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– También vino Hagar. Es decir, no aquí, sino que fue allí, a mi despacho; créame si le digo que ya no sé ni dónde estoy… Pero no importa, el caso es que Hagar llegó, se plantó delante de mi escritorio y ya no cerró la boca: que si no lo había visto, a Beni Meyujas, desde el día anterior; que si ya había empezado a preocuparse la víspera… Porque, por lo visto, Beni había llegado a la televisión con su actriz, antes de que llegara Tsadiq… La actriz, esa chica etíope, se me ha olvidado cómo se llama, pero es etíope, ¿no? No es que me importe, pero todos la llaman «la india», «la india de Meyujas», pero me parece que es de Etiopía, y que fue ella la que no quiso decir que era etíope y prefirió que pensaran que… Creo que nadie sabe nada de ella, puede que solamente Beni y Hagar; y ellos… En este lugar no se crea usted que todos son muy abiertos… En nuestro trabajo los hay que son muy clasistas… ¡Huy, ya lo creo! Sobre todo los técnicos… Tiene una piel muy oscura, aunque quizá no lo suficientemente oscura, no sé si hay etíopes más… Bueno, no importa… El caso es que la chica esa me contó que ayer, cuando estaba con Beni en su casa, llegó alguien que quería hablarle. Ella no vio quién era, porque estaba… en otra parte de la casa… puede que en el cuarto de baño…; ella dice que en el cuarto de baño, pero yo… no quisiera tener que decirle a usted cuál es mi opinión… Sí, creo que eso es lo más probable…, porque es más que sabido que los directores y sus actrices… Yo no digo que él no… con Tirtsa y todo eso… Claro que Beni está de duelo. Está destrozado. Pero eso no tiene nada que ver. Quiero que entienda usted que eso no tiene nada que ver. Me acuerdo de una vez, cuando era muy joven, que estuve… con un pariente que era ya mayor. Entre tanto, él también ha muerto, el pobre. Dos días después de que su mujer muriera de cáncer, nadie me lo dijo, pero creo que fue de cáncer, yo estaba allí, en su casa… Bueno, la verdad es que era ella la que era familia mía, una prima de mi madre… Yo estaba haciendo el servicio militar y mi madre me dijo: «Ve a visitarlo, Aviva, ve, chatita». Mi querida madre, que Dios la tenga en su gloria, yo era su pequeñita, ¡cuánto me quería! Como yo era una niña buena, pues le hice caso. Siempre le hacía caso. Todo lo que ella me decía, yo lo hacía. Así que cuando me dijo: «Aviva, chatita, el tío Shmulik está de duelo, vete a verlo y a ver si consigues que se anime un poco y deje de pensar en eso», yo la obedecí, y para allá que me fui, a pesar de que no me apetecía nada. Y no me apetecía porque tenía como un mal presentimiento. Ya le he dicho que hay personas que notan las cosas con antelación. En un momento en que fui a la cocina a tomar un poco de agua, él me acorraló allí, en un rincón. Allí, junto al fregadero, empezó a contarme que no habían sido felices juntos, él y su mujer, y eso con el cuerpo de ella todavía caliente y habiendo estado casados durante más de treinta años; él tendría unos cincuenta y pico, con hijos ya mayores, y yo no había cumplido los veinte, pero me acorraló en la cocina, estando de duelo por ella, se lo juro, eso fue lo que me dijo, al tiempo que empezaba ya a toquetearme, primero sólo la cara, pero luego pasó ya a acariciarme por todas partes. ¿Por el dolor que sentía?, ¿por la pena? Yo la he visto, es una chica muy guapa, de eso no cabe la menor duda, guapísima, para quien le gusten así, delgadas, con el pelo oscuro y la cara blanca… Es cuestión de gustos…, a mí, personalmente…

