Michael miró a su alrededor. Todo lo que allí había era completamente indispensable y de pésima calidad, excepto un florero que reposaba sobre la única mesa que había en la estancia y que tenía un ramo de narcisos algo marchitos, y un grabado largo y estrecho con un fino marco de madera que colgaba de la pared, sobre la cabecera de la cama. Se quedó mirando aquella extraña torre que se alzaba en medio de una gran extensión marrón -una torre que tenía un lado fuertemente iluminado, mientras que el otro proyectaba una larga sombra en la que se veía a un grupo de personas-, y se puso a pensar cómo era posible que, a pesar de la luminosidad del blanco de la parte iluminada de la torre, pareciese que aquella luz era incapaz de iluminar el mundo que la rodeaba y que las sombras fuesen mucho más poderosas que ella, dado que el color negro del fondo parecía querer inundar el cuadro entero. En lo más alto de la torre había izadas cuatro banderas que jugueteaban con el viento, a pesar de lo cual carecían de toda alegría. Todos aquellos elementos creaban un ambiente de misterio, de una soledad infinita, inconmensurable. ¿Quién sería el autor de aquella obra?, se preguntó Michael. ¿Por qué le había llamado la atención de esa manera? Justo debajo de ese grabado, entre la pared y la sencilla mesa de madera sobre la que reposaba el florero con los narcisos y unos cuantos platos con restos de jumus y de pan de pita, se encontraba Natacha, acurrucada y sin dejar de temblar, a pesar de estar envuelta en una manta militar de lana gris. Michael vio el purísimo azul de sus ojos y no le pareció que reflejaran miedo alguno.
– Parece que ni se ha inmutado -dijo Schreiber-; sólo al principio, por la impresión, ha lanzado un grito, pero después, como si nada… Ha querido limpiarlo… Dos horas me ha llevado convencerla para que llamara a la policía. Y no le he dejado tocar la sangre ni todo lo demás, porque he querido que lo vieran ustedes tal y como… Además, lo he filmado todo -y añadió con una voz muy apagada-: Eso ha sido idea suya.
– ¿Qué es lo que ha sido idea de Natacha? -preguntó Michael, mientras fuera se oía ya el alboroto de los del departamento judicial y a Balilti, que elevaba la voz-, ¿grabarlo?
– No, lo de grabarlo no, eso se me ha ocurrido a mí -dijo Schreiber-, lo de llamarlo a usted -y, queriéndose explicar, se acercó más a él-; porque Natacha dice que usted…
– Schreiber -lo interrumpió Natacha-, déjalo ya -y la voz pareció haberle brotado de aquellas manos huesudas entre las que se sujetaba el menudo rostro.
– Pero si no he dicho nada de especial. ¿No has sido tú la que me ha pedido que lo llamara porque es la única persona seria, el único a quien merece la pena llamar? -se empeñó en decir Schreiber.
– Me parece innecesario ofender a nadie -murmuró Natacha, mirando en dirección a la puerta, que se encontraba entreabierta-. Porque ahí hay más gente. Todos se merecen una buena palabra.
También las mujeres de los obreros despedidos fueron testigos del fracaso de Natacha en la televisión. En el salón de la familia Shimshi, en una aldea próxima a la frontera del norte del país, frente al enorme televisor que ocupaba la superficie completa de la brillante cómoda, oyeron primero las exaltadas y sorprendentes declaraciones que precedieron a la noticia de la situación en la que quedaban sus maridos y, después, los desmentidos y las excusas de la cadena.
– Son todos unos corruptos, se mire adonde se mire, todo es pura porquería -masculló Esti, la cuñada de Rahel Shimshi, manteniendo las manos sobre su prominente barriga, mientras Rahel la miraba con temor por lo que pudiera añadir a continuación-. No quiero quedarme aquí de brazos cruzados -continuó hablando Esti-, si les van a hacer la vida imposible, yo quiero estar con ellos.
– Una mujer embarazada no puede ir a ningún lado -sentenció Rahel Shimshi, entrecerrando los ojos como solía hacer cuando se enfadaba-. No es para eso para lo que te he llamado, sino para que consigas las llaves, nada más.
Se levantó y se fue a la cocina. También Esti se levantó del sofá que había frente al televisor y la siguió, para quedarse junto a la encimera de mármol mirando cómo su cuñada enjabonaba con verdadera parsimonia las tazas del té.
