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– Mis fuentes -enfatizó Schreiber irónicamente y bostezó-, ¿qué me queda a mí por decir entonces? Mi palabra no vale nada contra la de las fuentes -y encendió el porro, le dio una calada, tosió y se lo pasó a ella.

– Déjame -dijo Natacha irritada-, no quiero.

– Natacha -le dijo él, ahora en tono suplicante-, pero si de cualquier modo estoy reventado de todo el lío de la noche pasada y… sabes que yo… no me siento bien cuando estoy cerca de ellos, es algo físico, necesito…, lo somatizo -intentó explicarle agitando el porro-. Y además está muy poco cargado, y necesito algún estimulante…

– Cállate -le susurró asustada y con un tono de urgencia-, mira allí, empieza a filmar ya, desde el final de la calle hasta…

Schreiber se incorporó y miró por la ventana, entre las cortinillas.

– Ahí están -dijo Natacha-, mira, para que luego digas que me invento las cosas.

Las ventanas de la limusina negra estaban también cubiertas con cortinas; sólo se veía la silueta de un hombre con un sombrero negro y redondo y con una gran barba sentado en el asiento del conductor. No había nadie a su lado. Sin embargo, cuando el coche se detuvo, dos hombres salieron por las puertas de atrás y, tras mirar a su alrededor, se apresuraron a entrar en el edificio.

– Schreiber -gritó Natacha con voz sofocada-, graba cómo entran. ¿Lo has grabado o no?

– Sí -la tranquilizó Schreiber-. ¿Por qué te pones tan nerviosa? He estado bien atento y lo he grabado todo. Pero no tiene nada de especiaclass="underline" dos personas entran en el piso del rabino Aljarizi. ¿Y qué?

– ¿Cómo que dos personas? -susurró Natacha-. No se trata de dos personas cualesquiera, ¿acaso no los has reconocido?

– Sí, sé quiénes son -suspiró Schreiber-, el rabino Yitshaq Bashi y el rabino Elyashiv Benamí, los más estrechos colaboradores de Aljarizi. ¿Y qué? Sus ayudantes le vienen a hacer una visita a su casa, algo completamente natural, ¿o no?

– No son unos simples ayudantes -insistió Natacha-, porque uno, Yitshaq Bashi, que siempre sale en las noticias, es el tesorero del movimiento de los judíos religiosos orientales, y el otro, Benamí, hace las veces de su ministro de Asuntos Exteriores. ¿Me equivoco?

– De acuerdo -dijo Schreiber, mirando a través de la cámara-, pues entonces se trata de una reunión de los líderes del movimiento religioso Mizrahi, ¿y eso qué significa? Tienen derecho a reunirse, ¿no? ¿Qué has demostrado con eso? Los he filmado, hay… ¿Por qué gritas?… Por qué… -y en ese preciso instante, como para darle la razón a Natacha, aparecieron tres hombres con barba y ropa oscura que sacaron un pesado baúl del maletero y lo colocaron junto a dos maletas negras de cuero que habían sacado antes. El cielo se aclaró de repente y un rayo de sol que se reflejaba en los charcos alrededor de la limusina iluminó un candado dorado y brillante en la maleta negra.

– Schreiber -susurró Natacha-, mira… un baúl…, maletas…, no dejes de…

– Te estoy oyendo, no estoy sordo -le contestó Schreiber con impaciencia-, pero ¿a quién pueden importarle esos baúles? ¿Qué tienen dentro? Pues te lo voy a decir yo: la Biblia, o unos tratados rabínicos, o ejemplares del nuevo volumen del libro de Aljarizi. ¿O qué te crees que llevan ahí? ¿Oro, armas? ¿Un cadáver? Tú es que has visto demasiadas películas…

– Daría cualquier cosa por… -dijo Natacha siguiendo con la mirada a los tres hombres que entraban en el edificio, y de repente volvió a saltar-. Schreiber, tienes que ver lo que hacen… Entra…, llama a la puerta como si fueras…

– Natacha -la interrumpió él con un tono de advertencia-, ahora estás yendo ya demasiado lejos. No voy a entrar en ningún sitio.

Pero Natacha había percibido cierta debilidad en sus palabras, lo que la animó a poner una mano sobre el brazo de él y seguir suplicándole.

– Schreiber, por lo que más quieras, Schreiber, ya que hemos venido hasta aquí, sería una pena…

El argumento surtió efecto.

