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– ¿No ves que aquí pone las dieciocho y cuarenta y nueve? -dijo Niva furiosa-. Éste el nuevo line-up, el anterior es de hace más de una hora y ha habido otros muchos cambios, míralo tú mismo -e inmediatamente miró a su alrededor y exclamó-: Keren, ¿estás ya maquillada? ¿Dónde está Natacha? ¡No entiendo por qué no está ya aquí!

– Pero si estoy aquí, ¿qué es lo que pasa? -gritó Natacha desde un rincón de la sala, mientras se acercaba a la mesa.

– ¿Por qué vas vestida así? -le reprochó Niva-. Bueno, no es asunto mío -y al mismo tiempo agarró por la manga a una mujer con muchas arrugas en el rostro y el pelo claro y descolorido recogido en un moño descuidado-. Ganit -le dijo-, ya que tú eres la productora, dime qué te parece la camisa de Natacha -y, extendiendo los brazos y elevando los ojos al techo, continuó-: ¿Por qué tengo yo que ocuparme de todo esto? Natacha, baja a ver a los de vestuario, ¿me has oído?

– ¿Está montado ya lo del gobierno? -preguntó Erez al reportero de política nacional, que asintió con la cabeza y contestó:

– Ya casi he acabado.

– Pues hay que montarlo de nuevo, con Bibi Netanyahu y David Levi -dijo Erez.

– ¿Por qué gritas? -dijo Yiftah Keinan enfadado, y se metió la camisa por dentro del pantalón-. En veinte segundos lo termino.

– Yiftah -dijo Erez impaciente-, ¿empezamos con David Levi o con Bibi?

– Ya te lo he dicho antes, empezad con Levi -dijo el reportero de asuntos políticos mientras ojeaba el nuevo line-up-, sólo dime si la pantalla aparece al completo.

– Sí, al completo, al completo -refunfuñó Erez-. ¿Cuántas veces tengo que repetirte las cosas?

Niva volvió a levantar los ojos hacia el techo.

– ¿Por qué gritáis? ¿Por qué no se puede, aunque sea por una sola vez, hablar tranquilamente?

Hefets presidía la mesa y Michael se encontraba tras él. Echó un vistazo a la lista de temas del line-up, mientras Erez, desde la otra punta de la mesa, agitaba la nueva hoja intentando llamar la atención de la correctora, que se encontraba en un rincón de la sala, pintándose los labios con cuidado.

– Miri, Miri, ¿lo has revisado?

– ¿Crees que soy Dios? ¿Cuándo voy a haber tenido tiempo de revisarlo? -dijo irritada, cerró de golpe la pequeña polvera y se dirigió hacia la mesa.

Hefets hablaba por teléfono mientras ojeaba los papeles que tenía enfrente.

– Sí, hay que añadir un conductor joven, ¿y qué? ¡Que se trata de dos mil shekels! -le gritó a su interlocutor-, no me vengas con milongas porque no soy tan tonto como para estar dispuesto a pagar esa barbaridad por un seguro de coche. ¿Qué? No, mi trabajo no lo cubre, qué va… -levantó la cabeza un momento y, al ver a Michael, miró preocupado el gran reloj, le hizo una señal de que lo había visto, y tapando el auricular con la mano le dijo-: Tendrá usted que esperar, ahora no puedo…, ya ve lo que… Las noticias son… No se pueden hacer planes con el responsable de los informativos…, no puedo dejarlo… Espere aquí, puede sentarte en el sillón, no nos molesta, o salir a dar una vuelta, lo que prefiera. También puede ir a la cafetería si quiere, es que tenemos un problema con el satélite. Habrá que esperar a que llegue la señal -y apuntando con la cabeza hacia Natacha, añadió-: Tenemos algo importante, puede quedarse si le interesa. Como quiera -repitió, y continuó con su conversación telefónica.

Erez movió su silla para que Michael pudiera sentarse a su lado y visiblemente furioso protestó:

– Ya podrías ponernos al corriente del tema. ¿Cuándo nos lo vas a contar? ¿Qué quieres que escriba? ¿Cómo voy a montar las noticias sin saber…? Faltan cuarenta minutos para que empiece la retransmisión y mira lo que me han dado: «Tema X dos minutos y cinco segundos Natacha». ¿Cómo voy a dar con un título para esto?

