– ¿Así que mantuvieron ustedes una relación? -le preguntó-. ¿Algo serio?
– Sí, bueno…, no una historia larga, sólo… Él estaba en un momento de… cómo decirlo… Pasó. Después me quedé embarazada, pude no contárselo, pero se lo conté. No me gusta engañar a nadie. Y él no me forzó a que me deshiciera…; ni lo intentó. Le dije: «Arieh, tengo treinta y nueve años»; ésa era mi edad entonces, y se trataba de mi primer embarazo, pensaban que no podía quedarme embarazada porque tengo un solo ovario… Y le dije que no iba a abortar.
– ¿Y él no se opuso?
– No me dijo ni una palabra de eso. Sólo que me ayudaría de todas las maneras posibles, con dinero, si yo era discreta, por Tirtsa. O sea, para no hacerle daño.
– Pero ahora que Tirtsa ya no está, podría ser distinto, ¿no?
Ella se encogió de hombros.
– No sé cómo lo verá Rubin… -dijo con voz embelesada.
– Yo pensaba que usted lo sabría -dijo Michael en voz baja-, puesto que ya ha hablado con él del niño, ¿verdad?
– ¿Qué? ¿Cuándo? -dijo, y parecía asustada.
– Antes, hace unas horas, ¿no? -se atrevió a apostar Michael, que los había visto hablando en un rincón del pasillo.
– ¿Ya corren rumores sobre eso? -le dijo ella incómoda.
Michael se calló.
– En este lugar… -murmuró con amargura, y se apresuró a añadir-: Yo no… No es exactamente… Es por el niño, ya tiene siete años y pensaba…
Michael siguió en silencio.
– Da igual -dijo, y se mordió los labios-. ¿No estará pensando que yo maté a Tirtsa por eso?
Michael asintió con la cabeza.
– ¿Qué? -preguntó asustada- ¿Crees que me habría enfrentado a Tirtsa para hacer de Arieh Rubin mi…, mi…?
Michael seguía mudo.
– Eso sí que no…, ni hablar, yo no… -dijo con firmeza-. Y, además, tampoco me habría servido de nada… porque, de todas formas, él no me soporta.
Michael apenas pudo ocultar su sorpresa al oír esta última afirmación.
– ¿Eso le ha dicho? -le preguntó.
– ¿Por qué me lo iba a decir? No me ha dicho nada, él es una persona delicada, pero yo no soy tonta, aunque lo parezca -dijo con ironía-. Lo he sorprendido, ¿a que sí? -le preguntó satisfecha-. Usted pensaba que yo creía que Rubin sólo estaba esperando una oportunidad para… De todas formas mi intención no era que viviéramos juntos, sólo quería que…, que él estuviera con Amijai (se llama así en recuerdo de un amigo suyo que murió en la guerra de Yom Kippur; se lo oí contar y decidí tener un gesto). Quería que al menos…, que el niño supiera quién era su padre… Después de todo le estoy haciendo un favor a Rubin, dado que no tiene más hijos que el mío -dijo, y parpadeando muy deprisa añadió, medio sonriendo-: Al menos que yo sepa. Mientras vivía Tirtsa no quise… no quería hacerle daño, pero ahora ya no…; ella ya no está.
Michael se calló.
– No me mire así -dijo Niva enfadada-, yo no la maté ni nada que se le parezca, puede comprobar que no salí de la sala de redacción hasta la una y media de la madrugada, todos son testigos. No puedo creer lo que estoy diciendo.
– ¿Quiénes son «todos»?
– Pues todos, Hefets, Natacha, la radioescucha… Ella incluso le podría asegurar que yo estaba aquí a la una de la madrugada, porque vino justo a la una y diez para traer un resumen de las noticias de las emisoras Reshet Bet y Galei Tsahal. ¿De verdad quiere hablar con ella?
– ¿Con la radioescucha?
– Sí, Malka, una chica así, menudita, que fue la que hizo el turno de noche y trajo un informe con las comunicaciones policiales… Es curioso, ¿no?, como si no supieran ustedes que estamos escuchando su frecuencia las veinticuatro horas. ¿Creen que nos contentamos con lo que ustedes nos cuentan?
– Pero la sala de los radioescuchas está bastante lejos de aquí -le recordó Michael.
