Natacha oyó la voz de Rubin al final del pasillo, y después lo vio aparecer con Hagar. Ambos entraron en el despacho de Aviva, y desaparecieron por la puerta del despacho de Tsadiq. Natacha cruzó el pasillo dos veces más, tratando de espiar a Aviva. La primera vez Aviva no se enteró, pero la segunda le dijo: «Natacha, ven aquí, ¿tienes un momento?». Ella entró y se puso ante el escritorio de Aviva, tratando de escuchar, sin que ella se diera cuenta, lo que sucedía dentro del despacho de Tsadiq. Sin embargo, desde allí no se oía nada, habría tenido que pegar la oreja a la puerta, y evidentemente no podía hacer eso en presencia de Aviva y de todo el equipo del programa Bailar en corro, que entraba y salía continuamente del despachito que estaba junto al de Aviva hablando a grandes voces sobre el line-up para el programa de esa tarde.
– Natacha, hazme un favor, no puedo más -le dijo Aviva y miró irritada hacia la puerta de Tsadiq-, no me deja ni moverme, si fuera por él hasta dormiría aquí, se olvida de que la gente tiene ciertas necesidades, sustitúyeme un momento, y no dejes que nadie del equipo de Bailar en corro -y señaló con la cabeza hacia el despachito-, haga ninguna llamada desde aquí. Que no ocupen el teléfono; esta mañana sólo me faltaban ellos -murmuró-, pero, como abajo están haciendo obras, no puedo echarlos. ¿Dónde se reunirían si no?
Como ilustración de sus palabras, en aquel preciso momento se oyó la voz inconfundible de Yankale Golán, el productor de Bailar en corro, que gritaba:
– ¿Una semana entera de trabajo y esto es todo lo que traéis? No pienso empezar con el presidente del comité del sindicato de la industria aeronáutica… Ese tema no va a dar de sí… Ya son las doce del mediodía, ¿no habéis encontrado nada mejor?
Aviva salió disparada de su despacho mientras los teléfonos empezaban de nuevo a sonar, pero Natacha no contestó. Se colocó entre el escritorio y el despacho de Tsadiq. Se oían el timbre del teléfono y voces en el despachito, una de mujer quejándose: «No fumes aquí, Así, por favor, ¿no puedes estar diez minutos sin fumar?». La puerta del despachito se abrió. Asaf Kuper salió al pasillo y ni siquiera la vio. Se quedó allí fuera, de espaldas a ella, y se puso a hablar por el teléfono móvil que sujetaba entre la oreja y el hombro. «No quiero gritos, quiero que sea algo doloroso y sensible… Estás defendiendo a un asesino… Háblame de ello…», dijo a voces, tirándose del cinturón de los pantalones con una mano y encendiendo un cigarrillo con la otra. Natacha se fijó en su kipá de ganchillo, que estaba a punto de caérsele de la cabeza. «Si se te presenta algún dilema…», continuó por el móvil, «¿Nunca se te ha presentado ningún dilema?… ¿Qué has dicho?… ¿Que todo es sólo cuestión de dinero…? Pues la verdad es que no suena muy bien… ¿Nada más que de dinero?».
Natacha se acercó sigilosa a la puerta del despacho de Tsadiq, de espaldas a la ventana, sin apartar la vista de la entrada, para asegurarse de que nadie la pillara allí escuchando. Sólo así logró oír a Rubin, que decía: «Tsadiq, por lo que más quieras, ve una secuencia, sólo una, no es mucho pedir… y ya verás como es una película sobre el esplendor de la cultura judía oriental… Piensa en el éxito que tienen esas cosas hoy en día». Y también oyó la intervención de Hagar, que se permitió interrumpir las palabras de Rubin como si no fuera su subordinada, con esa voz artificialmente dulce, como la de una parvulista, que decía: «Tsadiq, ¡se trata de Agnón!, un premio Nobel. La película te dará prestigio, y Beni se la dedicará a la memoria de Tirtsa». Resultaba difícil llegar a admitir que hubiera personas que se atrevieran a ser tan descaradamente transparentes como Hagar, porque ésta le hablaba a Tsadiq como si fuera retrasado. ¿Realmente creía que Tsadiq no se daba cuenta de sus intenciones?
Tsadiq dijo algo pero Natacha no lo pudo entender bien, y después se hizo un silencio. De repente, sonó el canto de una mujer, una voz tan límpida y tan pura que sintió un estremecimiento. Cuando oía cantar a Mercedes Sosa sentía calor y frío al mismo tiempo, y se ponía a temblar. Exactamente igual que en ese momento, aunque no se trataba de Mercedes Sosa, sino de un canto en una lengua desconocida, una melodía rara, triste, semejante a una elegía. Natacha se alejó de la puerta y se sentó en el escritorio de Aviva. E hizo bien, pues justo entonces, mientras contestaba al teléfono, Niva apareció agitando un papel y gritando: «Aviva, nos acaba de llegar un fax para Tsadiq, es urgente», y asomándose al interior del despacho dijo, con cierta desilusión: «Ah, Natacha, ¿dónde está Aviva?», para añadir de inmediato: «¿Ha ido al baño? Dile que la estoy buscando». Ya se estaba marchando cuando se volvió de repente y exclamó: «Se me había olvidado por completo, Hefets lleva buscándote toda la mañana… ¿Por qué no contestas al busca?». Antes de que Natacha pudiera responderle, Niva salió corriendo, y pudo oír el ruido de los zuecos a lo largo del pasillo y sus gritos: «Benizri, Benizri, ¿adónde vas? ¡Dani Benizri, no salgas de aquí sin hablar antes con Hefets, que te está esperando!».
