– Tsadiq, menos mal que estás aquí, no sé…, alguien dice que… Toma el teléfono, por lo que más quieras -y en aquel momento Hefets irrumpió en el estudio con un papel en la mano.
– Ha llegado un fax -dijo en voz alta-, tenemos un problema serio.
– ¿Qué es lo que dices? -le preguntó Natacha, que seguía rebosante de felicidad, y él le tendió la hoja.
Michael se encontraba de pie a la entrada de la sala, considerando tan tranquilo que todo aquel jaleo no le incumbía, que nada tenía que ver con su investigación, así que se había limitado a echar un vistazo dentro y a mirar a Natacha, que tenía una inequívoca expresión de orgullo dibujada en el rostro.
– ¿Qué? -oyó de pronto gritar a Tsadiq-, ¿que están vivos? Ahora mismo subo ¿Dónde está? ¿Al lado del oficial de seguridad?
– Es Niva -le dijo aterrorizado a Ganit, la productora, que tenía el pelo decolorado, y cuyos brazos, con las mangas dobladas, estaban cubiertos por un vello claro. Salió corriendo hacia arriba, seguida de Tsadiq y de Hefets, uno detrás de otro, «como en los dibujos animados», pensó Michael, que los siguió a su vez, llevado por su instinto y porque estaba esperando a Hefets. Si Hefets no le hubiera hecho esperar se habría perdido la escena: al lado del guardia de seguridad, en la entrada, había tres religiosos ultraortodoxos.
– No los he dejado entrar porque… -dijo el guardia de seguridad, pero Hefets no prestó atención y dirigió la mirada al carnet de identidad que le había entregado un joven ultraortodoxo con un abrigo oscuro sobre los hombros, que le sonreía tras la barba mientras le preguntaba con ira:
– ¿Conque no estoy vivo, eh?
Detrás de él había dos jóvenes más.
– Pero ¿esto qué es? -gritó Hefets mientras examinaba el carnet de identidad. Después levantó la cabeza conmocionado y, mirando al ultraortodoxo, leyó en voz alta-: «David Aharon, calle Kanfey Nesharim 33 A, D.N.I. 073523471». Pero si es usted, es que está vivo.
El ultraortodoxo abrió los brazos como diciendo «Es evidente», y entonces Hefets le dijo:
– Le pido disculpas, vamos a corregir el error.
Natacha subió corriendo desde la sala de redacción. Schreiber estaba ya al lado del guardia de seguridad e intentó llamar su atención agitando la mano, pero ella se encontraba ya delante de Hefets, que sujetaba los faxes que le había traído una Niva muy pálida, que allí de pie, junto a las escaleras, se limpiaba el sudor de la frente.
– Nunca nos había sucedido algo así -dijo horrorizada, y, sin que estuviera claro por qué, con una chispa de satisfacción en su voz-. Y mira que os avisé, que una chica tan joven, sin experiencia… -le dijo a Schreiber, y éste la miró con verdadero odio.
– Eres una víbora -le espetó, y se acercó a Natacha, que estaba mirando el carnet de identidad que le había mostrado Hefets y el rostro del hombre barbudo que ahora gritaba ya:
– ¡Soy David Aharon, soy David Aharon y tú eres una hereje!
– Natacha, Natacha -oyó Michael susurrar a Schreiber-, no te dejes avasallar, Natacha.
– Déjame, Schreiber -le dijo ella, con una voz que dejaba percibir la sequedad de su boca-, no hay nada de qué hablar -y apartó el brazo de Schreiber añadiendo-: ¿No ves que estoy acabada? -y a continuación subió las escaleras que llevaban a la sala de montaje topándose con Rubin, que ya bajaba corriendo.
– Natacha -exclamó Rubin-, ¿adonde vas?
– A recoger mis cosas -le contestó ella sin aliento.