– Sí, y ¿qué?, la gente va y viene. Y vi también al radioescucha de asuntos exteriores pasada la una de la madrugada, quizá incluso antes. En cualquier caso a Tirtsa no la vi aquella noche, ni a ella ni a nadie de su producción, ¿cómo podría haberme ido a Los Hilos si aquí estábamos ocupadísimos preparando el line-up del día siguiente? ¿Qué se me había perdido a mí allí? ¿Por qué no les pregunta a todos?
– Hablando de Tirtsa -dijo Michael, y en ese instante alguien golpeó la mampara de vidrio. Era Hefets, con una expresión interrogante.
Michael le hizo una señal con la mano para que esperara, y Hefets, como si llevara ya una hora fuera, hizo un gesto de reproche, abrió la puerta del despacho y dijo:
– Le espero, pero tengo sólo un cuarto de hora, después empezaré a revisar el line-up de mañana…
Michael asintió con la cabeza y Hefets cerró la puerta.
– Hay cada tipo -dijo Niva con asco- que, sin importar qué ni cómo, siempre están tramando algo de acuerdo con sus intereses… -y se calló.
– ¿Habla de Hefets? -le preguntó Michael.
– No… sí… no… no sé… No es algo…
– ¿Algo concreto?
– No, es sólo que ahora, como se está quejando, seguro que se muere por saber de qué estoy hablando. Tengo la intención de decirle que ha sido usted quien me ha pedido que le contara dónde estuve cuando lo de Tirtsa, porque, si no, no me va a dejar vivir…, y va a estar disgustado, y créeme que cuando Hefets se disgusta ya no para…
– ¿Tiene que ver con lo de Natacha?
– No, si eso no es, porque lo de Natacha siempre se repite… Llega una chica nueva y él se acuesta con ella; eso lleva pasando ya varios años, es que es más fuerte que él… Y ellas se creen que si se folian al jefe… No importa, pero créame -dijo, y se inclinó hacia delante, con los codos apoyados sobre la mesa-, créame que la compadezco, porque es una chica…, cómo se lo diría yo…; después de todo es una buena chica Natacha, está muy sola…, emigró a Israel con catorce años, sin su padre, él se quedó en Rusia con otra mujer, y su madre, al principio… No importa. El caso es que su madre la descuidó, se fue con los ultraortodoxos, allí la volvieron a casar con un viudo que tenía seis niños pequeños, y Natacha creció sola… Imagínese, hizo la selectividad sola, estudió, llegó aquí, dispuesta a hacer de todo, de-to-do, fregar el suelo, lo que le pidieran. La mandaban a los archivos, a buscar café, el correo… Sin rechistar. Creo que fue Schreiber quien la trajo, la conoció una tarde o una noche en algún sitio, la trajo aquí como a una gatita…, le buscó una plaza de ayudante de investigación…; y es que Schreiber tiene algo que ver con el departamento de Recursos Humanos… Pero ahora, ahora está acabada; y todo porque…
– ¿Tiene que ver con Tirtsa? -preguntó Michael.
– Nada -confesó Niva-, la verdad es que nada, sólo que la compadezco. Ni siquiera Rubin la podría ayudar.
– ¿Y con respecto a lo de Tirtsa? -preguntó Michael.
– No es cierto que todos la apreciaran, sólo quería que usted lo supiera.
Michael se cruzó de brazos.
– Me cabrea que todos digan que era una santa. Porque eso no es verdad.
– ¿Por alguna razón en concreto? -preguntó Michael.
– La gente honesta no siempre es querida, no sé si me entiende… -continuó, y a Michael le sorprendió su entonación. No pensaba que pudiera hablar con una voz tan tranquila y comedida-. Creerá que yo la odiaba por lo de Rubin, pero no es verdad. No tenía nada en contra de ella, sólo me parecía una persona irritante. Las personas íntegras, con principios -continuó, pensativa-, a veces sobrepasan los límites, son demasiado correctas, hasta repulsivas, no sé si me entiende…
Michael levantó una ceja en un gesto interrogativo.
– Son…, exigen a los demás una cierta ética, son escrupulosos, lo comprueban todo varias veces, por ejemplo, negándose a defraudar al Estado, no cobrando las horas extra; ponen el listón muy alto, y entonces, es inevitable, se ganan enemigos. Eso es lo que quería decir, porque he oído que… -y se calló.