»Pero ¿dónde estaba? Ah, sí, en que no encontrábamos a Beni, y entonces Rubin dijo: «Yo me encargo de buscarlo»; pero Tsadiq le gritó: «Tú no tienes tiempo para esas cosas, no pierdas el tiempo. ¿Tienes listo tu reportaje?». Y Rubin le respondió: «Perfectamente terminado. Ayer traje el material que me dio la madre del chico que fue interrogado… No te haces una idea de los médicos que andan sueltos por el mundo, auténticos colaboradores de los servicios de seguridad del Estado. Lo tengo todo listo… Y prepárate para el escándalo», y entonces Tsadiq suspiró, porque sabía que iba a tener problemas con el portavoz del hospital, con el ministro de Sanidad y con… Pero…

En el despacho contiguo, al otro lado de la ventana cubierta con una pesada cortina, oyeron el rechinar de la silla de Aviva, sus sollozos y los ruidosos tragos de agua que daba. Rafi se apresuró a cambiar la cinta del magnetófono.

– Ésta tiene diarrea mental -dijo-, menudo pico -añadió muy bajito, y le dio al botón del amplificador-. Habla, habla y habla sin que ni siquiera sea necesario preguntarle nada, nunca en mi vida había oído nada igual…

Ahora volvían a oírse unos sollozos ahogados y un balbuceo: «Perdone, pero no puedo…», seguido de una tos profunda y ronca.

– Es por el tranquilizante que le han inyectado -dijo el sargento Ronen-, a algunas personas no las seda sino que les produce el efecto contrario, como si les desbloquearan los frenos.

– Lo que es ésta, dudo que haya tenido los frenos bloqueados alguna vez – masculló Rafi-; pero si parece que…

– Dime -susurró Liliana cuando oyeron a Michael preguntarle a Aviva si se veía con fuerzas para continuar-, ¿qué le pasa a Ohayon, que no dice nada? -y mirando a hurtadillas por una esquina de la parte derecha de la cortina añadió-: ¿Cómo es que ella habla de corrido si él no dice ni media palabra?

Rafi arqueó la boca, se acarició la rubia perilla y dijo:

– Confía en él, eso es lo que hace siempre: la está mirando fijamente con esos ojos suyos, no le quita los ojos de encima; y créeme, con eso basta.

– No siempre es así -dijo el sargento Ronen-, primero pregunta, a veces empieza haciéndoles muchas preguntas… Pero en esta ocasión la verdad es que no ha preguntado gran cosa, le ha bastado con decirle que le cuente todo lo que ha pasado: «Tú no te preocupes por nada y limítate a contarme a mí todo lo que se te venga a la cabeza; tranquila, que me lo estás contando a mí». Cada una de las palabras que pronuncia Michael están más que calculadas, porque ¿te has fijado las veces que ha dicho «a mí»? Es decir, que le ha dado a entender que la está escuchando especialmente a ella, de una manera personal, y a veces eso basta, un poco de trato personal, porque ¿qué es lo que la gente busca, en realidad? Lo que busca la gente es…

– Silencio, que no me dejáis oír -lo cortó Rafi-, que ya vuelve a empezar a hablar.

