Y, a pesar de todo, cuando salían del aparcamiento de la fábrica le dijo:
– Dile a Esti que le he hecho la col rellena que tanto le gusta.
– La mimas demasiado -le gritó ya desde lejos-, ¿vas a seguir así toda la vida? ¿Cuando dé a luz también vas a seguir llevándole todo lo que se le antoje?
– Dile que iré dentro de una hora -le dijo Rahel a Maxime-, y que comeremos sufganiyas y encenderemos la segunda vela de Jánuka.
Ahora se encontraba en la cocina frente a Esti, a la que, aunque estaba apoyada en el mármol de la cocina, Rahel escuchaba como si se encontrara a una gran distancia:
– No pienso dejarte sola en esto, porque necesitas el máximo de apoyo, así que vamos a llamarlas a todas para que vayan contigo.
– Sabes que no tengo permiso de conducir -murmuró entonces Rahel Shimshi.
– Pero yo sí y también Sarit y Simi -le recordó Esti-, y hay mucha más gente… Por una vez en la vida, deja que los demás te ayuden…, tú no tienes por qué hacerlo sola… Ahora mismo llamo a Tiki y ya verás la que vamos a armar.
– Pero ¿cómo vas a poder con esa barriga? ¿Cómo vas a cargar con las cajas de botellas? Pero si pesan muchísimo, aunque estén vacías.
– Vale, de acuerdo -le dijo finalmente Esti, mientras marcaba el número de Tiki en el teléfono colgado de la pared de la cocina-, pues no levantaré ninguna carga, eso que lo hagan todos los demás.
– ¿Los ultraortodoxos? -preguntó Michael-. ¿Por lo que ha salido en el informativo?
– No, eso no son más que tonterías, calderilla -dijo Schreiber-, se trata de algo… -y se calló, al tiempo que miraba a Natacha con preocupación.
– Es que hay un asunto muy serio -dijo ella finalmente-, que no tiene nada que ver con lo de las subvenciones esas… Me han dado una pista equivocada a propósito, para hacerme quedar mal y que ya no me pueda ocupar del otro asunto, para que ya no me permitan… Porque la verdad es que no sé si ahora me van a dejar investigar nada más…
– Te dejarán, te dejarán… -le prometió Schreiber-, seguro que Hefets te lo permite y que se encarga de convencer a Tsadiq.
– Puede, quizá sea así… -dijo ella mirando hacia la puerta de entrada-, pero ¿quién se lo va a decir a Hefets?
– Comprendo que no quieras revelar las fuentes -le dijo Michael-, pero nos tienes que orientar, darnos un hilo del que tirar, algo… Porque tendríamos que saber, más o menos, de lo que se trata.
Natacha lo miró con recelo y después miró hacia la puerta. Michael corrió a cerrarla.
– Ya está, nadie nos oye, solamente nosotros.
– Lo que pasa es que… -dijo dubitativa- hace un tiempo oí que… Yo… tuve la ocasión de… En resumen, que me enteré de un asunto muy importante acerca de grandes sumas de dinero, un dinero que está en manos del rabino Aljarizi; aunque no es sólo él…, también hay otros implicados… Se trata de mucho dinero, de maletas llenas, de cajas enteras repletas de dólares, de oro, de todo lo que usted se quiera imaginar… Y lo sacan clandestinamente de Israel, se lo llevan al extranjero, lo que se llama evasión de capital.
– ¿Y sabes adónde se lo llevan?
– Creemos que a Canadá, y parece ser que es para hacer algo importante que todavía no está del todo decidido. Se trata de un caso de corrupción sin precedentes aquí.
– Cuesta creerlo -balbució Michael.
– ¿Cómo? -saltó entonces Natacha-. ¿No me cree?
– No, no es eso -se apresuró a responder Michael-, lo que he querido decir es que cuesta creer que pueda todavía existir un caso de corrupción sin precedentes.
