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– ¿Quién es Hefets?

Schreiber se había reído y le había dicho:

– Por fin, menos mal que te has dado cuenta de que eres una persona y de que te mereces algo mejor.

Natacha le había dicho al policía que estaría ocupada toda la mañana y que sólo podría acudir más tarde, y él, mordisqueando un palillo que tenía entre los dientes tras haberse deshecho del cigarrillo, le había contestado que no había problema, y que cuando llegara a Migrash Ha-Rusim pidiera una cita con Michael Ohayon. Por algún motivo Natacha había fijado la vista en el cuello de él, un cuello largo y esbelto, con una marcada vena que ascendía desde la clavícula. Le pareció advertir en ella unos latidos, y se fijó también en sus manos, unas manos de dedos largos, morenos, delicados, tal como le gustaban, y sintió un escalofrío. Se incorporó y desvió la mirada. ¡Si él supiera lo que estaba pensando! Menos mal que, en aquel momento, se encontraba concentrado en el palillo que acababa de sacarse de los labios.

– Los sustitutivos no me convencen nada -oyó que le decía al otro policía, al de los ojos verdes, que tocó el brazo de Michael y le dijo con una sonrisa:

– ¿Has hecho un trato, verdad? Pues cúmplelo. ¿No querías que Yuval dejara de fumar? Entonces haz un sacrificio tú también. Siempre insistes en que la paternidad implica sacrificios, ¿no?

Natacha dedujo entonces que estaba casado y que tenía, al menos, un hijo, con la edad suficiente, además, como para fumar. Todos los hombres que merecían la pena estaban casados. Y también los que no la merecían. Cómo podía ser que los hombres, aun siendo feos o tontos… nunca estuvieran solos… Y, además, no era nada raro verlos con mujeres guapas, inteligentes y mucho mejores que ellos. ¿Y por qué ella…? Schreiber sí estaba dispuesto. Él no estaba casado y se interesaba por ella. Hacía unos días Aviva le había susurrado, mientras se lavaban las manos en los baños de la segunda planta:

– Oye, Natacha, ¿no te has dado cuenta de que Schreiber está coladito por ti? -y la había mirado de un modo burlón.

Pero el caso era que Schreiber no le decía nada, porque, de hecho, era muy tímido. Se hacía el duro, puede ser que por culpa de Hefets. Quizá aquello lo disuadía de acercarse a ella. Aunque él la había conocido antes que Hefets. Y, además, si Hefets necesitara algo de ella en aquel momento…, lo que fuera…, ella se aprovecharía de la situación… No sabía muy bien cómo, pero no iba a renunciar a…

Schreiber aparcó en una esquina desde donde se podía ver el edificio de cuatro plantas con las ventanas enrejadas, sin cortinas, que daban a la calle. Se trataba de unos edificios de una piedra grisácea de Jerusalén que se encontraban muy juntos, pared con pared. Tenían cuatro plantas con unas ventanas en forma de arco que daban a la calle, y no se veía ni un solo arbusto, ni siquiera una flor que manchara de verde aquel paisaje de piedras, con las que sólo contrastaban las sombras negras de las rejas y el asfalto.

– Aquí no hay ni árboles -le dijo Natacha a Schreiber.

– Bien sabido es que no les gustan las plantas y que nunca plantan nada -murmuró Schreiber como si le estuviera leyendo el pensamiento, mientras corría ligeramente la cortinilla que ocultaba el interior del vehículo. Sin embargo, en cuanto levantó sus ojos hacia la ventana de la tercera planta, la persiana se cerró de golpe, como si alguien se hubiera percatado allí de su mirada.

– ¿Te has dado cuenta? -dijo, al tiempo que se apartaba de la ventanilla y se limpiaba el sudor de la cabeza desnuda, afeitada, que ya le brillaba-. Basta con que me acerque un poco a ellos para que arranque a sudar -se lamentó, y se puso a buscar algo en el bolsillo de la camisa-. Es Jánuka, estamos en diciembre, a cuatro grados, y yo sudando.

– Filma la entrada -le pidió Natacha-, hazme el favor, fílmala ahora, ya mismo.

– Vale, de acuerdo, ya voy -le replicó él mientras seguía rebuscando algo en los bolsillos de su chaleco de safari.

