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Fue Hefets el que dijo que aquella taquilla alta y estrecha había sido desplazada del sitio en el que llevaba años apoyada, contra la puerta, que con el tiempo había acabado por ser olvidada.

– ¿Olvidada? -le preguntó Michael-. ¿O sea que se había sabido de su existencia y después fue olvidada?

Hefets pareció encogerse ante la mirada de Michael, y abriendo los brazos como en un gesto de asentimiento, replicó:

– Yo mismo ni me acordaba de que lo sabía, puede que lo supiera, pero no podría jurarlo, y si lo supe alguna vez, ni tan siquiera fui consciente de ello. Además, es bien sabido que los lugares que uno mejor conoce -prosiguió con su explicación- y por los que se mueve todos los días, suelen ser en los que menos se fija. Lo evidente es como si no existiera. Esa taquilla llevaba ahí años, y ni siquiera sabíamos que no estaba en uso. Hubo un tiempo en que contuvo material de oficina, ahora me acabo de acordar, folios, grapadoras y cosas así. Estaba cerrada con llave. También ahora está candada, ¿no? ¿No han sido ustedes los que la han abierto?

– Sí, la hemos abierto nosotros -le confirmó Eli Bahar-, pero nadie tenía la llave -le recordó-, ni de la taquilla ni de la puerta oculta.

– Estoy segura de que nadie la había visto porque la taquilla llevaba años ocultándola -dijo Niva, poco después de que desalojaran el despacho de Tsadiq y se llevaran el cadáver en una camilla, antes de los interrogatorios en la comisaría de Migrash Ha-Rusim, mientras se encontraban aún en el despacho de Hefets, no lejos de la sala de redacción-, pero le digo -exclamó muy nerviosa- que ni siquiera nos fijamos en que habían corrido la taquilla, y aunque aquí hay gente a la que no se le escapa una, nadie se dio cuenta. Yo, personalmente, no le puedo decir si la taquilla cambió de sitio ayer, si lo ha hecho hoy o si la movieron hace una semana, porque ni me había fijado. Suelo ir mirando el suelo al caminar, y además vengo muy poco por aquí.

– Pues ésa es justamente la cuestión -dijo Arieh Rubin-, que resulta paradójico que haya tenido que venir alguien de fuera para fijarse en los detalles para los que nosotros ya estamos ciegos. ¿Se da cuenta -le dijo ahora a Michael- de que fue toda una suerte que saliera usted al pasillo?

En el interior del despacho, detrás de una estantería en la que se alineaban varios trofeos y colecciones de banderitas, cajas de cerillas y tapones de botellas de vino, y que tenía un estante con bebidas alcohólicas -no se trataba de un bar, sino de un simple estante-, había una cortina cuyo extremo inferior se encontraba desplazado hacia un lado, como si alguien hubiera empujado la estantería por abajo, la hubiera corrido un poco de donde estaba, y no hubiera vuelto a enderezar la cortina. Al ver aquello, Michael se había agachado y había descubierto, de repente, una superficie clara de madera y algo que parecía el marco de una puerta. Salió entonces del despacho, se dirigió al pasillo, y fue abriendo puerta tras puerta y mirando dentro. Muy cerca de una de las puertas, casi tapándola, pero no del todo, había una taquilla de hierro. Presionó el picaporte con decisión, aunque sin esperanza alguna y, súbitamente, la puerta se abrió hacia un pequeño espacio, una especie de hueco rectangular que llevaba a otra puerta. Intentó abrirla, pero algo la obstruía. La empujó con fuerza y notó cómo al otro lado de la puerta algo se tambaleaba, seguido de la voz de Yafa:

– ¿Qué pasa ahí? Ahí hay alguien… -exclamó muy asustada-. ¿Quién está ahí?

– Espera un momento -gritó Michael, y regresó de inmediato al despacho de Tsadiq.

Entre todos apartaron la estantería, Michael corrió la cortina y dejó al descubierto la puerta.

– Perdona un momento -le dijo Yafa muy tranquila, pero apartándolo casi de un empujón, mientras procedía a empolvar el picaporte y la estantería en busca de huellas dactilares.

– ¿La han utilizado, verdad? -le preguntó Michael-. ¿Han abierto esta puerta, no?

