– Es sabido, en medicina, y los enfermos de corazón también son conscientes de ello -Michael le repetía a Tsadiq lo que le había contado la forense que había realizado la autopsia-, que el mayor problema que tiene la Digoxina es el escaso margen que permiten las dosis y los efectos secundarios, que pueden llegar a ser mortales si se administra una dosis alta -y después, ya para sus adentros, Michael había estado pensando en el nombre de la planta, digital, que regulaba los latidos del corazón como si de un reloj digital se tratara… Luego, cuando Tsadiq se levantó de su silla con cara de susto, poniéndose la mano abierta sobre el pecho para después masajearse el brazo izquierdo, Michael añadió que ésa era la razón por la que Mati Cohen se hacía constantes análisis de sangre y chequeos, para comprobar la concentración de Digoxina en sangre, y que mientras que dos días antes los resultados habían sido normales, en la autopsia resultó que la cantidad de Digoxina en sangre era cuatro veces más alta de lo normal.
– ¿Cuatro veces superior? -había dicho Tsadiq muy asustado-. ¿Cómo es eso posible? ¿Tomó demasiada? ¿Por error o adrede?
– Resulta difícil de saber -había dicho Michael-, es difícil saber si la tomó a sabiendas o por equivocación, o si se la dieron -y en su mente se agolparon los distintos ritmos del corazón, el correcto, el desbocado y el muy lento.
– ¿Cómo que se la dieron? ¿Te refieres a que pudieron envenenarlo? -había dicho un Tsadiq completamente atónito-. ¡No me hagas reír! Pero esto qué es… O sea que ahora a alguien le ha dado por ir envenenando a la gente… -añadió con pánico ya, para acabar diciendo-: Eso no pueden ser más que habladurías, porque no tenemos ninguna prueba de tal cosa, ¿verdad?
A pesar de estas palabras, Tsadiq había autorizado, y sin oponer demasiada resistencia, que el sargento Ronen se infiltrara en la cadena como contratado temporal, concretamente como electricista del departamento de mantenimiento («con la única condición de que me des tu palabra de honor de que no se va a acercar a mis papeles para intentar averiguar quién filtró la información», le había advertido Tsadiq a Michael. «Y como me fío de ti y me preocupa la historia esa de la Digoxina, no es que quiera decir que alguien…»). Así fue como en el mismo momento en el que Aviva avisaba al guardia de seguridad, Ronen hacía lo propio con Michael, que gracias a eso pudo llegar al lugar de los hechos antes que el médico forense y que el resto del equipo.
Ahora se encontraba mirando los abundantes rizos rubios de Aviva, que había bajado la cabeza para ocultar el rostro entre las manos. El intenso color rojo del esmalte de sus largas uñas resplandecía sobre el fondo de unas manos blanquecinas y en sus oídos seguía resonando el timbre de su voz; no el tono débil y mortecino con el que llevaba hablando durante la última hora, sino el gangoso y quejumbroso con el que había repetido una y otra vez las palabras que había pronunciado cuando entraron en el despacho de Tsadiq y ella todavía estaba junto a su escritorio: «Cómo es posible, si yo no me he movido de aquí y nadie…». Una y otra vez repitió esa misma frase antes de derrumbarse en los brazos del director de la Radio-Teledifusión, que había sido avisado, y antes de que la convencieran para que se tomara el tranquilizante. «Debéis saber que es posible que esta pastilla la haga dormir durante horas, así que estad preparados para ello», le había dicho el médico a Michael; pero pasó muy poco tiempo antes de que volviera a abrir los ojos, se levantara y se mostrara dispuesta a aquel largo interrogatorio que ahora estaba tocando a su fin. Ahí estaba Aviva, con los brazos y las piernas como si fueran de goma, completamente aturdida, por lo que añadió:
– Me siento cansadísima, no tengo fuerzas ni para levantarme de la silla -y mientras decía la última palabra, puso sobre la mesa los brazos, apoyó en ellos la cabeza y quedó sumida en un profundísimo sueño.
