– Está bien. Qué más puedo decirte, que cada palo aguante su vela, ¿no te parece? Pero luego no vengas a decirme que no te lo advertí -y dirigiéndose a Michael añadió-: Libero a Yosi Cohen y me quedo con la cinta en la que Schreiber ha grabado todo esto -y haciéndole una señal a Schreiber para que lo acompañara, salió con él de la habitación.
– Lo mejor sería que te fueras de aquí por unos días -le dijo Michael a Natacha, mirando a su alrededor-, porque, aun suponiendo que no estés amenazada de muerte, no tienes por qué aguantar algo así cada vez que vuelvas a casa por la noche.
Natacha apartó la manta a un lado, estiró las piernas, se sentó en la cama y lo miró con el candor más absoluto. Pero las comisuras de sus largos y estrechos labios adoptaron un gesto de rebeldía que le confería al rostro una expresión amarga y madura. Columpió los pies -a pesar del frío estaba descalza, tiradas en el suelo, debajo de la cama, había unas botas y unos calcetines de lana-, y él se fijó en que eran muy estrechos en su desnudez. Aquellos pies tan delicados y vulnerables tenían algo que lo movía a uno a la compasión.
Natacha inclinó la cabeza y se quedó mirando las losas de piedra del suelo.
– No entiendo por qué les ha afectado tanto, cualquiera diría que nunca han visto ustedes… Pero si se pasan la vida viendo cadáveres de personas, y esto, al fin y al cabo, no ha sido más que…
– Tienes toda la razón -reconoció Michael-, es que ha sido la sorpresa. Cuando lo llaman a uno para ir a ver un cadáver -continuó pensando en voz alta-, ya sabe a lo que atenerse. Pero esto ha sido algo inesperado… ¿No quieres decirnos nada más? ¿Aunque sea algo muy pequeño por lo que empezar a tirar del hilo?
– No puedo -le dijo Natacha-, es demasiado… No hasta que… Es que se trata de un delito… criminal…
– ¿Cómo que criminal?
– Lo que he descubierto ahora.
– ¿Y no hay nadie que lo sepa excepto Schreiber?
– Arieh Rubin también lo sabe -dijo finalmente-, pero también él se ocupa de unos casos… De él me puedo fiar por completo, porque no teme a nadie, no tiene ni Dios ni amo.
– Pero supongo que ahora no estará de humor para estas cosas, con lo de la muerte de…
– Rubin siempre está de humor para cualquier cosa -lo interrumpió Natacha-, Rubin es… ¿Cree usted que porque Tirtsa haya muerto él va a dejar de trabajar? Él sigue muy ocupado con su reportaje sobre los médicos y con la película de Beni Meyujas…
– Escúchame, querida mía -le gritó Balilti desde la puerta-, tú aquí hoy no te quedas, ¿me has entendido?
Natacha se quedó callada.
– ¿No tienes adonde ir? ¿Algún familiar, algún amigo?
– No tiene a nadie -se entrometió Schreiber-, está sola en el mundo, como suele decirse. Déjelo, que dormirá en mi casa.
– Ni hablar -intervino Balilti-, con todos mis respetos, pero eso va a ser de todo punto imposible, porque también usted, si no he entendido mal…
– ¿Se lo has contado? -le gritó Natacha-. ¿Qué es lo que le has dicho?
– Nada, te lo juro -le respondió Schreiber, poniéndose la mano sobre el corazón-, sólo me ha preguntado dónde hemos estado y le he dicho… Él ha deducido por sí mismo que hemos estado al lado de la casa de Aljarizi…
– No tienes por qué preocuparte -le dijo Balilti a Natacha-, que nadie se va a enterar por mí de nada. Pero lo de ir a dormir a su casa, no va a poder ser, porque cualquiera sabe lo que os puede estar esperando allí -y señaló a Schreiber-. Es muy probable que en su casa esté la otra parte del cordero, el cuerpo, así que mejor será que pasemos por allí y veamos cómo está la situación antes de que nos vuelvan a llamar. En cuanto a ella, ¿y si nos la llevamos con nosotros al despacho, y así, de paso, puede prestar declaración? -le dijo a Michael.
Schreiber permanecía en silencio mirando a Natacha.
