Mientras hablaba, la ministra apretaba los labios en señal de descontento y, en un momento en que interrumpió su discurso, Benizri percibió que estaba a punto de decir algo, pero se arrepintió.
– ¿Qué? -le preguntó entonces Benizri desafiante-. ¿No es cierto lo que digo?
– Pues naturalmente que no -contestó ella irritada-. ¿Qué se cree? ¿Qué no me importa lo que está sucediendo en el país? -y añadió, ahora en un tono apasionado-: ¿Doy, acaso, la impresión de ser una mujer cegada por los intereses hipócritas de los políticos? ¿Le parezco una cínica?
Benizri se humedeció los labios y se volvió para ver el perfil de su acompañante. Pensó para sus adentros en lo bonita que tenía la boca y se dio cuenta de que las mejillas, tan pálidas antes, estaban ahora teñidas de un suave tono rosado.
– No -admitió con astucia-, no me parece una cínica, sino alguien con principios y sensibilidad -añadió, y permaneció en silencio, esperando a que sus palabras surtieran efecto. Cuando vio que las manos de ella reposaban relajadas sobre los muslos, se atrevió a decir-: Por eso quiero hablarle de Shimshi y de sus compañeros.
Pero entonces ella empezó a retorcerse los dedos.
– ¿Qué hay que hablar sobre ellos? -le espetó muy seca-. No son más que unos delincuentes que se van a pudrir en la cárcel.
– No son ningunos delincuentes -dijo Benizri mientras giraba el volante y apartaba el coche a un lado para dejar paso a la ambulancia que se dirigía a Urgencias. El coche patrulla se metió en la cuneta y la caravana empezó a avanzar-. Lo que les pasa es que están desesperados, como muy bien sabe usted.
– ¿Qué es lo que ha dicho? -le dijo ella muy tensa-. ¿Desesperados? ¡Estupendo! Pues que todos los desesperados vayan por ahí secuestrando a ministros y poniendo sus vidas en peligro… Y encima habrá que compadecerlos.
– Oiga, Timna -se atrevió a decirle-. ¿Puedo llamarla Timna? -y sin esperar respuesta se apresuró a continuar-. Después de todo ya tenemos… A fin de cuentas somos… Pensaba que después de lo que hemos pasado juntos le podía decir…, pedir… que retirara la denuncia, porque sé que no es usted de esa clase de gente que… Como al final todo ha acabado bien y no es una persona rencorosa… Ellos piden…
La ministra emitió una especie de gruñido que expresaba a la vez cólera y sorpresa, y después permaneció en silencio. Lloviznaba, y los limpiaparabrisas chirriaban. El coche, que avanzaba despacio por aquella carretera estrecha y llena de baches, dio una sacudida, y con un ademán brusco y temeroso, la ministra se protegió el cuello con la mano en la que brillaba una alianza de oro. Rompiendo su silencio, dijo finalmente, en un tono muy seco:
– Se ha vuelto usted loco de remate -aunque luego añadió, con una voz mucho más tranquila y sosegada, que ya no había forma de retirar la denuncia-. Ahora es asunto de la Fiscalía, ya no está en mis manos -resumió la situación-. Porque se trata de un acto delictivo. Un secuestro y una amenaza de asesinato, ni pensarlo… -y añadió que aun en el caso de que estuviera en sus manos (que no lo estaba) no retiraría la denuncia contra los trabajadores de Jolit, porque eso daría alas a la anarquía dominante, que se basaba en la ley del más fuerte, y que era inadmisible que las personas intentaran conseguir las cosas por la fuerza.
– Se olvida -le dijo Benizri, mientras pasaban al lado de la sorprendente escultura situada a la salida del barrio de Kiryat Ha-Yovel- de que ellos habían intentado hablar con usted muchas veces y siempre se negó a atenderlos poniéndoles mil y una excusas, así que estaban desesperados y…
Ella se incorporó en su asiento, se cruzó de brazos y lo miró fijamente antes de preguntarle con frialdad qué clase de interés tenía él en ese asunto, más allá de sus obligaciones como periodista, que, en su opinión, había rebasado hacía mucho tiempo. Hasta llegó a insinuar que quizá tuviera algún familiar cercano entre los obreros.
