– Estoy preparando el informe -dijo sin levantar los ojos del formulario que estaba rellenando-, deme unos minutos y la dejaré marcharse.
– ¿Hoy mismo? -dijo ella, y Dani Benizri percibió cierta sorpresa y disgusto en su voz.
– He creído que se alegraría -respondió el médico con asombro, mientras guardaba el estetoscopio en un bolsillo de la bata verde, color que realzaba su cabello pelirrojo y unas mejillas pálidas y pecosas-. El catedrático ha dicho… durante la revisión médica… así que he pensado que… como no hemos encontrado nada sospechoso en las vías respiratorias… no hay motivo para… ¿Por qué quiere quedarse aquí? Lo recomendable es que guarde algunos días de reposo en casa -concluyó cerrando de golpe el historial-. ¿Quería usted quedarse un poco más con nosotros? -añadió en un tono galante.
– No, no… -respondió la ministra-, es sólo que pensaba… Es que le he dado a mi chófer el día libre, hasta mañana, y mi ayudante parlamentario no… Mi marido tampoco está… Pero no importa, ya me las arreglaré.
En ese momento Benizri entró en la habitación, con un paso decidido y seguro, y, fingiendo alegría, dijo:
– Quizá pueda ayudar con…
– Se me ha pasado por completo -le dijo el médico a la ministra-, le he traído una visita -y se marchó de inmediato.
– ¿Usted? -dijo asombrada Timna Ben-Zvi al tiempo que se le oscurecía el rostro-. ¿Cómo es posible que esté aquí la televisión? -preguntó, pero el médico ya había salido y no pudo oír su protesta.
– El médico está al corriente -le dijo Dani Benizri-, y ha creído que usted se alegraría…
El rostro de la ministra se suavizó de repente, como si lo reconociera y recordara lo que había hecho por ella.
– De hecho todavía no he tenido la ocasión… de darle las gracias -dijo, desviando la mirada con timidez.
Tenía un rostro menudo, y Benizri se fijó en las gafas de cristales gruesos que había encima de una agenda de cuero negro, abierta sobre la cama, al lado de una caja de bombones grande y rectangular y de dos carpetas de cartón rodeadas de recortes de periódicos.
– ¿Quiere uno? -le preguntó ella, ofreciéndole la caja de bombones.
– No, gracias -murmuró Dani Benizri, y miró la silla que estaba en un rincón de la habitación, cerca de la ventana-. ¿Me permite que me siente? -preguntó él. No había llegado hasta donde estaba comportándose con indecisión o con una delicadeza excesiva, de manera que, sin esperar respuesta, acercó la silla y la colocó junto a la cama, ignorando el gesto temeroso de la ministra, que contrajo las piernas como para alejarse de él. Hubo algo en su mirada asustadiza, en el puchero que hizo con los labios, que despertó en Benizri el deseo de tocarla. Hubiera podido cogerle la mano en un gesto de cariño, o poner la suya sobre su rodilla, su hombro o su brazo, respetando el límite de lo conveniente, pero prefirió apoyarla en el borde de la cama.
– Estoy a su entera disposición -le dijo complaciente- porque, por lo que he entendido, no tiene usted medio de transporte para salir de aquí, así que me pongo a su servicio.
– No, no hace falta -respondió ella asustada-, cogeré un taxi.
– Una ministra del gobierno de Israel no viaja en taxi -le dijo Benizri muy decidido y sin apartar los ojos de su rostro-. ¿No es suficiente ya todo lo que le ha pasado?
– No puedo irme con usted -le respondió ella, mientras Benizri miraba cómo frotaba nerviosamente con la mano la sábana. En aquel momento, no había ni rastro de la fortaleza que solían atribuirle. Él mismo siempre la había imaginado llena de poderío: precisamente porque era una mujer, solía argumentar, se sentía obligada a convencer. Resultaba extraño pensar que aquella mujer, con esa bata color celeste que tenía bordada una flor blanca en el cuello, cuya mano acariciaba sin cesar sus rizos desordenados, fuera la misma que concitaba las iras de los obreros de la fábrica Jolit. Aquella misma mañana, en la comisaría de Migrash Ha-Rusim, uno de los compañeros de Shimshi había escupido al suelo al oír su nombre. De hecho, él mismo había sentido en ocasiones un gran rencor hacia ella, por su indiferencia y frialdad. Estuvo a punto de decirle: «Es usted muy distinta en persona», pero se limitó a preguntarle qué le impedía aceptar su oferta.
