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– Ya te lo he dicho: estás aquí para que declares y nos aclares ciertos puntos. No puedes seguir guardando secreto sobre los informadores que…

– No sólo puedo, sino que debo hacerlo -dijo Natacha-: no me queda más remedio, mi carrera estaría completamente acabada si ahora digo aunque sea media palabra. Y, además, ¿qué me va usted a hacer?, ¿encerrarme?

– Pues entonces -le dijo Michael después de un breve silencio-, sin entrar en detalles, dime quién puede estar interesado en dejarte de recuerdo un regalito como ése. ¿Alguien te odia? ¿Tienes algún enemigo?

Natacha se rió por lo bajo.

– ¿Quién no los tiene? -preguntó al instante-. Basta con que… ¿Cómo lo ha formulado antes? Basta con estar vivo para que alguien te odie o sea tu enemigo, aunque no hayas hecho nada. Pero si encima quieres ser periodista, eres joven, y tienes un lío con el director de los informativos de la cadena, entonces ya…

– Crees que has podido despertar envidias -le dijo Michael tranquilamente.

– Sí, pero eso no tiene nada que ver con… -empezó a decir, pero se arrepintió.

– ¿No tiene nada que ver con la cabeza de cordero?

– Sí, eso es por lo de la investigación que estoy llevando a cabo ahora, es como si… quisieran meterme miedo porque he descubierto algo importante. Pero yo no tengo miedo, sino todo lo contrario, porque sé muy bien que los he puesto muy nerviosos.

– Con esas sumas de dinero, no es de extrañar -dijo Michael-, habrá incluso que pensar en ponerte protección policial.

– ¡Protección! -clamó ella-. ¿Un guardaespaldas, o algo parecido? ¿Alguien que me siga a todas partes y sepa siempre lo que estoy haciendo?

– Tenemos que pensarlo -dijo Michael-; ya veremos.

Después de un momento de silencio, Natacha le preguntó con un tono infantil si se podía quitar las botas.

Michael abrió las manos como dándole a entender que tenía su permiso y se quedó mirándola mientras se las quitaba con gran esfuerzo y estiraba las piernas hacia delante.

– Natacha -le dijo de repente Michael, y ella se incorporó en su silla y lo miró con unos ojos abiertos como platos-, ¿crees que la muerte de Tirtsa Rubin fue un accidente?

– Yo… -se sorprendió-, yo… Pues no tengo ni idea… No es una gente que… Yo no sabía nada de ella.

– Sí, ya lo sé, pero ¿tú que crees?

Natacha se quedó en silencio.

– Porque a Rubin sí lo conoces bien -le dijo Michael.

– A Rubin sí, pero él… -se detuvo como si estuviera buscando la palabra adecuada-, es la persona más…, de verdad, la más… No hay mucha gente como él, créame, y sé cosas personales suyas que… -y un tono de orgullo se había mezclado en sus últimas palabras.

– ¿Como qué, por ejemplo? -le preguntó Michael, como quien le pregunta a un niño por sus logros.

– Por ejemplo…, por ejemplo… lo mucho que ha ayudado a Niva, sobre todo desde el punto de vista económico…; porque no podía reconocer al niño así como así para que todo el mundo se enterara, pero nunca la ha abandonado… O con su madre, por ejemplo.

– ¿Qué le pasa a su madre? -le preguntó Michael.

– Que está en una residencia, en Baka. ¿Conoce usted esa residencia de ancianos que está en la carretera de Belén? ¿Esa que es para los que vinieron de Europa? ¿Tiene usted idea de lo que cuesta al mes? ¿Y quién cree usted que se lo paga?

– Es hijo único -le recordó Michael.

– Y no tienen más familia, porque son supervivientes del Holocausto. Y ella tiene ya… Todos los días tiene que ir a visitarla, para hablar con los médicos y todo lo demás. Hace unos días tuvo que… porque se le había terminado una de las medicinas… Y Rubin lo dejó todo, el reportaje a medio montar, y salió corriendo para llevarle lo que necesitaba…

– ¿De qué medicamento se trataba?

Ella lo miró muy sorprendida.