Michael se quedó allí sentado un momento, frente a ella, viendo todo el jaleo que se había organizado en el despacho de Aviva antes de que ni siquiera hubieran podido comprobarlo todo. Después entró con el director general de la policía y con Emmanuel Shorer, el comisario jefe del distrito, en el despachito contiguo al de la secretaria. Al cabo de un momento lo siguió también Natan Ben-Asher, el director general de la Radio-Teledifusión -con un traje oscuro y jaspeado y un pañuelo asomándole por el bolsillo del chaleco, el cabello muy negro («Dime, ¿se tiñe?», le susurró Yafa a Michael) y brillante peinado hacia atrás, lo que hacía resaltar la amplísima frente y las hinchadas mejillas- que, mirando a su alrededor, se sacó del bolsillo del pantalón un pañuelo de cuadros, lo pasó concienzudamente por una de las sillas libres, se tiró hacia arriba de las perneras del pantalón y murmuró mientras se sentaba:
– ¡Qué desgracia más terrible, espantosa, no sé cómo…! -y de repente se calló, luego los miró a todos y añadió muy alterado, mientras agitaba un dedo en el aire-: Lo primero que hay que hacer es comprobar que no se trate de un acto terrorista, porque estoy convencido de que se trata de un atentado.
Eso lo repitió varias veces, y cuando el comisario jefe de la policía apuntó la posibilidad de cerrar provisionalmente la televisión, Ben-Asher se levantó de un salto y gritó:
– ¡Aquí nadie va a cerrar la televisión pública! -y acercándose a un monitor que allí había, como en cualquier otro lugar del edificio, se apresuró a subirle el volumen y añadió-: ¿Ven ustedes lo que es esto? ¡Miren bien! -les ordenó, y entonces pudieron ver las imágenes en directo de Dani Benizri subido al estribo de hierro de un semitráiler y entrevistando a Rahel Shimshi, que aparecía con el cuerpo apoyado sobre el volante y las muñecas esposadas a él.
– No pienso abrir -gritaba Rahel Shimshi con voz ronca-, no me pienso quitar la cadena ni las esposas, dile a todos que yo…, que ya no tenemos nada que perder.
– ¿Quieren que sea el canal 2 el que informe sobre esto? gritó Ben-Asher, con las palabras de Dani Benizri de fondo.
– Comprendo que estés desesperada, Rahel, pero… -gritaba ahora Benizri.
– Que lo sepa el mundo entero -vociferaba por su parte Rahel-, que todos se enteren… Y que nuestros maridos sepan que estamos con ellos, porque todos los han traicionado, que no vayan a creer que estamos en contra de lo que han hecho… Que no crean que los vamos a dejar solos…
– Pero hay que pensar con un poco de lógica -intentaba convencerla Benizri, pero ella lo cortó en seco.
– Déjate de lógicas -le gritó-, ¿cómo puedes pretender que unas personas que han llegado a la desesperación tengan un comportamiento racional? A un desesperado no se le habla de lógica… Eso es así en todas partes, y éste es un país democrático y justo, así que no nos moveremos de los camiones. Sólo por la fuerza nos sacarán de aquí -seguía clamando, mientras señalaba el enorme vientre de Esti-, me va a gustar ver cómo os las gastáis con una mujer embarazada, ¿qué pensáis hacerle?
– ¡Esto es lo que se llama la actualidad en directo! -dijo el director general de la Radio-Teledifusión, con gran satisfacción, como si no hubieran sacado un cadáver del despacho contiguo tan sólo unos minutos antes-, y un trabajo así no se interrumpe; así que con todo nuestro dolor -se apresuró a añadir-, no disponemos de tiempo para pensarlo y lo que tenemos que hacer ahora es buscarle de inmediato un sustituto a Tsadiq, hacer el nombramiento y seguir trabajando; nosotros continuaremos desempeñando nuestro trabajo y ustedes el suyo. Y en cuanto a Tsadiq…, estoy convencido de que las investigaciones determinarán que se ha tratado de un atentado terrorista… Es espantoso…, terrible… Hacía tan sólo unos pocos meses que había tenido su primer nieto…