– Ya ha hecho usted demasiado…
– Creo que no tiene quien la pueda llevar a su casa -insistió Benizri cruzando las piernas.
– No, de momento no… Mi marido vuelve mañana, está en el extranjero.
– ¿Cómo es que no está aquí con usted, en el hospital? ¿No lo han avisado? -dijo Benizri, exagerando deliberada e hipócritamente su sorpresa.
Ella apretó los labios, visiblemente confusa.
– Es ejecutivo, tiene negocios en el extranjero, había un asunto pendiente… Se fue anteayer, antes de…
Benizri quería preguntarle dónde estaban sus hijos, o cómo era posible que no tuviera amigos a los que llamar, pero algo lo detuvo.
– ¿Qué más le da si la llevo yo? -le dijo ladeando la cabeza-. Así todo estará bajo control. Si la secuestran, estará ya conmigo desde el principio.
Ella sonrió tímidamente, y Benizri interpretó ese gesto como una aceptación.
– ¿Espero fuera hasta que se vista? -le preguntó-. ¿Le parece bien?
La ministra asintió con la cabeza y Benizri salió al pasillo. En esta ocasión no tuvo el valor de quedarse junto a las cortinas de la habitación. Al cabo de un cuarto de hora, llegó una enfermera con paso presuroso y una bolsa y abrió la puerta de la habitación de la ministra. Él estaba lo suficientemente cerca como para oír sus explicaciones sobre el inhalador y lo que debía hacer en caso de emergencia, cuando sintiera dificultades para respirar, y esperó a que saliera.
– ¿Puedo entrar ya? -preguntó, y estuvo a punto de chocarse con la enfermera, que alzó los ojos hacia él y una chispa iluminó sus pupilas.
– ¿Tú no eres…?
– Sí, sí -se apresuró a contestar-. ¿Puedo pasar?
– Está lista para salir -dijo la enfermera, y frunciendo el entrecejo con sorpresa añadió-: ¿Te está esperando?
Benizri asintió con la cabeza, llamó a la puerta y, al oír un débil «Sí», entró.
Todo se desarrolló sin incidentes hasta que se encontraron en medio de un atasco en la carretera que sube de Ein Kerem. Había caravana y la carretera estaba bloqueada por un coche policial, una ambulancia y varios curiosos que se habían detenido junto a la curva de la estrecha carretera y observaban un camión volcado, que parecía un enorme cadáver, y el coche que había a su lado convertido en un amasijo de hierros. Benizri apagó el motor y la ministra dio un suspiro. Escuchó distraído sus comentarios acerca del número de víctimas en accidentes de tráfico en el Estado de Israel y de la violencia de los conductores, su descortesía, su impaciencia, y de la falta de educación que mostraban. Hasta ese momento, habían mantenido una conversación de lo más sosegada. Él todavía no se había atrevido a sacar el asunto que lo había llevado allí. Ahora, señaló con el dedo la carretera de enfrente y comentó que no era nada adecuada para la circulación, y mucho menos para soportar tal cantidad de tráfico.
– El problema no son los conductores -resumió al final, poniendo el coche en marcha-, sino que el gobierno de Israel no se ocupa de las infraestructuras, del estado de las carreteras, y eso lo sabe usted mejor que nadie. Ningún gobierno está dispuesto a invertir en proyectos que no concluirán en su mandato. Ningún gobierno quiere mejorar las carreteras para que sea otro el que reciba los elogios, ésa es la norma en la política israelí: los políticos sólo se preocupan de sí mismos y de ser reelegidos, nunca harán algo que pueda provocar incomodidades durante su mandato y cuyos beneficios sólo se verán más adelante.