– ¿Qué? -se escandalizó Tsila- ¿Insinúas que Beni Meyujas es un marido violento?
– Cosas peores se han visto -dijo Lilian, con vehemencia-, y no me digas que crees que una persona, por el mero hecho de ser una celebridad, tiene que ser forzosamente honesta.
– No es sólo alguien famoso -insistió Tsila-, es el director más valorado de la televisión, el más… cómo decirlo… Y ahora todavía más, con esa película sobre Agnón… Además, su aspecto no es el de un maltratador.
– ¿Y qué pinta se supone que debe tener un maltratador? -le preguntó Lilian, más calmada-. ¿Crees que va a tener, obligatoriamente, una mirada salvaje? Yo…, en el departamento de narcóticos, donde trabajaba antes, vi a muchos… y aprendí una cosa…, que si alguien quiere ocultar algo, lo oculta. No parecen criminales. Los delincuentes de guante blanco no dejan señales.
Tsila se disponía a decir algo cuando Michael la interrumpió.
– De todas formas -resumió-, aquí está el informe del forense, y en la primera página pone: «No vinculante».
– Está claro que hay algo extraño en este accidente -murmuró Tsila-, porque ¿cómo puede ser que se te venga encima una columna y no te apartes? ¿Y qué quería decir Meyujas con esas palabras: «Es mi culpa», que le oyó pronunciar Eli? Tuvieron una pelea seria, no es…
– Pero en la declaración pone que Beni Meyujas no abandonó la azotea ni un momento -recordó Lilian.
– Eso no es del todo exacto -dijo Michael-, porque hubo dos descansos, uno para comer y otro para fumar; el primero fue a las diez y el segundo… -y consultando los papeles prosiguió-, a las once y media, cuando mandaron traer un proyector. Pero ¿quién sabe? Es el director, no pudo haber desaparecido sin que nadie le viera…
– La gente va al lavabo -comentó Balilti-, puede ser, pero en mi opinión no tenemos caso, nadie tenía verdaderos motivos para hacer algo así, y a una persona de fuera… la habría visto el vigilante; y no es lógico que…, aunque tuviera la llave de la puerta trasera… No sabemos de nadie que… ¿Quién habrá sido?
– Aún no sabemos nada -subrayó Michael-, y la cuestión ahora es si empezamos a investigar o no, y esa decisión la tenemos que tomar por intuición, sin basarnos en las evidencias.
– ¿Y qué hay de la Digoxina que se halló en la sangre de Mati Cohen? -interrumpió Lilian-. Si añadimos al accidente una cantidad excesiva de Digoxina en sangre, entonces…
– Eso no es tan raro -se apresuró a decir Balilti-, el tipo tomaba el medicamento desde hacía más de cinco años, era un enfermo de corazón y, por error, se excedió en la dosis. Seguimos sin tener caso, aunque…
Mientras hablaba, Tsila entregó más copias de informes médicos a Eli Bahar, que les echó un vistazo y se las pasó a Lilian.
Michael esperó hasta que Lilian le dio los documentos a Balilti y entonces dijo:
– De cualquier manera, dos muertos en menos de un día, dos accidentes, y con cierta conexión… es un poco… cómo decirlo…
– La verdad -protestó Balilti- es que en la vida existen muchas coincidencias, ¿no? -preguntó, al tiempo que sonreía-, y aunque en tu diccionario no aparezca la palabra «coincidencia», en esta ocasión parece algo evidente -y todos percibieron un tono de triunfo en su voz-. Siempre lo discutes todo, pero esta vez resulta que te has equivocado.
– Todavía no he dicho nada -le recordó Michael-, pero es verdad, esta vez también tengo… No importa, le daremos un par de días más, tantearemos un poco el asunto… Tengo que volver allí, de todas formas. He de hablar con Hefets y él no puede venir, porque tienen algo importante para las noticias de esta noche. Y tú -se dirigió a Eli Bahar-, ¿te vuelves con Beni Meyujas, como habíamos acordado?
Eli Bahar miró a Tsila y por un momento a Michael le pareció ver una expresión de preocupación en su rostro. Tsila entornó los ojos y se encogió de hombros.
– No tardaré mucho -dijo Eli y, sonriendo, miró a Michael-. Es que es nuestro aniversario de bodas -dijo en voz baja-, y habíamos pensado…
Michael los miró a ambos.