– Sé mejor que tú cómo ponérmela, ¿vale? -subrayó él cuando Natacha le enderezó la kipá y le colocó las puntas del tsitsit que llevaba consigo-. Tú céntrate en la cámara y el micrófono -añadió, al tiempo que se palpaba el interior del abrigo negro-. Los conozco desde antes de que tú nacieras -murmuró, y se apresuró a salir del vehículo, mirando fugazmente a ambos lados.

Mientras Schreiber subía por las escaleras hasta la tercera planta, donde estaba el piso del rabino Aljarizi, Dani Benizri se encontraba frente a la ventanilla de información del hospital Hadassah de Ein Kerem.

– Seguro que está en cuidados intensivos -le dijo a la recepcionista, en un último intento por convencerla para que le revelara la unidad en la que habían hospitalizado a la ministra, al tiempo que se reprochaba la estupidez que había cometido al decir «la ministra de Trabajo y Asuntos Sociales» en lugar de simplemente Timna Ben-Zvi, como si fuera un amigo suyo o un pariente, porque quizá de ese modo lo hubieran dejado pasar. Aunque, pensándolo mejor, habría dado lo mismo-.

¿Por qué no puede decírmelo? ¿Por motivos de seguridad? -le preguntó con sarcasmo a la recepcionista, como para despistarla.

– Si quiere -le dijo ella sin mirarlo-, puede hablar con el portavoz del hospital, porque yo no puedo revelarle esa información.

Benizri estaba a punto de marcharse cuando pasó por allí un médico que lo miró y le sonrió.

– De la televisión, ¿verdad? -le preguntó-, de las noticias, ¿no? ¿Educación? No, el túnel, los obreros, buen trabajo… Te hemos visto…

Benizri se acercó al médico, le sonrió amablemente y le dijo, como quien no quiere la cosa:

– Por cierto, estoy buscando la habitación de la ministra de Trabajo y Asuntos Sociales, me han dicho…

– Ven conmigo, yo te llevaré -le dijo el médico, exultante-, se encuentra en mi unidad, qué coincidencia, ¿no?

Benizri lo siguió obedientemente. El médico le pidió que lo esperara unos minutos en el pasillo exterior de la unidad y se adentró por un corredor interno. Dani Benizri vio abrirse y cerrarse la puerta, y decidió entrar él también en el corredor interno. No había nadie. Estaban en un país en el que el primer ministro había sido asesinado, se dijo a sí mismo, y aún así no le ponían escolta a la ministra. No vigilaban a los ministros y por eso cualquiera podía secuestrarlos en un túnel o hacerles una visita con cámaras y grabadoras mientras yacían en la cama de un hospital. Aunque ahora él no llevaba cámara. Las ventanas de las habitaciones privadas que daban al pasillo estaban cubiertas con unas cortinas de color celeste. Había tres habitaciones, y en la última, al fondo, debía de encontrarse la ministra porque era allí donde se había metido el médico, y de donde tendría que salir. Benizri se acercó a la habitación. Las cortinas celestes no cubrían las ventanas por completo. Acercando su rostro a la rendija, la vio sentada en la cama. El médico estaba inclinado sobre su espalda, blanca y desnuda, y ella tenía los ojos clavados en un punto lejano mientras el doctor la auscultaba. Tras retirar el estetoscopio, la ministra se incorporó, preguntó algo con una expresión de temor, escuchó la respuesta del médico y sonrió. Su sonrisa era encantadora, con un aire ligeramente infantil e indefenso. Tenía los brazos cruzados sobre los senos, unos senos pequeños y erguidos que Benizri ya había visto antes, y el espectáculo lo dejó sin respiración por un momento. Recordó el color de sus ocultos pezones. Se estremeció. Se le vino a la mente la imagen del «mirón», aunque la desechó inmediatamente diciéndose que él era un periodista en busca de información. Sin embargo, había algo conmovedor en aquel torso estrecho y encorvado, tan frágil, que a la vez pertenecía a una mujer tan ávida de poder, tan influyente y con tanto carácter, el torso de una ministra de la que él mismo se había burlado a menudo en sus reportajes. Ahora le pareció aún más vulnerable que en el túnel. El médico la ayudó a meterse las mangas de la bata, y Benizri retrocedió con la intención de volver al pasillo, pero de pronto se arrepintió y se dirigió hacia la puerta. El médico estaba ya en la entrada.