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– ¿Sí? -la urgió Michael, que ya empezaba a impacientarse-. ¿Que ha oído qué?

– He oído decir que no fue un mero accidente, y también… cómo decirlo…, he oído que estaba ahí, en el pasaje de Los Hilos, con otra persona, con Mati Cohen, el pobrecillo, y me he puesto nerviosa. ¿Es eso verdad?

– ¿Está pensando en alguien en concreto cuando dice «enemigos»?

– Mire -dijo, y buscó debajo de la mesa el zueco que se había quitado al sentarse-, ¡uf!… -soltó, y miró a través de la mampara-, estoy incómoda por Hefets, está merodeando por aquí como…

Michael no volvió la cabeza.

– ¿Alguien en concreto? -repitió la pregunta.

– No -dijo al final-, nadie en concreto.

– Pero ¿usted no la apreciaba?

Niva se encogió de hombros y no contestó.

– ¿Quiere venir a mi despacho? -refunfuñó Hefets, cuando Michael salió de aquel despacho interior-. ¿O vamos a la cafetería?

– No, a su despacho -le propuso Michael, y se apartó un poco de Hefets, al que le sacaba una cabeza, para disimular la diferencia de altura-, si le parece bien.

Hefets cruzó la sala de redacción delante de él, se detuvo de pronto y levantó la mirada hacia la pantalla. «Subid el volumen un momento», ordenó, y se oyó la voz de uno de los invitados al programa de política en directo. «Ni siquiera es su hija biológica», gritó un joven con pelo decolorado, y se tocó la hilera de piercings que llevaba en la oreja izquierda. «La adoptó con su ex marido, André Previn, cuando tenía unos ocho años. Woody Allen tiene toda la razón, yo también habría dejado a esa histérica de Mia Farrow.» El público estalló en risas y aplausos. «De todas formas», continuó el joven, «fue guay que se casaran en Venecia, muy romántico y…». «Podría ser su abuelo, ¡le lleva treinta y cinco años!», gritó una mujer que estaba sentada al otro lado. «¡Pues bien hecho!», dijo el joven, «Así es más natural, los estudios demuestran que un hombre mayor con una mujer joven…». «No generalices», exclamó otro de los invitados. Hefets gesticuló con desprecio.

– El país está fataclass="underline" el hermano del presidente acepta sobornos, se han prolongado las concesiones al canal 2 y éstos sólo se preocupan por los polvos que se echa Woody Allen. Nunca lo he podido soportar, es un charlatán aburrido. Venga por aquí -le dijo ahora a Michael-, olvidémonos ahora de eso -y ya en la puerta de su despacho añadió-: ¿Ha visto qué cosas les preocupan? Y se supone que es un programa de política. Sería muy diferente si yo fuera el encargado de… ¡Este programa debería ser el buque insignia de la televisión nacional!

9

Qué poco pueden hacer los padres para preservar la felicidad de sus hijos. Durante su infancia todavía es posible protegerlos, pero al final, mucho antes de lo esperado, se ven forzados, por su propio bien y por el de sus progenitores, a salir de su ala protectora y a arreglárselas por sí mismos. Tienen que vérselas con la vida ellos solos. Como Yuval, su único hijo, que llevaba ya cierto tiempo enredado en una relación con una chica que «le estaba amargando la vida», pero de la que ni quería ni sabía cómo alejarse. (¿Era realmente ella la que le «estaba amargando la vida» a Yuval?, se preguntaba Michael cada vez que esa frase hecha le acudía a la mente y que, invariablemente, una nube de angustia y de pena envolvía el nombre de su hijo.) Ninguna influencia del padre iba a fructificar aquí y se sabía incapaz de ayudarlo ya que su propia experiencia nada podía enseñarle. Su propia vida no podía erigirse en modelo en este tema concreto, ya que, además de que su matrimonio con la madre de Yuval había fracasado, desde el divorcio, hacía dieciocho años, no había encontrado a ninguna mujer que quisiera vivir con él. Y no es que él no se hubiera enamorado, porque ciertamente sí lo había hecho, y en más de una ocasión, pero siempre, por decirlo de alguna manera, de las mujeres «menos adecuadas», dado que la norma era que surgiera algún obstáculo que incluso podría clasificarse de objetivo, como, por ejemplo, que en dos ocasiones esas mujeres estaban casadas.