Natacha no pretendía ganarse la vida fácilmente, estaba dispuesta a trabajar duro y a hacer un periodismo de primera calidad. Igual que Dani Benizri. Había hecho algo formidable metiéndose en el túnel con los huelguistas, sin ningún miedo. Eso sí que era un buen trabajo periodístico. Pero a él lo dejaron hacerlo. No tuvo que luchar ni que convencer a nadie. Ella tampoco tenía miedo. Para hacer su trabajo estaba dispuesta a correr muchos riesgos. A arriesgarlo todo. Sí, sabía el peligro que entrañaba meterse con los ultraortodoxos, sobre todo con los de las kipás negras. Lo sabía perfectamente. Pero no tenía ninguna intención de quedarse de brazos cruzados esperando el permiso. Era impensable que una chica como ella desaprovechara una oportunidad única como aquélla. Y ya se las había apañado en situaciones muchísimo más desesperadas. ¿Acaso no fue ella la única mujer que consiguió montarse en un avión con destino a Tel-Aviv en plena guerra del Golfo, el primer día del ataque de los misiles iraquíes, y con el pasaje del avión completo? ¿No fue ella quien empezó a trabajar como periodista en una época en la que no había ninguna plaza? Es cierto que sólo consiguió un puesto de investigadora free lance -sin derechos y cobrando por horas-, pero ni siquiera eso estaba al alcance de cualquiera. Y no le debía nada a Hefets. El único que la ayudó fue Schreiber. Hefets llegó después y a ella no le reportó ningún beneficio, más bien al contrario, por culpa de la envidia. Pero ¿qué podían envidiarle? ¡Cualquiera diría que estaba tan bien situada! Le habría gustado saberlo para así poder convencerse ella también de ser tan afortunada. No tenían nada que envidiarle; unos polvos abruptos en su despacho, de madrugada, con su mujer acosándolo al teléfono, siempre intentando localizarlo. ¿La había llevado alguna vez a algún sitio? ¿Le había regalado algo? Nada en absoluto, y tampoco la ayudaba con el alquiler; ni siquiera la había invitado nunca a comer en un buen restaurante, por miedo a que los vieran juntos. Ni un perfume. Ni una flor. Ni por su cumpleaños. Nada. Con eso no quería decir que fuera un tacaño, pues a veces había visto cómo invitaba a comer a otros, de su bolsillo, pero lo que era con ella… A ella nunca la había invitado a nada. No se había gastado ni un céntimo. Y ahora… ¿No había sido ella quien había conseguido la dirección secreta del piso en el que el rabino Aljarizi se reunía con el abogado más cercano al primer ministro? ¿O la que había logrado grabar al rabino vestido de sacerdote griego-ortodoxo en el aeropuerto? Nadie le podía negar un olfato periodístico de primerísima fila. Sólo necesitaba una buena oportunidad. Y era aquélla. Otra no volvería a presentársele. Lo sabía. No podía dejarla escapar. Todavía recordaba la voz asustada de la mujer que la había telefoneado asegurándole que aquéllas eran las señas y la hora. Cuando todo se acabara, buscaría a aquella mujer y le daría las gracias como se merecía. Incluso le mandaría unas flores. No sabía cómo encontrarla, ya que por teléfono se había negado a dar explicaciones acerca de cómo había dado con Natacha y por qué la había elegido precisamente a ella. Pero aquello no le preocupaba, sabía que las cosas importantes al final siempre se aclaraban. ¡Si por lo menos la dejaran presentar hoy el caso de los supuestos pagos a pensionistas muertos, antes de que se reuniera la comisión de finanzas de la Knesset y todo estuviera ya perdido! De eso se había enterado por casualidad, no gracias a aquella mujer sino a un chico que se había alejado de la ortodoxia religiosa. No se explicaba por qué se lo había contado precisamente a ella. «Natan me aconsejó que hablara contigo», le aseguró, y ella, aunque no conocía a ningún Natan, no dijo nada, pues sólo pensaba en aprovechar la oportunidad que se le había ofrecido. Todavía no se lo había contado a nadie. Si hoy revelaba el asunto de las pensiones, le darían la posibilidad de investigar otra historia, algo más importante. Si no lo hacía, seguirían pagándose pensiones fraudulentas a los muertos. Nadie podía dudar de la veracidad de sus afirmaciones, pues se había cubierto las espaldas: tenía los nombres completos, los certificados de defunción y la lista de los muertos a los que se hacía pasar por vivos. Y, sin embargo, dudaba de su poder para imponer el caso en los informativos del día, y aún más para conseguir un equipo, un cámara, un iluminador y un técnico de sonido que grabaran al rabino por la noche. En el fondo, sabía que le dirían que no.