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– Gracias, guapa -le dijo Aviva, y Natacha salió del despacho y regresó a su rincón al final del pasillo, junto a los baños.

En ese momento oyó la voz de Tsadiq y miró hacia allí. Tsadiq salió del despacho solo y, ya en el pasillo, llamó a los que pasaban por allí:

– Venid, Nahum, Schreiber, Asaf -abrió la puerta del despachito y gritó-: Salid, venid a ver la maravillosa película que hemos hecho para honrar a los judíos orientales, basada en un cuento de Agnón -y todos lo siguieron.

Hefets, que no la había visto, fue también, seguido de Max Levin, el tipo simpático del departamento de atrezo, y Avi, el iluminador. Seguramente estaban allí por el asunto de los robos de los focos. Natacha había oído decir en la sala de redacción que, al mismo tiempo que se investigaba el caso de Tirtsa, se estaban ocupando también del de los focos sustraídos. Schreiber se escabulló un momento y fue al lavabo. A Natacha se le ocurrió una idea.

– Schreiber -le susurró-, ven aquí, ven un momento.

Él se detuvo junto a la puerta del baño de los hombres y la miró sorprendido.

– ¿Que vaya adónde?

Ella le señaló la puerta de los aseos de mujeres.

– Natacha, ¿estás de broma? No puedo entrar en el baño de las mujeres, ¿quieres que me meta en un lío? Me acusarán de acoso sexual -dijo, y se pasó la mano por la cabeza afeitada. Al hacerlo el pequeño anillo de oro que llevaba en el meñique refulgió por un instante.

– Schreiber -le dijo en el tono zalamero que siempre funcionaba con él-, hazme el favor.

Él miró a su alrededor y abrió la puerta del despacho de la directora del departamento de ficción que estaba junto al baño de las mujeres. No había nadie, y Schreiber, como era cámara, podía entrar en cualquier sitio. A él no lo iban a despedir por una cosa así. Fue lo que él trató de explicarle mientras ella miraba a ambos lados con preocupación, antes de decidirse a entrar. Ahora estaban los dos solos allí dentro. Schreiber ladeó la cabeza y la miró atentamente, como si pudiera leer sus pensamientos.

– ¿Qué ocurre, Natacha? -le preguntó con una voz tan llena de candor que a ella casi se le saltan las lágrimas, e inesperadamente se dio cuenta de lo sola que estaba, como aquella vez, cuando le había hecho la misma pregunta y ella se había echado a llorar en sus brazos. Él la había llevado, sin que nadie lo supiera, a aquella doctora de la calle Palmaj que le había resuelto el problema. Además, lo había pagado todo y nunca le había vuelto a mencionar el tema.

– Schreiber -susurró-, tienes que ayudarme con el caso del rabino Aljarizi.

– Pero ¿de qué estás hablando? -le preguntó pacientemente, mientras se tocaba la nuca con nerviosismo. Ella sabía que la sola mención del nombre del rabino bastaba para sacarlo de sus casillas, así que le explicó rápidamente lo que sabía.

– Ven, te pongo la cinta, no la ha visto nadie, sólo Rubin, y le pareció excepcional, pero ahora, con lo de Tirtsa y Beni Meyujas, ya no tiene tiempo para…

Schreiber la miró como si se hubiera vuelto completamente loca.

– Natacha -le dijo con voz ronca, y encendió un cigarrillo sin apartar los ojos de ella-, ten mucho cuidado, ¿sabes lo que te ocurrirá si te oyen hablar de esto? ¿Quieres que me despidan? No es ninguna broma. Si te han dicho: ahora no, es que no. Te lo han advertido: la policía está rondando por aquí y no es el momento para meterse con los ultraortodoxos. ¿No te das cuenta?

Pero ella volvió a explicárselo y consiguió que viera la grabación del rabino Aljarizi vestido de sacerdote griego-ortodoxo. Schreiber dio un largo silbido, se echó a reír y apagó la pantalla. Entonces, aunque de una forma que a ella le pareció menos categórica, repitió:

– No, de ninguna manera. No voy a asumir ese riesgo.

– ¿Qué riesgo? -le dijo-. Todo lo que tenemos que hacer es estar detrás de la puerta cuando se pasen el dinero, verlo y grabarlo. No tienes por qué ir conmigo a Givat Shaul, donde están las escuelas rabínicas de los ultraortodoxos, ni tienes que aportar pruebas al Ministerio del Interior, que se muere por obtenerlas. Yo me encargo de todo. El dossier está preparado para las noticias de esta noche, voy a explicar lo de los nombres falsos, tú sólo tienes que acompañarme al piso de Ramot, con una cámara; ¿dónde ves tanto problema?

– Natacha, para eso hace falta llevar todo un equipo, una unidad móvil, un técnico de sonido, un iluminador y todo…

– Schreiber -lo interrumpió ella-, consigue una unidad móvil, sin equipo, trae… Tú serás todo el equipo… Del asunto de los muertos vivientes ya me ocupo yo…

– No entiendo -dijo Schreiber abriendo la puerta y echando un vistazo fuera-. Ahora caigo…, son dos los asuntos. ¿Estás hablando de dos cosas distintas, verdad?

– Creo que están vinculadas -le contestó-, primero está el asunto de los pensionistas ficticios. Eso lo he hecho sola con una cámara de vídeo…, pero es una nimiedad en comparación con…

– Natacha -le caían gotas de sudor de la calva cuando la interrumpió para advertirle-, no puedes actuar en contra del comité; si alguien se entera de que lo grabaste sola, sin equipo…, sabes que tendrás problemas. Tengo prohibido hacerlo sin técnico de sonido e iluminador, prohibido… Se pondrán todos en huelga. ¿Hefets sabe que lo estás haciendo tú sola?

Ella negó con la cabeza y sonrió asustada.

– ¿En qué estás pensando, entonces? -preguntó Schreiber, y la miró con desconfianza-. ¿Qué le dijiste? ¿Que yo…? ¡Natacha! ¡Me vas a volver loco! -y ahora sí parecía ya realmente furioso.

– No tenía otra opción, Schreiber, no me habrían dejado… Si hubiera dicho que estaba sola… habrían mandado a otro, me habrían dicho que no tengo el monopolio de ningún reportaje.

– Natacha, ¡no tienes autorización!

– Rubin me ha prometido que él lo arreglará con Hefets, que conseguirá una autorización retroactiva -murmuró-, y también que te cubrirá las espaldas si el segundo asunto se pusiera feo. Se ha comprometido después de ver los documentos.

– Explícame qué es exactamente lo que crees que vamos a encontrar allí.