– Mejor será que me pase la botella…, así no tendré que pedirle más… ¿Por dónde iba? Ah, sí, que todos entraban y salían, y entre ellos Niva, que entró buscando a Hefets cuando estaban en plena reunión, y entró Dani Benizri, y después alguien más… No me acuerdo…, no tengo una lista de todos, ¿cómo voy a tenerla? Solamente la tienen los de seguridad, abajo, ellos sí saben quién está dentro y quién fuera, pero ¿yo? Me limito a anotar las citas, y ya les he entregado a ustedes mi agenda… La ha cogido el agente…, el de los ojos verdes… ¿Se llama Eli, verdad? Eli Bahar. Muy agradable, pero es casado. Ya se lo he dicho antes, los mejores ya están casados… ¿Que no? Bueno, dejémoslo… ¿Dónde estábamos? Hubo un momento en el que todos salieron y Tsadiq se quedó solo, sin nadie más en el despacho, porque se quedó a hacer un par de llamadas… Eran ya las diez y media y el informativo seguía sin estar terminado, y todo el que entraba se detenía a mirar en la pantalla del monitor lo que estaba pasando en los cruces de carreteras con las mujeres de los despedidos esos y la embarazada, ¿Eti?, ¿Eti, se llama?, que se había encadenado al volante… Y todos andaban buscando a la ministra de Trabajo y Asuntos Sociales; y al final la encontraron, pero mire que tardaron… Ni siquiera su consejera parlamentaria sabía dónde podía estar… Y ahora todo dependía de mí… Si no dábamos con la persona a la que buscaban… No importa… Yo… lo único que he pretendido siempre es cumplir con mi deber y volver a casa tranquilamente al final de la jornada, ¿me entiende? Por supuesto que estoy sobradamente cualificada, me han hecho muchas ofertas…, hubiera podido…; pero nada me parece lo suficientemente bueno al lado de la seguridad de una nómina, porque una mujer sola no se las puede arreglar sin una seguridad económica; aunque eso de hablar de seguridad económica quizá sea exagerado, porque cualquiera diría… Tengo un sueldo de miseria, créame, un sueldo mínimo, pero con las horas extra y los años de antigüedad… Siendo soltera no me puedo permitir tirar todo esto por la borda, ¿me entiende, verdad? Soy así, no tengo espíritu aventurero, hace tiempo que comprendí que es mejor mantener lo que se tiene en lugar de apostar por cosas nuevas. Pero ¿por dónde íbamos? Eran las diez y media, alcé la cabeza y vi que no había nadie, puede que Tsadiq los hubiera echado a todos, no lo sé… Hubo un momento en el que allí no había nadie, yo estaba hablando por teléfono y no me di cuenta, hasta que de repente, levanto la cabeza y tengo delante de mí a esa persona, al quemado. Casi pego un grito… Imagínese, primero veo una mano, porque puso la mano encima de mi mesa; pero no oí sus pasos, probablemente porque estaba hablando por teléfono; me dijeron que subía; Alón, el oficial de seguridad, me lo dijo desde abajo, que ese tipo iba a subir, pero lo que yo no sabía era que… Me llamaron por teléfono, ya sabe, alguien de la policía, de los suyos… No lo sé… ¿No fueron ustedes? Vale, vale, pues serían otros, pero dijeron que eran de la policía y se llevaron algunos dossieres. Pero eso fue antes… Lo sé porque Tsadiq se puso furioso y los echó a patadas. ¿Usted no sabía nada de todo eso? Pues Tsadiq llegó a hablar hasta con el comisario jefe, ayer mismo, ¡y menudos gritos le daba! Porque Tsadiq creía que ustedes querían aprovecharse de la situación para averiguar quién había dado el chivatazo de lo del escándalo que tuvieron ustedes por… Pero eso ahora no viene a cuento… El caso es que yo estaba al teléfono y, de repente, la mano ésa, de un tono entre marrón y rojo, encima de la mesa, delante de mí, como la mano de Frankenstein en una película de terror… No puedo soportar ese tipo de películas, porque para película de terror, la de cualquier persona que viva sola, así que no necesito ver eso también en el cine… ¿me entiende? Vi la mano y casi doy un grito… Pero no grité, sino que me quedé mirándolo, espero que no me viera nadie, aunque ahora ya ¿qué más da si él también se dio cuenta o no? Y en ese preciso momento, Tsadiq abrió la puerta y se quedó mirándolo, con el sombrero negro, la barba, un abrigo negro, y todo lo demás. Si me pregunta algo de él, no le podré decir más, porque no sé nada más, excepto que tenía una voz muy bonita… como… la de un locutor» de radio, y hablaba como un israelí nativo. Entonces Tsadiq lo hizo pasar a su despacho y me dijo: «No me pases ninguna llamada hasta que yo no salga y te lo diga. Que nadie me moleste».