El coche avanzaba despacio, mientras él intentaba adelantar como podía.
– ¿Qué clase de relación tiene con esos trabajadores? -insistió la ministra.
Dani Benizri volvió la cara hacia el otro lado para que ella no percibiera su sonrojo. No tenía ninguna intención de hablarle de su relación con Shimshi.
– Se trata de algo muy complejo -soltó al final, con un tono de indiferencia-, no lo entendería. Usted no puede comprender ciertas cosas, porque están demasiado alejadas de su mundo.
– Why don't you try me? -lo desafió.
En el semáforo de la calle Golomb, antes del puente, él le habló de su padre y del infarto cerebral que había sufrido al enterarse de que iban a cerrar la panadería en la que llevaba más de treinta y un años trabajando. Desde entonces no podía hablar ni caminar. No mencionó el parecido de Shimshi con su padre. Sin embargo, la miró un momento y se dio cuenta de que ella lo había entendido.
– Pero su padre no secuestró a nadie ni amenazó con hacer estallar ninguna bomba -le recordó.
– Ya le he dicho que no lo entendería -le contestó Benizri amargamente. Se habían metido en otro atasco, en la calle Hertzog, antes de llegar a la de Tchernihovski-. Yo no habría debido… Ya sabe -dijo emocionado-, los marginados nunca consiguen nada sin violencia… ¿Qué revolución habría triunfado sin…?
– Dani Benizri -dijo la ministra, ahora ya con cansancio, al tiempo que se limpiaba la frente-, por favor, no me dé lecciones de historia. Gire aquí, por favor -y señaló con el brazo un aparcamiento junto a unas viviendas de dos plantas al final de la calle Palmaj-. Es aquí, la segunda casa…
Dani Benizri aparcó el coche.
– Espere -dijo tras haber apagado el motor y echar un vistazo fuera-, tenga cuidado con los charcos y deme el bolso -y haciendo caso omiso de las protestas de la ministra, la acompañó hasta la puerta y esperó a que sacara las llaves del bolso y abriera. Después entró en el salón tras ella, que se apresuró a correr las cortinas. En ese momento sonaron al unísono el móvil de Benizri y el teléfono fijo de la casa. Él consultó la pantalla de su móvil y vio, por el rabillo del ojo, que ella levantaba el auricular y decía:
– Sí, estoy completamente sola -Benizri apagó el móvil y ella añadió en voz muy baja, aunque Benizri pudo leerle los labios-: Es mi ayudante parlamentario.
Estaba detrás de ella, muy cerca, y la oía afirmar que necesitaba descansar, que nadie debía saber que había vuelto a casa y que no quería recibir llamadas. A continuación la vio colgar el teléfono. Entonces ella se dio la vuelta y, pensando que él estaría lejos, al lado de la puerta, se asustó al verlo tan cerca. Él la rodeó con sus brazos y descubrió una arruga profunda junto a su ceja izquierda. Por un momento se le pasó por la cabeza que debía de tener unos diez años más que él y que era la primera vez en su vida que tocaba así a una mujer mayor, pero el recuerdo de su torso esbelto desvaneció ese pensamiento, al igual que el sabor de sus labios secos y carnosos.
Ella sintió una mezcla de terror y cólera ante el atrevimiento de Benizri, aquel periodista, y también percibió cierta amenaza, pero el calor de sus cuerpos acabó por imponerse con fuerza: una ola de pasión que revelaba una inmensa soledad y un largo tormento que a menudo, y sobre todo en aquel momento, le resultaban intolerables. Aquel periodista, que expresaba abiertamente lo que quería y necesitaba, también le había dicho algo que ella no había oído desde hacía mucho tiempo y que le había hecho comprender, por ilógico e inesperado que pudiera parecer, que era un amigo.