahar y después dijo:
– Me voy. Tengo que hablar con Tsadiq.
– ¿Pasa algo? -preguntó la joven.
– Sí -dijo Michael, y miró a Beni Meyujas, que apagó el aparato de vídeo-, Mati Cohen ha muerto hace un cuarto de hora.
Sara sintió un escalofrío y se tapó la boca con las manos, como intentando ahogar un grito, mientras el rostro de Beni Meyujas ni siquiera se inmutó, como si no hubiera oído lo que allí se acababa de decir. Agachado como estaba junto al televisor, se levantó muy despacio y, sin mediar palabra, se dirigió hacia el dormitorio.
6
Hacía ya casi media hora que Natacha esperaba en un rincón, cerca del baño de las mujeres, al final del pasillo de la segunda planta, desde donde podía ver a todos los que entraban en el despacho de Aviva y saber quién era recibido por Tsadiq. En dos ocasiones se había paseado discretamente por delante del despacho de la secretaria espiando disimuladamente lo que ocurría en su interior. Aviva, que estaba hablando por teléfono, no se había dado cuenta, y Natacha había vuelto enseguida a su lugar, cerca del baño; cada vez que alguien se acercaba, se escondía en el lavabo. No es que le importara que la vieran, pero no se sentía con fuerzas para hablar con nadie ni para explicar qué hacía allí. Porque la verdad era que ni ella misma lo tenía demasiado claro. Había estado esperando la llegada de Rubin y, ahora que estaba allí, esperaba que saliera del despacho de Tsadiq. A pesar de todo, estaba segura de que no mencionaría su caso, pues lo había visto llegar con Hagar y se daba perfecta cuenta de que todo lo que tenían en mente en ese momento era a Beni Meyujas y la película.
Habría podido hablar con Hefets, manejarlo a su antojo, como se suele decir, pero no se veía con ánimos. ¿Cómo le iba a pedir que le proporcionara un equipo después de haberle soltado: «Me das asco»? Y además era verdad que sentía asco sólo de pensar en Hefets. Ya no podía soportar oírlo hablar otra vez de su mujer, que tenía que haber vuelto pasado mañana pero que había decidido adelantar el vuelo. Ni siquiera había escuchado la frase hasta el final. Lo dejó con la palabra en la boca. Estaba harta de no ser más que un juguete en sus manos. Además, tampoco era tonta. Conocía muy bien a Hefets. Si le contara de lo que trataba el asunto, la apartaría y le confiaría el caso a otra persona. Le prometería, como siempre, que iba a contar con todos los medios, pero finalmente sería él quien firmaría el reportaje y se pondría la medalla. Diría que una cosa es el amor y otra los negocios, y que lo hacía todo por su bien, para protegerla. De todos modos, tampoco se atrevería a darle el visto bueno. Nadie lo haría en aquellas circunstancias. ¿Acaso Tsadiq no le había dicho: «Natacha, está todo parado»? Nadie le iba a llevar la contraria al director de la cadena. Sólo había que ver cuál había sido la reacción de todos tras el accidente y ante la presencia allí de los dos policías: estaban cagados de miedo. Aunque había que reconocer que no se trataba de un simple accidente, sino de una muerte; y que ella haría bien en dejar de comportarse con tanta indiferencia, como si Tirtsa no le importara nada. No era que no le importara, aunque apenas la conocía, pero no hacía falta conocer a alguien para sentir pena; cualquier muerte prematura es lamentable; y lo sentía mucho por Rubin, a quien conocía y apreciaba mucho, porque sabía muy bien lo importante que era Tirtsa para él. Pero estaba claro que, pensando en sus propios intereses, la muerte de Tirtsa lo había arruinado todo. Ahora estaba segura de que nadie le haría caso pues, tal como lo había formulado Tsadiq, desde el momento en que entra en juego la policía hay que bajar la cabeza. Todos debían hacerlo. Además, Tsadiq no estaba dispuesto a tener conflictos con nadie -«sólo me faltaba eso», le dijo, hurgándose entre los dientes con un palillo que se sacó del bolsillo de la camisa, «enemistarme con los ultraortodoxos»-. Como si no tuviéramos ya bastantes problemas. Mientras Rubin estaba en casa de Beni Meyujas con la policía, ella había intentado volver a la carga: había corrido tras él por el pasillo, como un perrito, tratando de explicarle la importancia del caso, repitiéndole que sería muy difícil volver a pillarlos in fraganti. Pero él ni siquiera se había parado a mirarla, y se había limitado a decir: «Hija mía, es que ahora no hay nada que hacer, no es el momento».