– ¿Y ahora, qué es lo que estás buscando? -le dijo Natacha con impaciencia-. ¿Qué llevas en los bolsillos?

– Ya lo tengo -dijo Schreiber, y de uno de los bolsillos de su chaleco sacó una cajita metálica de color celeste-. Esto es lo que busco. ¿Me captas?

– Ahora no es el momento -le suplicó ella-, espera a que acabemos, por lo que más quieras, Schreiber.

Él suspiró y se volvió a meter la cajita en el bolsillo.

– Entonces ¿cómo quieres que haga tiempo? Y encima en este barrio, ¿sabes lo que significa para mí estar aquí? -le reprochó.

El padre de Schreiber había muerto hacía unos años, y Natacha, en aquel momento, había pensado que todo le resultaría más fácil, pues ya no tendría que fingir que era religioso. («No me he vuelto ateo», había replicado Schreiber a quienes le preguntaban por qué se había quitado la kipá y había perdido la fe, «simplemente intento vivir el presente, sin dejarme torturar por dudas y preguntas». Pero, cuando iba a visitar a su anciana madre en Bney Brak, se ponía la kipá, y su hermano mayor, que vivía en la casa de sus padres con su familia, tampoco tenía ni idea de su cambio.)

– Schreiber -le dijo ahora Natacha, y miró fijamente a sus ojos marrones y verdosos-, yo… te lo debo casi todo, y no lo digo sólo por lo que estás haciendo ahora…

– No digas tonterías -le contestó él avergonzado (era incapaz de soportar sus expresiones de gratitud, ni siquiera cuando la había llevado de la calle Palmaj a su piso, en Gan Rehavia. A ella se le vino a la cabeza el olor a moho y humedad que había en el sótano donde Schreiber vivía entonces: una ventana enrejada a la altura de la calle, una luz de neón que estaba siempre encendida, calzoncillos y calcetines tendidos en las cañerías del agua caliente del edificio, que pasaban por el sótano)-, pero si quisieras decirme quién te avisó…

– Te lo vuelvo a repetir, yo no revelo mis fuentes -le advirtió Natacha.

Schreiber ladeó la cabeza y la miró divertido.

– El hecho de ser tu socio en esto me da ciertos derechos, ¿no? -y mientras lo decía se pasó al asiento trasero y colocó la lente de la cámara en el estrecho espacio que se abría entre las dos cortinillas. Después volvió a coger la cajita de metal y sacó de ella una pastilla rojiza y un papel de liar.

– ¿Ahora? -protestó Natacha-, ¿tiene que ser precisamente ahora?

– No te preocupes -le dijo él tranquilizándola-, ¿quién va a venir aquí? Te han tomado el pelo. Tenemos mucho tiempo, por aquí no pasan ni los perros, las persianas están cerradas, no hay ni un alma, ¿qué quieres que haga? Ni siquiera podemos encender la radio -refunfuñó, y humedeció el papel con saliva.

– Es que éstas son horas muertas -replicó Natacha-, todos están en la escuela o en el trabajo, pero precisamente ahora…

– Todos están en las escuelas rabínicas -la corrigió impaciente-, y las mujeres trabajando. No tienes ni idea de lo que dices, ni de cómo viven, no sabes nada -se quejó, y se tumbó en los asientos traseros.

– Mis fuentes -dijo Natacha con solemnidad (en aquel momento apareció en su imaginación la mujer con la que había hablado por teléfono; tenía la voz ronca, sin un acento definido, y al fondo se oía el llanto de un niño. Por algún motivo lamentó que su informador no fuera un hombre. Entonces se imaginó que se trataba de un hombre con acento francés. La verdad es que hubiera sido mucho mejor que fuera un hombre. A los ojos de todos, los hombres son más de fiar porque suelen actuar en nombre de algún principio, y no por ajustar cuentas personales. Natacha se lo imaginaba con barba, traje oscuro, y sombrero negro, desviando la mirada mientras ella le hablaba, porque de pronto ya no conversaban por teléfono como con la mujer de la voz ronca que le había dicho «querida», sino en un pasillo de la televisión, digamos que en las escaleras que llevan a la cafetería)-, mis fuentes -le repitió a Schreiber pensando en aquel hombre-, me advirtieron claramente de que viniera «antes del mediodía», porque por la tarde todos…