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Ella le habló del restaurante, de las reuniones y de los fajos de billetes, de los mapas y de la maleta, mientras él la miraba con los ojos como platos.

– Natacha -le dijo con una voz ahogada-, estás jugando con fuego. No sabes con quién te estás metiendo. No olvides de dónde vengo. Los conozco más que bien, no saldrás indemne, se vengarán, los conozco mejor que nadie, fui uno de ellos -le dijo, mientras se tocaba el pequeño pendiente que llevaba en la oreja izquierda-, te matarán, harán que parezca un accidente, te maldecirán. Si has descubierto algo así, y es cierto, estás acabada.

– Es mi trabajo de periodista, Schreiber, yo me lo tomo en serio -le suplicó.

– A mí no me gusta el periodismo, sino hacer películas, ¿no lo sabías? -dijo irritado-. Lo que yo quiero es filmar Ido y Einam para Beni Meyujas, así que no tengo tiempo para ti -añadió, ahora ya con una sonrisa y dándole un toquecito en la nariz con el dedo.

Ella lo agarró por la camisa, como si estuvieran en una película.

– ¡Schreiber, te lo estoy pidiendo por lo que más quieras!

– Natacha, no puedo -le suplicó Schreiber, y, en ese momento, se oyeron carreras y gritos en el pasillo-. Ha vuelto a pasar algo -y Schreiber se sacó un cigarrillo de un bolsillito de su chaleco de safari y se frotó la barbilla. Su pequeña boca se contrajo y casi le desapareció de la cara, al oír el enorme jaleo que había fuera-. Dios sabe qué habrá pasado ahora, a lo mejor ha habido un atentado. No puedo dejarlo todo y quedarme aquí hablando contigo, entiéndelo, Natacha.

– Schreiber -le dijo, y, sin pensarlo, se quitó la bufanda roja y el abrigo negro, después el jersey y finalmente hasta la camiseta negra, se puso delante de la puerta, obstruyéndole el paso, con los pequeños pezones muy erguidos-, venga, Schreiber… ¿quieres follar?

Él la miró horrorizado y, por un momento, Natacha creyó que la abofetearía, pero después apareció un brillo familiar en su ojo derecho, el que bizqueaba un poco, y un temblor recorrió sus finos labios, empezó a sonreír y soltó una risa ahogada. Si no lo conociera, se habría sentido ofendida.

– ¿Qué estás haciendo, Natacha? -y tosió mientras le formulaba la pregunta-. Vístete ahora mismo, ponte el jersey, ¿qué te pasa?… O sea, ¿que estás dispuesta a cualquier cosa para…? -las voces que provenían del pasillo se hicieron más fuertes-. Está pasando algo -le dijo, mientras le metía el jersey por la cabeza y hasta le introducía la mano por la manga, como si fuera una niña pequeña-, Natacha, salgamos de aquí.

– Antes prométeme que me vas a ayudar -le suplicó ella.

Schreiber levantó la vista hacia el techo.

– Si no estuvieras así… tan… nadie… en el mundo… -y meneó la cabeza en señal de reproche-. Si no te conociera y no supiera que lo vas a hacer de todas formas, te diría que fueras a hablar con Hefets, pero no vas a ir, ¿verdad?

– No tengo nada que hablar con él -respondió irritada-, pero si vienes conmigo… Mira, te pagaré.

– ¿Cómo que me pagarás, con dinero? -dijo Schreiber y se rió más alto, movió la cabeza de un lado a otro, se limpió la boca con la manga de la camisa de franela a cuadros, se tiró de los bordes del chaleco y a continuación cerró la cremallera de uno de los bolsillos-. ¿Cómo me vas a pagar? ¿Me darás tus ahorros? ¿Te vas a poner a limpiar casas? ¿O acaso vas a hacer la calle? Vale, de acuerdo, pronto tendrás una respuesta, ¿te parece bien?

Pero ella no dejaba de insistir, sujetándolo por el brazo:

– ¿Cuándo? ¿Cuándo me vas a dar una respuesta? ¿Cuando sea demasiado tarde?

Schreiber le retiró la mano de su brazo.

– ¿Qué hora es? Las once y cuarto. A las dos te daré una respuesta, ¿vale? -y sujetó con fuerza la mano de Natacha al tiempo que se la acariciaba- Pero no hagas nada antes, no te marches, no hables con nadie, nada. ¿Me has oído?

