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– Ha hablado de ti -le susurró Rafi a Balilti, que acababa de aparecer en la puerta-, ha contado cómo se llevaron los dossieres…, ésos a por los que tú mandaste… Ha dicho que pretendías aprovecharte de la situación…

– Pues muy bien, dicho está -soltó Balilti con indiferencia-, pero eso fue antes de que Tsadiq… -y se pasó el dedo por el cuello de lado a lado.

Un ligero rubor cubrió las mejillas pecosas y recién afeitadas de Rafi.

– ¿Qué insinúas, que si hubiéramos sabido lo de Tsadiq no te habrías llevado los dossieres? -le preguntó intrigado.

– Hacedme el favor los dos y no empecéis como ayer en la reunión -dijo Lilian con temor-. Como en la reunión de ayer, no, por favor…

– No, guapo, no es lo que tú crees -le dijo Balilti a Rafi-, si hubiera sabido que iban a degollarlo de esa manera me habría quedado a esperar, porque justamente ahora vamos a poder meter las narices hasta en el último rincón del edificio sin que nadie nos moleste…

– ¿Podéis callaros un momento? -les pidió el sargento Ronen-, que no me dejáis oír.

Balilti se calló y miró la ventana, apartó ligeramente el borde de la cortina hacia un lado y atisbo a través del falso espejo.

– Nos ha pedido que mantuviéramos la cortina corrida -le susurró Lilian.

Y Balilti la miró con la cabeza ladeada, movió los labios como si quisiera decir algo, y finalmente se limitó a emitir un largo «jjjjja» antes de dejar caer la cortina. A los allí presentes no les cupo la menor duda de que lo que había querido decir era «jjjjjaputa».

– La verdad es que tampoco era la primera vez que Tsadiq pedía que no lo molestaran. Al cabo de media hora, entre los que iban y venían, todos se juntaron allí, Hefets, Niva, Natacha, el de los sindicatos, el del seguro, que llevaba buscando a Tsadiq un montón de tiempo y con el que por fin tenía una cita, Shoshana, la de vestuario, que quería hablar con él, y yo, como un perro guardián, a la puerta, vigilando para que nadie lo molestara. Y de repente se oyó como un gran tumulto, todos los televisores estaban encendidos a todo volumen, así que no se oía nada de lo pudiera estar pasando allí dentro. Al cabo de unos veinte minutos salió del despacho de Tsadiq el religioso… Sí, el quemado. Cualquiera hubiera esperado de él que llevara guantes, que ocultara las manos, pero no, parecía que lo hacía adrede, y al salir me miró, me dijo adiós muy educado, despacio, como si no tuviera ninguna prisa. Pero ¡cómo me miró! No sé cómo explicárselo, pero tuve miedo de él. Asco no, miedo. Bueno, no importa, el caso es que me dijo adiós y se marchó. Y después de eso, Tsadiq volvió a decirme por teléfono (no, no salió de su despacho, me lo dijo por teléfono): ¿Me podría dar más agua?

»Lo oí por el interfono, en realidad: «Aviva, no me pases más llamadas. Hasta que yo no salga del despacho no quiero hablar con nadie, ¿me has entendido?». Lo entendí perfectamente, ¡claro que lo entendí!, ojalá también yo tuviera a alguien a quien decirle que no me pasara las llamadas. Sí, pues claro que eso sucedía a veces, cuando estaba con alguien o tenía una llamada importante al teléfono. Entonces me decía que no le pasara ninguna otra llamada y que no dejara pasar a nadie. Solamente que ese día todos lo estaban buscando o llamando por teléfono: la secretaria del director general, el presidente de la Radio-Teledifusión, el presidente del sindicato, la portavoz de la ministra de Trabajo y Asuntos Sociales, el agente de seguros, que ya se había bajado al bar hasta que… ¿Y quién no? Si hasta la mujer de Dani Benizri, el defensor de los obreros despedidos, lo hizo, ¿quién no iba a llamarlo entonces? Y todo consta por escrito, usted mismo puede comprobarlo, todas las llamadas entrantes, está todo registrado, no solamente a través de la compañía telefónica, sino en mi agenda también, todas las llamadas entrantes y salientes…

Al otro lado del falso espejo oyeron decir a Michaeclass="underline" «Espere aquí un momentito», y una silla rechinó al retirarla hacia atrás, una puerta se cerró y, al cabo de un instante, estaba allí con ellos.

– Lilian -le preguntó en un susurro-, ¿sabes si Tsila ha conseguido ya la lista de las llamadas entrantes?

Lilian asintió con un gesto de la cabeza.

– ¿También las del móvil de Tsadiq?

– Todo -le aseguró Lilian-, Tsila lo tiene todo junto, incluidas las horas. Y también las de los dos días anteriores. Las de ayer y las de anteayer. Y si las quieres, te puede proporcionar también todas las llamadas de la semana.

– Quiero verlo antes de nuestra reunión -dijo Michael-; diles que quiero una copia cuando termine con… -y señaló con la cabeza en dirección al cristal-. Quiero verlo y que haya una copia para cada uno.

Lilian asintió con la cabeza, mientras Michael observaba el palillo que llevaba entre los dedos, después se lo metió entre los labios y volvió corriendo a su despacho.

– Poco a poco habían ido llegando varias personas a mi despacho, donde se quedaron esperando; a eso lo llamaba él «dos minutos y vuelvo», a eso lo llamaba él «venga usted a las diez». Tsadiq hacía mil y una promesas, ¿y a quién le llovían luego las quejas? Pues a mí, a nadie más que a mí. Hefets me gritaba a mí, porque ¿quién era yo para decirle que no se podía entrar? Pero como le repetí lo que Tsadiq me había dicho, pues no le quedó más remedio que marcharse. Pero a los diez minutos volvió… Serían las once y cuarto… Y la Natacha esa sin decir palabra, allí esperando en un rincón, pacientemente. Dicen que las periodistas jóvenes… que…, es decir, que son capaces de cualquier cosa por…; pero Natacha no parece que sea de ese tipo de…; no lo sé, pero hay algo en… Como si no fuera una mala chica, ¿me entiende? Los hay que matarían a su madre por…, pero Natacha no, aunque es de lo más terca. Siempre se pone… Creo que llegó hacia las diez, después de que el religioso se hubiera marchado, pero no lo sé con exactitud. Llegó, se colocó allí y no se movió más. Lo estaba esperando, o mejor sería decir que lo estaba acechando. Y también llegó la portavoz de la Radio-Teledifusión, y… sí, el electricista…, el de mantenimiento, que estuvo bromeando conmigo, y también un periodista del Times, al que también había prometido atender, aunque no sé cómo… Pero eso no importa, el caso es que pasaba el tiempo y él no salía. Eran ya las once y cuarto y él tenía una cita fuera. Entonces lo llamo por el interfono, y no me contesta. Me levanto, llamo a la puerta, y no me contesta. Intento abrir, pero está cerrada, lo llamo al móvil, y no responde; hasta que al final… Hefets me mira y dice: «Esto no me gusta, Aviva, ¿y si le ha pasado algo?». Ésas fueron exactamente sus palabras. Y si quiere que le diga la verdad, yo también había empezado a sospechar que le había pasado algo. Porque nunca había hecho… No… tampoco se puede decir que nunca lo hubiera hecho, eso de encerrarse así…; pero ¿durante tanto rato? Yo ya no sabía qué pensar. Además, se me pasó por la cabeza lo de las dos personas que ya habían muerto. Una de ellas ayer. Aunque fuera del corazón. A Tsadiq podía muy bien pasarle lo mismo.