– Pues es más que un hecho -dijo Natacha-, y ellos todavía no saben hasta dónde he llegado en este asunto… Schreiber y yo… Pero hoy…, después de haber estado junto a la casa de Aljarizi y de que Schreiber hubiera entrado…, seguro que han empezado a sospechar…
– La vida de Natacha corre peligro -dijo Schreiber-, créame, esto no va a terminar con una cabeza de cordero… esto es… como… como la cabeza del caballo en El padrino, porque de ahí es de donde han sacado la idea.
En ese momento la puerta se abrió de golpe, y Balilti, jadeando, irrumpió en el interior de la estancia y miró a su alrededor.
– Como los estudiantes… -dijo, como si hablara consigo mismo-, así vivíamos cuando éramos jóvenes… Hacía ya años que no… Esto está como para cogerse una pulmonía; dime, ¿no tienes frío, aquí, con toda esta humedad?
Natacha se encogió de hombros.
Balilti se colocó frente a la cama y la apuntó con el dedo.
– Pero ¿no eres tú la de la tele? -le preguntó entusiasmado-. ¿No eres tú la que ha dicho en las noticias lo de las escuelas rabínicas…?
Natacha clavó la mirada en la oscuridad exterior, porque Balilti había dejado la puerta abierta.
– La han engañado -se apresuró a decir Schreiber-, ella no tiene la culpa, la han engañado.
– Eso lo comprendimos de inmediato, no hay que ser ningún lince para darse cuenta -dijo Balilti-. Con ellos no basta tener mil ojos, hay que comprobarlo todo muy bien, porque… -pero mirando de repente hacia atrás, añadió en un susurro con un cierto matiz de alerta-, pero ahora no hablemos de eso, porque el personal del departamento judicial…
Un hombre con barba y kipá entró en la habitación.
– Lo hemos recogido todo -le dijo a Michael-, hemos envuelto la cabeza y el resto de las cosas. Hemos intentado tomar huellas, pero estoy convencido de que han utilizado guantes. No han dejado ningún rastro, ni una bolsa de plástico, nada, han actuado como unos verdaderos profesionales. También hemos limpiado un poco, pero es difícil ver en la oscuridad… Me avergüenza que pueda haber gente así -afirmó cuando se marchaba, y al llegar a la puerta, añadió-: encima se atreven a llamarse religiosos.
Balilti dejó el libro ruso en el suelo y se sentó en el taburete de bambú, mientras Schreiber se quedaba de pie junto a la puerta. Michael estaba apoyado en la mesa y, de vez en cuando, levantaba la vista hacia el cielo negro y verdoso que coronaba la torre del grabado colgado sobre la cabecera de la cama, mientras escuchaba con aire distraído las preguntas que Balilti le formulaba a Natacha.
– No lo entiendo -se empeñaba en repetirle Balilti-, o sea que primero recibiste la información en una cinta, pero ¿quién te la dio?
– Una mujer, no la conozco.
– Pero él dice -y señaló con la cabeza en dirección a Schreiber-, que esta noche también ha aparecido una mujer, también ultrarreligiosa, que te estaba esperando con otra… que le ha entregado a él otra cinta, ¿no es cierto?
Natacha permaneció en silencio.
– ¿Se trataba de la misma mujer? -añadió, dirigiéndose ahora a Schreiber.
Schreiber arqueó los labios como si dijera: «¿Y cómo voy a saberlo yo?».
– ¿No me contestas? -le dijo a Natacha, empezando a ponerse nervioso.
– No puede revelar las fuentes de algo que todavía no… -intentó explicarle Schreiber.
– Dime, ¿es que aún no has aprendido la lección? ¿No has visto cómo se las gastan y cómo te la han dado? -le preguntó Balilti.
– Ahora ya no es lo mismo -acabó por decir Natacha, mientras se frotaba la pálida cara. Por un instante pareció que su fina piel, tan transparente, adquiría un tono rosado, y que una chispa de rebelión destellaba en el inocente azul de sus ojos cuando mirando a Balilti le repitió-, ahora es algo completamente diferente.