– No tengo ni idea -le dijo-, ¿qué más da? Era algo para el corazón, pero no me acuerdo, sólo que era algo muy urgente, no sé… Yo estaba allí por casualidad cuando lo llamaron, y eso es lo que me pareció entender… Pero eso no tiene importancia, lo que importa es que Rubin es una persona maravillosa…

– ¿Y Beni Meyujas?

– A él no lo conozco tanto… Aunque es el mejor amigo de Rubin, así que seguro que…

– ¿Y Hefets? -le preguntó Michael.

– Hefets -dijo Natacha poniendo los ojos en blanco-, Hefets es otra historia.

– ¿En qué sentido? -le preguntó Michael.

– Es uno de esos tipos que… No se lo puedo explicar, es que no es una persona fácil, no es como… La gente sólo le hablará de lo ambicioso que es, pero puede llegar a ser una persona muy… cálida y atenta. Es que yo no… En resumen, que es muy complicado…

– Habéis mantenido una relación muy estrecha -le recordó Michael-, una relación íntima, ¿podría decirse que fue una relación amorosa?

– No podría -sentenció Natacha-, nunca lo he amado, ni por un solo instante, él sólo… yo… Si alguien mayor y tan importante como él simula interesarse por alguien como yo, pues… Fui incapaz de permanecer impasible…, indiferente…

– ¿Como si lo estuviera de verdad pero sin estarlo? -preguntó Michael.

– ¿Cómo? -dijo ella confundida.

– Que simulaba estar interesado por ti sin estarlo -le explicó.

– Pues ¿qué se había creído usted? -le preguntó ella en tono burlón-, ¿que alguien que me dobla la edad, que es el director de los informativos, casado desde hace un millón de años y con hijos ya mayores, podía ir en serio conmigo?

– ¿No crees que alguien pueda enamorarse de ti de verdad? -le preguntó Michael.

Ella se quedó mirándolo largamente, bajó los ojos y dijo:

– Ni siquiera sé lo que es eso, es decir… que una persona ame a otra. ¿Qué es lo que eso significa, exactamente?

– ¿Y qué hay de Schreiber? Él se preocupa por ti y hasta se pone en peligro.

– Él… -dijo confusa-, lo suyo es compasión, o… incluso podría decirse que… Schreiber es simplemente una persona con un corazón de oro, eso es lo que es, pero eso no tiene nada que ver con el amor -y volvió a apoyar la cabeza sobre los brazos-. Estoy muerta de cansancio -le dijo, ahora con una voz muy apagada-, así que si quiere algo escrito por mí, hagámoslo ahora, antes de que me quede dormida aquí en la mesa.

A las seis de la mañana, cuando el cielo estaba todavía completamente oscuro y la lluvia volvía a hacer su aparición, ya estaban también Balilti y Schreiber en el despacho de Michael, removiendo el azúcar de sus respectivos cafés. Balilti, además, estaba muy atento a las carreras que oía por los pasillos, a los ruidos chirriantes de los walkie-talkies y a las sirenas de los coches patrulla.

– ¿Qué habrá pasado ahora? -preguntó Balilti-. Llama tú a vuestros radioescuchas y yo llamo al mío -le dijo a Schreiber-, y a ver quién se entera antes -lo picó-. Aquí no hay cobertura -masculló Balilti y salió al pasillo, acompañado de Schreiber.

Pasados unos minutos regresaron de nuevo.

– No me lo puedo creer -dijo Balilti-, no hay… ¿Cómo sueles decirlo tú, Michael? Ah sí, «Los caminos de Dios son inescrutables».

– Eso no es exactamente lo que yo digo -lo corrigió Michael.

– Vale, pues ¿qué es lo que dices?

Michael suspiró.

– De acuerdo, perdona, «Los milagros son ilimitados», eso es lo que dice. ¿Me oyes? -y miró a Schreiber.

– Pobrecillas -dijo Schreiber-, me dan muchísima pena.

– Pero ¿qué es lo que ha pasado? -preguntó Natacha, mientras se ponía una de las botas.

– Las mujeres de los despedidos de la fábrica Jolit -le dijo Schreiber.

– ¿Qué es lo que les ha pasado? -preguntó Natacha.

– Pues que se han metido en un buen lío -dijo Balilti rascándose la coronilla-. Las entiendo muy bien, pero en menudo lío se han metido… ¿Lo habéis oído? Todos los vehículos de la fábrica, unos siete camiones…