– No me puedes dejar en casa mientras todos vosotros salís a luchar contra quien sea -protestó Esti.
Rahel Shimshi fue dejando las tazas limpias y las cucharillas encima de un paño de cocina que había extendido sobre la mesa de formica y se quedó mirando a Esti.
– No pienso dejarte ir, y punto.
Por primera vez después de todos aquellos años en que la conocía, Esti, agarrada al mármol con las manos a la espalda, osó plantarle cara a su cuñada. Su pesada respiración resonaba muy clara en la cocina cuando dijo:
– Tú no vas a decirme lo que tengo que hacer, porque tengo derecho a hacer lo que quiera.
Aunque nada más decirlo, estuvo a punto de echarse a llorar de arrepentimiento. Ella no había querido que su afirmación hubiera sonado tan agresiva, porque de ningún modo quería herir a Rahel, la hermana mayor de Maxime, que siempre había sido tan buena con ella. A eso lo hubiera llamado su madre, que Dios la tuviera en la gloria, «Escupir en la mano del que te da de comer». Porque Rahel, después de dejar solo en casa a Dudi, simplemente por ir a encender con ella la segunda vela de Jánuka, le había llevado una cazuela llena de col rellena, y también sufganiyas, comportándose como si no tuviera la cabeza llena de preocupaciones, como si Shimshi y todos los demás no estuvieran detenidos… Y todo, para que Esti no estuviera sola en casa; y ahora ella…
Y es que a Rahel Shimshi no le había quedado más remedio que involucrar en todo aquello a la mujer de su hermano pequeño. Porque lo había ido a esperar al aparcamiento cubierto de la fábrica y lo había estado observando mientras maniobraba con el camión hasta aparcarlo en línea con los demás camiones, y apagaba el motor. Después lo había visto bajar pesadamente del vehículo y se había abalanzado sobre él haciéndose un lío con lo que le quería decir (y eso que Esti le había aconsejado que esperara, que esperara a que él llegara a casa, porque «es imposible hablar con un hombre hambriento», le había advertido, pero Rahel no había podido esperar). Se quedó allí plantada delante de él, llegándole apenas a la altura del pecho. ¡Quién hubiera podido creer que aquel niñito se iba a convertir en semejante gigantón! Observó sus ojos fríos, la ancha cara sin afeitar, aquella expresión neutra que parecía repetir su frase favorita: «A mí sólo me interesan los hechos», y a la vista de todo eso Rahel se sintió desfallecer. La mirada indiferente de su hermano la hizo sentir, de repente, como si le hubieran robado la infancia. En varias ocasiones había intentado decirle que no olvidara su infancia en común, que no olvidara cómo lo había llevado en brazos a todas partes, cómo lo cuidaba y cómo iba a buscarlo a la guardería sin retrasarse jamás. Y eso que, ¿cuántos años tendría ella entonces, al fin y al cabo? Pero si no era más que una niña de doce años que no podía oír llorar al bebé, mientras su madre estaba abrumada de trabajo entre los hijos y las casas que limpiaba, una niña a la que le encantaban aquellos ojos tan azules de su hermano, que la miraban esperanzados y confiados, y sus maravillosos bucles, tan claros que habían creído que de mayor sería rubio. ¡Cuánto la había querido él entonces! Cuando creció, también la seguía a todas partes, con el conejito de peluche que le habían regalado y del que jamás se separaba. ¿Adónde habría ido a parar aquel conejito? Sin embargo, ahora la miraba como a una extraña, como si fuera un estorbo, sin prestar apenas atención a lo que ella le quería decir, observándola con incredulidad mientras le pedía el camión y su ayuda para conseguir tres camiones más, oyéndola decir: «No les vamos a hacer nada, a los camiones, será sólo una noche, sólo para esa noche, cargaremos las botellas, las volveremos a descargar, y os devolveremos los camiones como si nada hubiera pasado. Y no diremos que nos los disteis vosotros, sino que os los cogimos sin permiso, así que ni siquiera os vais a ver involucrados, te lo juro»; a lo que él, a punto de soltar una carcajada, pudo contestar finalmente: «Olvídate, no tenemos nada de qué hablar, has perdido el juicio por completo ¿o qué?, en mi vida he oído nada más estúpido».