Natacha asintió y lo siguió mientras él, después de guardarse el cigarro en el bolsillo del chaleco, abría la puerta y echaba un vistazo al pasillo.

– Sal -le dijo-, primero tú y luego yo, para que no nos vean salir juntos de aquí y piensen que… No me encuentro con ánimos para pelearme con Hefets por su chica.

– Yo no soy su chica -le susurró irritada, y salió al pasillo, donde se dio de bruces con Hefets. Estaba muy serio, y Natacha no consiguió verle los ojos tras las gafas de sol.

– Te llevo buscando toda la mañana, ¿dónde andabas? -y sin esperar respuesta añadió-: ¿Sabes lo de Mati Cohen?

Natacha negó con la cabeza.

– Mati Cohen ha muerto -se quitó las gafas y se frotó con la mano el ojo derecho, que estaba completamente enrojecido. A ella ahora le importaba un comino que volviera a tener conjuntivitis, ojalá se le pasara también al otro ojo-. Ha sido hace media hora, así, sin más. ¿Qué me dices a eso?

¿Qué podía ella decirle? Casi se encoge de hombros, porque, en realidad, apenas había conocido a Mati Cohen. Ella no era nadie, y él uno de los capitostes de la empresa. A pesar de eso, forzó una expresión de máxima seriedad mientras Hefets seguía diciendo:

– Uno se despierta sano por la mañana… Bueno, puede que no completamente sano, pero digamos que sólo con un poco de sobrepeso, pero nada más, y en unas horas, se acabó todo.

Natacha asintió con la cabeza.

– ¿De qué ha muerto?

– De un ataque al corazón en la comisaría de Migrash Ha-Rusim, durante un interrogatorio sobre Tirtsa. Anoche no durmió y esta mañana lo del interrogatorio… Demasiados esfuerzos y tensiones, según los doctores… -y mirando hacia las escaleras observó a dos personas que subían por ellas y añadió torciendo el gesto-: Ahí vuelven.

– ¿Quiénes? -preguntó Natacha con voz sofocada.

– ¿No los has visto? Los policías. Los dos que estaban aquí antes, han vuelto.

Todo lo que se le ocurrió pensar a Natacha en aquel momento era que ya no tenía ninguna oportunidad. ¿Quién iba a escucharla ahora? Ni siquiera estaba segura de que la fueran a dejar presentar en las noticias el asunto de los estudiantes de las escuelas rabínicas. Miró a los dos hombres y se dio cuenta de que eran los mismos que habían estado en la sala de redacción por la mañana. El más alto, de ojos y cejas oscuros, le hizo a Hefets una señal con la cabeza y a Natacha le pareció que la miraba de un modo especial, de una forma que a ella le inspiró el deseo de ser buena, muy buena. De parecer buena. El otro hombre habló con Aviva y todos salieron del despacho de Tsadiq. Rubin estaba explicándole algo a Hagar y, cuando Natacha volvió a tocarle el brazo, repitió: «Ahora no, Natacha, un poco más tarde».

– ¿Una reunión fija? ¿Todas las semanas y el mismo día, en tu despacho? -preguntó Michael.

– Siempre que me encuentre aquí, en Israel, sí -le confirmó Tsadiq.

– ¿Y siempre tomáis café? -le preguntó Michael.

– Cada uno lo que quiera -respondió Tsadiq-, aquí está el hervidor del agua, hay infusiones de hierbas, té, descafeinado, café soluble y café turco, azúcar, edulcorante y leche, vasos desechables, para quienes los soporten, yo los detesto, también tenemos tazas… ya ves. Antes teníamos hasta café de filtro y chocolate pero había que restringir un poco.

– ¿Y Mati Cohen tomaba café? ¿Siempre?

– Café turco con dos sacarinas y media cucharadita de azúcar, sin leche. Se solía tomar dos. Pero ¿qué es lo que te pasa con el café de Mati? No lo entiendo, ¿no estarás pensando que…?

– ¿Y todos estaban al tanto de lo que tomaban los demás? -le preguntó Michael a su vez, haciendo caso omiso del tono de reproche que había notado en la pregunta de Tsadiq.

– Más o menos -dijo Tsadiq-, hay gente que se acuerda y otra que no. Yo siempre he sabido muy bien lo que toma cada uno y cómo le gusta, Hefets también, y creo que Amsalem, el de la cafetería, porque antes tenía un café propio, así que es natural que… En cuanto a los demás… no sé qué decirte, nunca me he parado a pensarlo.