– Tú no vas a recoger nada -le dijo Rubin, y la sujetó con fuerza por el brazo-. Hefets, Hefets, ¿la has oído? Tsadiq, te pido que…
Pero Tsadiq ni lo miró, porque en ese mismo momento se encontraba inclinado sobre el teléfono del puesto de seguridad y decía: «Sí, señor, le pido disculpas, mis más sinceras disculpas, Gran Rabino».
– Deja a Tsadiq, Rubin -dijo Hefets-, ¿no ves que está intentando capear el temporal?
– A Natacha le han tendido una trampa, Hefets -exclamó Rubin-. ¿Por qué le gritas? ¿No ves que la han engañado? Tú mismo le pediste que hiciera ese reportaje.
Tsadiq, cuéntaselo a Hefets -le pidió Rubin y arrastró a Natacha consigo de nuevo hacia la entrada-. ¿Por qué te callas, Tsadiq? ¿Por qué no le dices que la han engañado en venganza por el otro asunto? Sabes muy bien que la han engañado porque tienen miedo de que investigue el otro asunto, es lo otro lo que les preocupa, la han engañado por nuestra culpa, para quitársela de en medio.
– De eso nada -respondió Hefets-, por algo somos periodistas. Debemos hacer nuestro trabajo a conciencia. Un periodista de informativos no puede dejarse engañar. No debe lanzar una noticia así, sin pensarlo, sin comprobar varias veces la veracidad de la información.
– Yo estuve con ella -intervino Schreiber-, la acompañé cuando llamamos a las puertas y preguntamos a los vecinos: este hombre no vive allí, podría ser un carnet falsifi…
– Déjalo, Schreiber, déjalo -dijo Natacha con una voz cansada-, todo ha terminado, estoy acabada, no hay nada de qué hablar, dejadme -y dándose la vuelta subió las escaleras, derrotada.
– Espéreme aquí hasta el final de la emisión -le pidió Hefets a Michael, y salió corriendo detrás de ella, gritando-: Natacha, Natacha -pero ella no se volvió.
Schreiber también subió tras ella y Michael vaciló un momento y se quedó pensando desde cuándo recibía él órdenes acerca de dónde esperar. Tenía la mirada puesta en la doble puerta de vidrio de la entrada, porque había allí un gran grupo de ultraortodoxos y se oían muchos gritos, cuando, de repente, irrumpió un hombre mayor, alto y delgado, con un abrigo grande y roto y unos mechones de pelo gris asomando bajo la gran kipá bordada que cubría su cabeza. Gesticulaba mucho con las manos, que llevaba enfundadas en unos guantes de lana agujereados, y tras empujar con violencia al guardia de seguridad, extendió los brazos al frente, como implorando, y gritó a pleno pulmón:
– ¿Dónde está Rubin? ¡Arieh Rubin me está esperando!
El guardia de seguridad se tambaleó, e intentando detenerlo le dijo:
– Un momento, usted no puede…
Pero de nada sirvió, porque el hombre ya estaba dentro.
– ¿Quién es? -gritó el guardia de seguridad a sus dos compañeros, un chico y una chica, que saltaron desde detrás del mostrador para intentar detener al hombre. Trataron de sujetarlo, pero también a ellos los apartó de un empujón mientras bramaba:
– Dejadme ver a Arieh Rubin…, me está esperando, ¡ha quedado conmigo!
Rubin se le acercó, se plantó ante él y le dijo:
– Yo soy Arieh Rubin, aquí me tiene.
El hombre se detuvo de golpe, como si hubiera perdido las fuerzas y se fuera a desplomar, lo que el guardia de seguridad aprovechó para sujetarle los brazos por detrás.
– Suéltalo, Alón, ¿no ves que es…? -dijo Rubin, y él mismo lo agarró por el hombro.
El guardia de seguridad dirigió a Rubin una mirada vacilante y no soltó al hombre.
– He venido a ver a Arieh Rubin, me conoce, él sabe…, me dirá… -la voz del hombre temblaba con un claro acento ruso.