Выбрать главу

Hefets asentía moviendo la cabeza de arriba abajo muy deprisa, como si estuviera de acuerdo con todas y cada una de aquellas palabras, y miraba constantemente a su alrededor.

– Hay personas -prosiguió el director general- que te dirán que Tsadiq y yo éramos medio enemigos, por lo de la petición, ¿te acuerdas de la petición? -y Hefets asintió con la cabeza-, y por lo de la carta de dimisión que me presentó hace un año y medio. Pero no… Tú, mi querido Hefets, sabes cuál es la verdad, y es que yo apreciaba muchísimo a Tsadiq, ¿no es así?

– Naturalmente que sí -dijo Hefets y bajó la cabeza como un alumno amonestado.

– Y creo que también él me apreciaba, ¿no te parece?

– Por supuesto -dijo Hefets dirigiéndole una mirada al comisario jefe de la policía.

– Creo, además, que estaría de acuerdo conmigo si supiera que te pido que ocupes su lugar -dijo Ben-Asher, mientras se examinaba las manos y unas uñas pasadas recientemente por la manicura-. ¿Qué dices a eso?

– Yo…, yo… haré lo que haya que hacer…, si no hay más remedio… -balbució Hefets.

– ¿Por qué te veo tan serio? -se sorprendió Ben-Asher-. ¿Acaso no te ves con fuerzas para tomar el timón del barco y enderezar su rumbo?

– No, no es eso -se apresuró a decir Hefets-, lo que pasa es que yo… todavía no… Estoy conmocionado…

– Porque también existe la posibilidad… Se ha pensado que se podría cerrar la televisión hasta que se aclare qué es lo que realmente ha sucedido aquí -intervino el comisario jefe de la policía-. ¿Cómo valora usted esa posibilidad?

Emmanuel Shorer, que entre tanto había regresado al despacho, tomó asiento y alzando las cejas le lanzó a Michael una mirada que expresaba bien a las claras sus pensamientos. Los años que hacía que se conocían y la relación tan estrecha que mantenían hicieron que Michael supiera con exactitud lo que Shorer estaba pensando, y si le hubieran preguntado qué tipo de sonrisa era aquélla habría contestado que una especialmente irónica: la del que observa una representación de aficionados muy poco dotados para el teatro.