– Pues claro que la han utilizado -le respondió decepcionada-, no cabe la menor duda de que la han abierto hoy mismo, porque, si no, hubiéramos encontrado algo, por lo menos polvo o alguna telaraña, algo. Pero mira, aquí no hay nada -dijo furiosa-, ni siquiera… Bueno pero ¿qué te esperabas? ¿No pensarías que iba a entrar alguien a asesinarlo dejando sus huellas dactilares en el picaporte? ¿O acaso creías que iba a dejar ahí plantada toda la mano, o por lo menos el pulgar?

– ¿Nada? -le preguntó Michael.

– Rien de rien -masculló Yafa-, hay huellas en la estantería, en las botellas, lo normal, pero nada en el picaporte, ninguna huella dactilar al menos. Pero ya encontraremos alguna otra cosa; no te preocupes, que algo sin duda encontramos, porque, tal como nos han enseñado, todo lo que se toca…

– Deja algún rastro de algo -completó la frase Michael con un hilillo de voz y un suspiro.

– ¿Por qué no te lo crees? -se empecinó Yafa en insistir, al tiempo que se arrodillaba al pie de la estantería y recogía delicadamente con las pinzas un pelo que había en la moqueta-. Hazme el favor -le dijo antes de que Michael pudiera contestar-, tráeme de la bolsa que hay al lado de la puerta una bolsita de plástico; pídesela a Rafi, él te la dará -y antes de que a Michael le hubiera dado tiempo a moverse la oyó gritar-: Rafi, o alguien, pasadme una bolsita para este pelo -y Michael, que se encontraba entre Yafa y un chico al que no conocía, alargó la mano, recibió la bolsita y se la tendió a ella-. No me has contestado: ¿lo crees o no? -prosiguió ella después de sentarse en la moqueta, meter el pelo en la bolsita, sellarla y quedarse mirando aquel pelo muy esperanzada.

– ¿Qué cosa? ¿Que en todo lo que ha sido tocado acaba por aparecer algún rastro? La verdad es que la experiencia nos dice que sí, que eso es lo que suele suceder -le dijo Michael muy pensativo-, pero, como muy bien sabemos, en muchas ocasiones no se trata más que de un golpe de pura suerte…

– ¿Cuándo ha sucedido que no te hayamos llevado algo? -le dijo Yafa muy ofendida-. Después de todos los casos en los que hemos trabajado juntos, creía que tú…

– No, no -se apresuró a apaciguarla-, pero si no me refería a eso, si sois un equipo maravilloso, eso está fuera de toda duda, pero siempre…

– Los principios son siempre difíciles -admitió Yafa, quien a pesar de no haberle dejado terminar la frase sabía muy bien lo que Michael se temía-. Hasta que todo el material se pone en orden, hasta que se comprueban todos los detalles, la sensación que tiene uno es la de que nunca se va a llegar a nada… Pero al final siempre aparece algo -concluyó, no se sabe si para animarlo a él o a sí misma, mientras movía de lado a lado la cola de caballo que le recogía el pelo-. Y aquí hemos tenido mucha suerte, porque hemos llegado de inmediato, antes de que nadie haya podido… Ha sido una suerte que te llamaran enseguida. ¿Quién ha sido? ¿Ronen?

– Ronen -le confirmó Michael.

– ¿Lo teníais destinado aquí como infiltrado? Por eso no lo vi en el trabajo estos días. ¿Tsadiq lo sabía? -se interesó Yafa.

– Sí, lo sabía -suspiró Michael-, Ronen estaba aquí con su consentimiento, por lo de Mati Cohen…

Aunque habían pasado solamente dos días desde que había hablado con él, a Michael le parecía que la conversación con Tsadiq acerca de los resultados de la autopsia que le habían hecho a Mati Cohen había tenido lugar hacía muchísimo tiempo, lo mismo que lo que le había contado a Tsadiq sobre la sobredosis de Digoxina hallada en el cadáver.

– ¿Qué es la Digoxina? ¿No es algo que se les suministra a los enfermos de corazón? -había preguntado Tsadiq-. Porque me suena mucho, creo que Mati Cohen… ¿O me lo diría él?

Michael le había explicado que ese medicamento de uso tan extendido se obtenía de las hojas de la digital y que la digitalina, la sustancia que se extraía de esa planta, era ya conocida en el siglo XVIII por su efectividad para controlar las arritmias, aunque se trataba también de un producto muy peligroso.