Michael se sentó con la intención de esperar y observar hasta que Hefets estuviera disponible, porque siempre se aprendía algo espiando a los demás discretamente, mientras estaban ocupados en sus cosas y no le prestaban atención a uno; pero Tsadiq, que acababa de entrar en la sala, le hizo una señal a Hefets con la mano antes de acercarse a él.

– ¿Cómo está el asunto? -preguntó, y se apoyó en el escritorio para revisar las hojas del guión-. Pero ¿qué es lo que veo? ¿Habéis eliminado lo de Yaakov Neeman?

– No había dónde meterlo, hoy no podemos pasarnos de tiempo -dijo Hefets, que se levantó de su asiento, empujó la silla hacia atrás y dirigió una mirada hostil a Tsadiq-. ¿Tengo más tiempo del reglamentario o no? Me dijiste que no me excediera, así que…

– Sí, lo siento -se disculpó Tsadiq, dando marcha atrás-, no quería entrometerme -añadió, tratando de apaciguarlo-, sólo era una pregunta, nada más.

Pero Hefets ya no lo escuchaba y exclamó:

– Keren, vete a ver a Miri y comprueba las correcciones. ¿Qué haces ahí? ¿Qué es lo que estás escribiendo, la tesis doctoral? Todavía tienes que aprobar las correcciones y ni siquiera has…

La melodía de La Pantera Rosa se escapaba de un gran bolso negro que estaba a sus pies. Al momento apareció Niva y empezó a rebuscar en su interior, pero, cuando lo encontró, el móvil ya había dejado de sonar.

– Uf, otra vez -refunfuñó y, tecleando un número con nerviosismo, se arrodilló junto al bolso, muy cerca de Michael, que la oyó respirar aceleradamente y preguntar-: Mamá, ¿qué?, ¿cómo? -y después de un momento-. ¿Ahora? Falta una hora para que empiecen las noticias y no tengo tiempo de… Da igual, en el armario, a la derecha, arriba… No, ahí no, en el estante más alto… Escucha lo que te estoy diciendo… ¿Lo has encontrado? Bien, pues ahora cógelo… No, después no… Voy a colgar… -y apagó el aparato y lo lanzó dentro del bolso, que volvió a dejar debajo de la silla de Hefets, al tiempo que se precipitaba hacia una impresora que escupía hojas sin cesar.

– Erez, Erez -gritó David Shalit al encargado de montaje-, ven aquí, que hay que cambiar lo del asesinato en Jerusalén, porque ha llegado una orden judicial que nos prohíbe divulgar las fotos del peluquero y de su novia -y cerrando de golpe la tapa de su móvil le pidió a Erez que se acercara-; es la noticia con más gancho de hoy, porque no se trata de cualquier peluquero, sino del de la esposa del primer ministro, y eso puede llegar a tener consecuencias. Dispongo de bastante material filmado de un reportaje de una cadena local y también…

– No sólo de la mujer del primer ministro -lo interrumpió Niva-, sino que el mismísimo Netanyahu ha declarado que se trataba de su peluquero oficial.

– Precisamente por eso, «Ocupaba el puesto ministerial de peluquero en nuestra casa» -precisó David Shalit-, y es que con gente como Bibi Netanyahu hasta los peluqueros ocupan puestos ministeriales; ¡menudos pijos! ¿Me has oído, Erez? Hay que trabajar mejor ese punto…

– Sí, sí -le replicó Erez con tranquilidad-, ya te he oído, no te exaltes; en primer lugar, no estoy seguro de que sea el tema con más gancho de hoy, y además, espera un momento, ya le he pedido al abogado del Servicio de Radio-Teledifusión de Tel-Aviv que esté preparado, porque no es definitivo que no vayan a salir las imágenes, ya que estamos a la espera de lo que diga el juez de guardia. Ahora dejadme unos minutos para redactar los titulares, tengo que concentrarme -y se sentó en el extremo más apartado de la mesa mientras se inclinaba sobre unas hojas en blanco-. Si queréis mi opinión, ésta es la última vez que veremos a los obreros despedidos, mañana ya serán agua pasada -añadió.