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En la reunión con su equipo de investigación le hicieron notar su agitación. Tsila comentó con delicadeza que era una temporada dura para alguien que llevaba fumando tantos años y de repente había decidido dejarlo de golpe, pero para Balilti esas excusas sirvieron de aliciente para fustigarlo. Ladeó, pues, la cabeza y mirando fijamente a Tsila dijo:

– Ahora es cuando va a aflorar su verdadera personalidad. Porque si pensabais que era una persona tranquila, amable y delicada, os diré que todas esas cualidades suyas dependían del tabaco, o si no, al tanto.

– ¿Por qué dices eso…? Es muy difícil dejar de fumar…, necesita ayuda -le reprochó Tsila.

– Así es la vida -dijo Balilti muy sosegadamente-, hay gente delicada y amable que presta ayuda a los demás, y otra que no… Yo, por ejemplo, no tuve que irme de vacaciones para dejar de fumar. Simplemente me levanté un día por la mañana y dije «basta». Fui a ver a ese tipo del que os hablé, en Bet Shemesh, le pagué lo que me pidió, estuve allí alrededor de siete minutos, él puso sus manos sobre mí, y ya está, se acabó. Le he recomendado mil veces que vaya -añadió mientras señalaba con la cabeza a Michael-, pero él, él puede solo, pues muy bien… ¿Me ha hecho caso? ¿Sabes lo que me dijo? -le reprochó a Tsila-: «Has ido a ver a uno de esos charlatanes que dicen "por ser usted, le cobraré seiscientos shekels". Yo no creo en hechiceros». ¡Y éste es el resultado!

Michael reprimió una sonrisa. Desde que se conocieron, el oficial de la policía secreta Balilti le había dado todo tipo de buenos consejos para apañárselas en la vida: cómo cortejar a una mujer («Mírala una vez como si te estuviera volviendo loco y a la siguiente hazte el interesante»); cómo invertir en bolsa («Alguna gente consulta con inversores, pero yo controlo el tema, te puedo decir dónde debes invertir ahora»); cómo buscar un nuevo piso («¿Por qué vives en ese agujero miserable? Ahora hay unos proyectos inmobiliarios nuevos aquí cerca. Uno justo en frente de nuestra casa, pero no en el mismo edificio…»); cómo conseguir más vacaciones («¿Cuántas veces has estado enfermo? ¡Nunca! Di que tienes una contractura en la espalda…, un pinzamiento en una vértebra… Ahora mismo te consigo un doctor que te dé la baja»); cómo hablar con su ex mujer («¿Por qué te callas? ¿No se lo llevó todo ella?»), y cómo guiar la vida de su hijo («Oriéntale, dale consejos, pero sin que se dé cuenta, que él crea que han salido de él, que es lo que les gusta a los jóvenes»). Y después, si Michael no seguía su consejo, se ofendía profundamente.

– ¿Por qué quieres que vaya a verlo? Esos tipos sólo son eficaces si uno cree en ellos -se defendió Michael.

– ¿Te parece mejor malgastar dos semanas de tus vacaciones -refunfuñó Balilti-, sin viajar a ningún lado, ni salir, ni caminar, todo el día en casa leyendo, pensando, tratando de dejar de fumar seguro que con la única ayuda de un Valium?

– Déjalo ya -intervino Eli Bahar-. ¿No pediste tú vacaciones para hacer un régimen de adelgazamiento? Para un poco, ¿no ves que lo estás poniendo todavía más nervioso?

Michael se esforzó en sonreír, una sonrisa con la que quiso ocultar su inquietud y su repugnancia hacia todo en general, y sobre todo su impaciencia por los comentarios de Balilti, porque podría llegar a estallar si no se callaba de una vez.

Ahora todos tenían delante el informe de la autopsia de Mati Cohen.

– Digoxina es la sustancia que se receta para controlar la tensión, ¿no? -dijo Tsila.

– Sí, eso es lo que pone aquí, al principio -le respondió Lilian, y señaló la primera página del informe de la autopsia-, y él tenía en la sangre el triple de la dosis recomendable de Digoxina.

Tsila levantó los ojos de la hoja y la miró sorprendida. Michael creyó percibir una expresión de descontento en su boca, pero no podía estar seguro de ello.