– Es verdad -recordó-, el día de la primera vela de Jánuka. ¿Cuántos años hace ya? ¿Catorce? ¿Y lo celebráis según el calendario hebreo?
– Quince. Tú deberías acordarte -le reprochó Tsila-, fuiste el principal artífice.
– No exageres -se burló Balilti-, sólo fue el mediador, el go between. Nada más. Me acuerdo de que Eli…
Michael le dirigió una mirada: sólo faltaba ahora que Balilti volviera a contar cómo Eli «tenía miedo de comprometerse», y cuántas penas le había hecho pasar a Tsila hasta que intervino Michael, habló con él y arregló las cosas. Balilti, al darse cuenta de la mirada de Michael, entornó los ojos, sonrió tímidamente y se calló enseguida. Finalmente Michael anunció que volverían a reunirse a la mañana siguiente.
Camino de la calle, Eli Bahar dijo:
– ¡Qué tonto soy! ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Benizri me dijo que estaba con los obreros de Jolit, pero yo, al llegar, vi a esas mujeres con mis propios ojos. Esperaban a que trasladaran a sus maridos a… Y la mujer de Shimshi me dijo: «Benizri es nuestra única esperanza, estamos esperando a que venga». ¿Dónde estaba él, entonces?
Balilti se detuvo y palpó el cigarrillo que había sacado del bolsillo de su abrigo negro de lana.
– No te preocupes, no es urgente saberlo, porque de cualquier forma estas cosas siempre acaban por aclararse -dijo con sarcasmo.
8
Michael permaneció largo rato de pie a la entrada de la gran sala, muy cerca de las esquelas de Tirtsa Rubin y Mati Cohen, observando lo que allí acontecía; El lugar resultaba irreconocible con respecto a aquella misma mañana. Ahora todo el mundo estaba atareado, concentrado en la elaboración del informativo, y cualquier cosa que no tuviera que ver con las noticias de aquel día era dejada de lado, incluidas las muertes de Tirtsa Rubin y Mati Cohen. Varias personas consultaban los papeles que estaban sobre la mesa grande y rectangular, hablaban entre ellos y les comunicaban las cosas a voces a los que se encontraban en sus despachos. Los teléfonos no dejaban de sonar, mitigando el ruido de las impresoras. Un móvil reprodujo la melodía de Carmen, mientras otro, muy cerca, tarareaba sin parar la banda sonora de Misión imposible, hasta que el reportero de política nacional gritó «Dígame», y agitó el aparato con una expresión de desesperación. En el despacho de la infografista, a través de la mampara de vidrio, vio a Dani Benizri, que, a su espalda, señalaba la pantalla con el dedo. Y en el despacho de al lado reconoció a Rivi, la traductora («Ésta es Rivi, nuestra traductora», le había dicho alguien por la mañana, cuando estaba ante la puerta del despacho de Tsadiq), que estaba hablando con una joven con vaqueros y jersey rojo, que gesticulaba mucho y señalaba hacia otra cabina, donde se encontraba el reportero de asuntos exteriores, que estaba sentado hacia delante hablando por teléfono y tecleando en su ordenador. Parecían unos niños absortos en sus juegos a los que nada podría distraer. «¿Por qué no te has maquillado mejor?», oyó que alguien le preguntó a Keren, la presentadora de los informativos, que estaba sentada en el sofá del rincón, junto a la puerta de entrada, hojeando unos impresos con trazos horizontales y verticales dispuestos encima de la mesa rectangular, delante de cada asiento, y que Niva, la secretaria de los informativos, apartó a un lado tras acercarse a la mesa arrastrando los pies, en señal de queja por la tarea que le habían asignado, la de colocar frente a cada silla una hoja nueva. La voz de un niño negro que bendecía la primera vela de Jánuka se impuso por un instante al resto de sonidos. Michael levantó la cabeza hacia la pantalla y vio la mano del niño, que temblaba de emoción. Estaba de pie, enfrente de un brillante candelabro de Jánuka. «¿Qué pasa? ¿Quién ha subido el volumen? Bajad el del el canal 2», gritó Niva, y le dijo por lo bajo a David Shalit, el cronista de sucesos: «Míralos, han traído a un niño etíope, y en nuestro canal verás dentro de cinco minutos a un niño recién inmigrado de Rusia. ¿Por qué no? Si ellos lo hacen, también podemos hacerlo nosotros», pero él no miró a la pantalla, sino que se encogió de hombros y señaló la hoja que tenía delante como diciéndole que era idéntica a la anterior.