Hacía tan sólo unos días que Shorer le había contado, a raíz de una conversación que había mantenido con su nuera, que trabajaba como maquilladora en la televisión, que existía un verdadero enfrentamiento -«guerra, lo llaman allí»- entre el director de la televisión y el director general de la Radio-Teledifusión. Shorer le contó que Tsadiq se había quejado por los arbitrarios recortes que el director general aplicaba a los presupuestos y que afectaban especialmente a un programa que a él no le gustaba y también a los departamentos de vestuario y maquillaje. Le había hablado también de las intenciones del director general de convertir la televisión pública, con el respaldo de la ministra de Comunicación e Información y del primer ministro, en una cadena de programas de entretenimiento y en el órgano de expresión del gobierno. Shorer le mencionó, asimismo, el artículo aparecido hacía unas pocas semanas en un periódico local de Jerusalén -«Avispero de izquierdistas o desobediencia civil»- en el que se ponía de manifiesto la fuerte oposición de los trabajadores de la cadena hacia ese proyecto, que era la causa de la enemistad que se había desarrollado entre Tsadiq y el director general, y que llevó a Tsadiq a presentar su dimisión después de haber sido acusado de ser el responsable de la degradación de la televisión pública por su incapacidad para mantener un equilibrio. En ese artículo, le había seguido explicando Shorer a Michael, se desmentían muchos de los argumentos de Ben-Asher, quien por su parte había sido designado para el puesto por el primer ministro, como por ejemplo que Tsadiq no había sabido ser fiel a las reglas del debate televisivo. Todo eso se lo había contado Shorer a altas horas de la noche en un restaurante del mercado Majané Yehuda, que a Shorer le gustaba sobre todo por el dueño, Menash, un tipo que abría un restaurante nuevo cada cierto tiempo en donde él mismo cocinaba, en unas gigantescas cazuelas de aluminio, «como las que tenía mi abuela», decía Shorer, unos guisos sefardíes exquisitos, sobre todo el llamado calzones, que eran una especie de empanadillas hechas con una masa finísima, como las que hacía su madre para el Año Nuevo, pero que él rellenaba no con queso sino con carne («Me han dicho que los rusos llaman a eso piroshki, pero no se parecen en nada», le explicó Shorer). Michael, que por entonces solamente pensaba en la posibilidad de dejar de fumar, se había atrevido a manifestar sus intenciones en voz alta, al principio de la cena, y Shorer le había dicho: «No tiene vuelta de hoja, tienes que dejar de fumar, mira qué color de cara tienes…, gris, tienes la cara completamente gris… ¿Te has hecho alguna prueba?». A lo que Michael, encogiéndose de hombros, le había contestado: «Hazme el favor, tío, vamos a hablar de otra cosa». Y fue entonces, para cambiar de tema, cuando Shorer le contó, con gran regocijo, el programa de actuación del director general de la Radio-Teledifusión, que pretendía instaurar un nuevo vocabulario en lo tocante a las retransmisiones de contenido político y vetar ciertos términos como, por ejemplo, «la otra parte» para hacer referencia a los palestinos. «¿Y sabes por qué?», le había preguntado Shorer a Michael, y sin esperar respuesta le había contestado: «Porque a la otra parte no se le puede permitir que sea la que dicte la historia, así que desde ahora estará prohibido hablar en la televisión de "Intifada" y habrá que decir "sublevación", y en lugar de decir "Territorios ocupados" habrá que decir "Judea, Samaria y la franja de Gaza". Pero prueba, prueba esta matbuha, que la guisa exactita a como la preparaba su abuela. ¿Verdad, Menash, que la matbuha también la preparas según la receta de tu abuela?», le preguntó al dueño del lugar, que estaba allí junto a ellos frotándose las manos. «Sírvete otro arak», le dijo Shorer a Michael, «ya verás como te entonas un poco. Pero mírame, ya estoy hablando como Balilti; y a propósito de Balilti, ¿dónde está que hace días que no lo veo?».

Se tomaron otro arak a la salud de Menash y brindaron también por su reciente tercer matrimonio: «Una rusa, pero con alma de sefardita», puntualizó Menash. «Nada de una rusa liberada, sino de las que se quedan en la cocina», y señaló, lleno de orgullo, a una mujer muy joven, de cabello dorado, que se encontraba al otro lado de un ventanuco observándolos.

«Puede que Tsadiq no sea el genio del siglo», le dijo Shorer a Michael cuando Menash se hubo retirado, «pero es un tipo íntegro y que los tiene bien puestos. El viernes por la noche estuve con él en casa de los Peled, justo después de que el artículo ese se publicara, y me dijo: "Que quieran controlar las noticias de la radio, todavía, pero que yo le vaya a decir a la gente lo que tiene que decir, y cómo, en los programas sobre política, ¡de eso nada! Porque ¿qué pretenden?, ¿que les tengamos que decir a los contertulios 'no diga usted territorios ocupados, diga Judea, Samaria y franja de Gaza'?". Mira, te repito que Tsadiq no será un genio, pero su sinceridad y su pragmatismo son auténticos. Y después Aliza Peled, ya sabes, ésa del pelo blanco, que da clase en la universidad, la conociste en la boda de Mumik -y Michael asintió con la cabeza para que supiera que sabía a quién se refería-, dice que una amiga suya, que es correctora en la tele, ha recibido la orden de eliminar de cualquier texto, en la medida de lo posible, la palabra palestino. La verdad es que se pasaron toda la noche hablando de lo mismo», suspiró Shorer. «Vas a una cena, quieres pasártelo un poco bien, y no te dan respiro, al instante se ponen a hablar de política. Alrededor de la mesa éramos cuatro parejas, ocho personas, y Tsadiq empezó a hablarnos de los recortes presupuestarios que ni siquiera le permitían llevar a los invitados en taxi a su cadena, así es que ¿qué tiene entonces de raro que sólo quieran ir al canal 2?»