Sonó el teléfono y, a pesar de que eran casi las dos de la madrugada, la llamada no le molestó. Ojalá lo llamaran, había estado pensando, porque de cualquier modo era incapaz de conciliar el sueño.

– Ya no puedes tener mono, porque a las dos o tres semanas el síndrome de abstinencia desaparece -lo había amonestado su íntimo amigo Emmanuel Shorer, que, además de su jefe, era la persona que desde hacía quince años había asumido el papel de padre en su vida y quien lo había llevado a trabajar a la policía cuando necesitaba desesperadamente dinero para atender las exigencias de la pensión alimenticia que Nira le demandaba (con lo que cortó por lo sano la elaboración de su tesis doctoral, una investigación que versaba sobre las relaciones entre los maestros y los aprendices de los distintos gremios medievales, apartándose así definitivamente de la vida académica).

– Tu sufrimiento es psicológico, créeme, que yo entiendo mucho de eso -le recordó Shorer-. ¿Qué es lo que quieres? ¿Que no te quede más remedio que dejarlo? ¿Esperar, como yo, hasta que te dé un ataque al corazón? ¿No te basta con tener insuficiencia respiratoria?

Y el día anterior, al volver al trabajo después de unas vacaciones de dos semanas que había pasado solo y en casa, Balilti, el jefe de los servicios de inteligencia de la policía, que se consideraba un buen amigo suyo, le había dirigido una mirada escrutadora y le había preguntado:

– ¿Te está costando mucho?

– Muchísimo -le confesó Michael, sin buscar una palabra más precisa, como solía hacer, y le habló de lo mucho que le costaba concentrarse y de la incapacidad para conciliar el sueño.

– Eso sólo está en tu cabeza -sentenció Balilti, como era de esperar-, porque el cuerpo lo tienes ya completamente limpio; pero es lo que suele pasar cuando la dependencia es psicológica.

– ¿Y qué hay de la cabeza? ¿Es que no cuenta, o qué? -le dijo Michael exasperado-. ¿Lo que uno siente en la cabeza no pertenece a la realidad?

Si volvían a mencionarle lo de la psicología, la mente, la falta de materialidad o la dependencia emocional… Desde los dieciséis años, y durante más de treinta, había fumado sin parar a razón de veinte o treinta cigarrillos diarios, y ahora le resultaba imposible verse a sí mismo sin fumar. Si no fuera por el trato que había hecho con Yuval, que también había empezado a fumar a los dieciséis años -¿cómo va uno a impedir que su hijo adolescente cometa los mismos errores que él a su edad?- y que había accedido a dejarlo si lo hacían a la vez, no habría podido aguantar. Había momentos en que la tentación era insoportable. En la casa había cigarrillos porque no los había tirado. En ese momento también estaba pensando en que unos pocos pasos y un mínimo esfuerzo podrían llevarlo a la redención, bastaba con ir a la cocina y meter la mano, incluso sin mirar, en un lado del cajón más bajo. «¿Qué te va a pasar?», lo tentaba una voz turbia, profunda, llena de sabiduría y de ecos misteriosos. «Sólo uno, el último.» Pero esa voz tentadora obviaba el cigarrillo siguiente.

– Ni una sola calada -le advertía Balilti-, te lo digo por propia experiencia, porque ¿cuántas veces lo dejé antes de dejarlo? No es ese cigarrillo el que importa, sino el siguiente. Porque ¿de qué te sirve un cigarrillo si después no te fumas otro? Uno solo no merece la pena. Un cigarrillo es la calada que viene, y la que viene, y así, sin fin. Un cigarrillo es el cigarrillo siguiente. Y así es como en un momento te vuelves a encontrar donde estabas al principio.

Balilti ladeó la cabeza y miró a Michael con mucha atención, para de repente sonreírle y añadir:

– Pero ten cuidado de no engordar, porque solemos buscar consuelo en la comida, y esa pinta tan estupenda que tienes se puede ir a tomar viento. Si engordas, las chicas ya no te perseguirán -le advirtió-; aunque, en realidad -pensó en voz alta-, tú no eres hombre de sacarina en lugar de azúcar, ni de café soluble en lugar de café turco, no te gustan los sucedáneos, como quien dice; así que, con el tiempo, quizá dentro de un año o dos, puedas llegar a fumar un puro después de comer, porque el puro no es peligroso al no tragarse uno el humo…