– ¿No podría llevársela usted a su casa? -le preguntó, de repente, a Michael-. Yo ya me las arreglaré -añadió enseguida-; puedo ir a casa de mi hermana, aunque sea a medianoche. Vive en Shaarei Hesed, muy cerca de aquí. Pero lo que no puedo es llevar allí a ninguna chica, ni siquiera… Mi hermana es muy religiosa y tiene un montón de niños, no entendería que…
– Tú no eres nadie para decirme adonde tengo que ir -le dijo Natacha furiosa-, sé cuidar muy bien de mí misma y…
– Tú te vienes conmigo -sentenció Michael-, porque de cualquier modo tenemos que tomarte declaración, así que lo podemos hacer ahora.
Natacha cogió su bolso de lona, le dio una palmadita en el brazo a Schreiber, que en ese momento salía por la puerta, esperó a que Michael saliera a continuación y echó la llave a la puerta blanca de hierro. Después la dejó debajo del tiesto vacío que había a la entrada, y siguió obedientemente a Michael hasta el coche.
En menos de diez minutos estaban en la comisaría de Migrash Ha-Rusim. Una vez allí, él la guió hasta su despacho, puso encima de la mesa las carpetas de cartón apiladas en una silla al otro extremo de la mesa y le indicó que se sentara.
– ¿Un café? -le preguntó Michael, y ella asintió con la cabeza-. ¿Azúcar? ¿Leche?
– Solo -le respondió Natacha, y él le miró las huesudas manos y el flaquísimo cuerpo, y estuvo a punto de decirle que bien podría permitirse tomarlo con azúcar, aunque se limitó a dirigirse al termo del agua caliente que estaba en el pequeño cuarto adyacente.
Cuando regresó a su despacho con los dos cafés, vio que ella había colocado los brazos encima de la mesa y que tenía la cabeza apoyada en ellos. En el silencio que se hizo al cerrar la puerta tras de sí, oyó su respiración, muy rítmica, y creyéndola dormida se sentó en su silla, frente a ella, y empezó a remover el azúcar de su propio café. También ahora necesitaba (deseaba, ansiaba, anhelaba) un cigarrillo, se dijo a sí mismo, mientras miraba el desangelado café. Desde que había dejado de fumar le parecía que el café había perdido su sabor. Natacha alzó la cabeza. Tenía los ojos abiertos de par en par.
– Te he despertado -se disculpó Michael.
– Qué va, si no estaba dormida, sólo descansaba un momento -le dijo, y de repente le sonrió, dejando a la vista unos dientes blancos y menudos, unos dientes de niña pequeña-; mira por dónde resulta que aquí se puede descansar -se sorprendió-, porque se siente uno seguro.
Michael se rió.
– ¿De qué se ríe? ¿Qué va a poder pasarme aquí?
– Nunca he oído a nadie decir que se sintiera seguro en mi despacho. La palabra seguridad no es precisamente la que más he oído aquí -le dijo pensando en voz alta-, hay que ser realmente… No temer nada… Lo que quiero decir es que quien diga algo así no puede sentirse culpable de nada…
– ¿Y por qué iba a sentirme culpable? -se sorprendió Natacha-. ¿He hecho algo malo?
– ¿Desde cuándo tiene que ver una cosa con la otra? -le sonrió Michael-. Porque basta con estar vivo para que uno se sienta culpable.
Natacha cogió la taza de café con las dos manos y clavó la mirada en un punto indeterminado de la mesa.
– Habría que hacerle a alguien muchísimas perrerías para que dejara de sentirse culpable -le dijo Michael.
– Ah, pues en eso de hacerle a uno perrerías podría decir que tengo hasta una cátedra -dijo Natacha-; pero lo que no puedo soportar es que la gente se compadezca de sí misma. La mayoría de las cosas que te suceden desde que dejas de ser niño son responsabilidad tuya. No puedo con las personas que lloran por lo que les han hecho y que no piensan en su parte de responsabilidad.
– ¿Ni siquiera si las amenazan de muerte cuando están desempeñando su trabajo? -le preguntó Michael, y tomó un trago de su café sin apartar la mirada de la cara de ella.
Natacha miró el interior de su propia taza y después lo miró a él, antes de espetarle fríamente:
– Qué forma más elegante de volver a nuestro asunto.
Michael abrió los brazos con un gesto que quería indicar que no le quedaba otro remedio.