– Para ser nueva, tiene mucho desparpajo -le había dicho antes Balilti a Michael, en el pasillo, mirando a Lilian por atrás cuando ésta entraba en la reunión-, cualquier otra habría pensado: voy a tomarme un tiempo para aprender las reglas del juego, para orientarme en mi nuevo puesto de trabajo y familiarizarme con el terreno; ¡pero ella no! ¡Ojalá tuviera tanta seguridad en mí mismo! Hace una hora se acercó a mí y me dijo: «Tengo algunas sugerencias acerca de cómo abordar este caso». En un primer momento me quedé atónito… sin palabras. Llega una persona nueva al trabajo y ya tiene ideas propias. ¿Qué te parece?

Michael murmuró algo, pero Balilti, como de costumbre, no esperó la respuesta sino que continuó diciendo:

– Así que le dije que ni siquiera está claro que tengamos un caso, que son sólo pesquisas, y ella me contestó: «Lo que tú digas», pero se notaba que se había ofendido… Bueno, quizá las rusas sean así; porque es rusa, ¿no? ¿Y cómo ha llegado hasta aquí?

– No se puede decir que alguien que llegó a Israel a los cinco años sea ruso -le dijo Michael en voz baja-, y ahora ha venido del departamento de narcóticos con unas referencias excelentes.

– Déjate de recomendaciones y mira qué culo -le susurró Balilti, después de emitir un suave silbido-; dime, ¿habías visto antes un culo como ése? Es como… No hay… Daría la vida por probarlo, te lo juro…

Michael le había echado un vistazo, sintiéndose muy incómodo, al trasero de la chica, un trasero que era redondo y respingón, efectivamente, desproporcionado en relación a la espalda delgada y las caderas estrechas y, mientras, Balilti lo siguió con la mirada, como para comprobar que no le quitaba los ojos de encima.

– No es una mujer con culo -resumió Balilti-, es un culo con una mujer. Aunque tiene las piernas demasiado delgadas. Pero de cara es mona, ¿no?

Michael sonrió contra su voluntad y dio un suspiro. Tenía claro que a partir de ahora no dejaría de oír comentarios acerca del rostro, el trasero y el atrevimiento de la joven que había admitido en su equipo por petición de Yafa, del departamento de Identificación Forense, que deseaba hacerle un favor a su vecina. Yafa le había contado que era maravillosa y que siempre la ayudaba («Si me quedo sin azúcar o cualquier otra cosa, ella siempre tiene, nunca dice que no a nada. Así que ahora que su hija tiene problemas. ¿Cómo podría negarme?»), y que su hija, que tenía muchísimo talento, se había metido en un lío sentimental con un compañero de trabajo («Vino un tipo y le prometió que estaba "en proceso de separación". Todos están "en proceso de", a punto de divorciarse, y después se acobardan y vuelven a casa, "por los niños", supuestamente. Pero ¿y tú? Tú te quedas sola, pero tienes que pensar en ti también, ¿no? ¿No eres también una persona?»), y quería alejarse de él («Aquel hombre le partió el corazón. ¿Cómo iba a olvidarlo si lo veía cada día en el trabajo?»).

– Entonces ¿qué te parece? He oído que no tiene novio -le dijo Balilti, y lo miró esperando una respuesta.

Michael murmuró algo ambiguo, pero en aquel momento Tsila los llamó desde el interior del despacho.

– ¿Ha llegado el informe final de Tirtsa Rubin? -preguntó Michael.

– Ha llegado, ha llegado -dijo Tsila-, pero creo que no hay caso. ¿Tú qué opinas?

– Lo mismo que tú -confesó Michael distraído y miró el cigarrillo que sostenía Lilian-; aparte de algunas cosas que dijo Beni Meyujas, que no sé si…

– En las reuniones está prohibido fumar -le reprochó Tsila a Lilian.

– No lo sabía -dijo Lilian, asustada, y apagó el cigarrillo en una botella de agua mineral medio vacía.

– ¿Desde cuándo está prohibido? -se sorprendió Michael-, siempre hemos fumado en las reuniones y no…

– Primero -dijo Tsila, sin ni siquiera mirarlo-, el jefe ha dejado de fumar…, y segundo, el despacho está cerrado, hay calefacción, y a mí me da… Vamos, que no está bien.