– Informaremos de ello en las noticias de la noche -le ordenó el director general a Hefets-: tú pronunciarás unas palabras a modo de responso por Tsadiq, y digas lo que digas…, quiero ver antes el texto personalmente…, y después anunciarás que has aceptado el cargo…
Michael mordió con fuerza el palillo que sostenía entre los dientes y miró a Shorer, y justo entonces se oyó que golpeaban la puerta del despachito con los nudillos. La puerta se abrió y Eli Bahar le hizo señas a Michael para que fuera hasta donde él estaba. Michael se apresuró a salir, para volver a entrar al instante y mirar primero a Shorer y después al comisario jefe de la policía.
– ¿Qué? -le preguntó el comisario con impaciencia-, ¿qué es lo que ha pasado ahora?
– Beni Meyujas ha desaparecido -respondió Michael-, no lo encuentran por ningún lado.
– ¿Meyujas, el director? -quiso cerciorarse Ben-Asher-. ¿Es a él a quien no encuentran?
– Está desaparecido desde ayer, nadie lo visto desde entonces -dijo Michael.
– Pues entonces puede que ése sea nuestro hombre -dijo el director general-; hay que darle difusión a la noticia para que lo busquen, ¿no les parece?
– Sí -dijo Shorer-, eso es lo que habrá que hacer.
– ¿Qué? -dijo Hefets asustado-. ¿Anunciarlo como si la policía solicitara la colaboración ciudadana? ¿Formularlo como «todo aquel que conozca su paradero…», y demás?
– Y más que eso. Hay que difundir su foto. Seguro que tienen ustedes una fotografía para sacarla en las noticias.
– ¿Cómo? ¿En el informativo? -preguntó Hefets-. Pero ¿qué creen ustedes, que… puede haberle pasado algo?
– Nosotros no creemos nada -se apresuró a decir el director general, mirando al comisario jefe-, no vamos a presentarlo como sospechoso, sino que nos limitaremos a decir que ha desaparecido y que se solicita la colaboración ciudadana para su localización, eso es lo que vamos a hacer.
11
Michael estaba sentado en el despacho de Arieh Rubin, en un extremo del segundo piso, removiendo muy despacito el café en una taza amarillenta.
– Yo antes fumaba -le dijo Rubin con melancolía, mientras apartaba un cenicero repleto de colillas-, esto lo ha dejado la montadora que estaba trabajando ahora conmigo, porque yo hace ya cuatro años y dos meses que lo dejé.
Se sentó en una silla que había junto a la enorme mesa de trabajo, de espaldas a la pared, y estiró las piernas hacia delante. Michael estaba sentado frente a él, de cara a la pared y al gran panel de corcho cubierto de fotografías, recortes de periódicos y todo tipo de notas fijadas con unas chinchetas rojas y azules. Durante las horas que habían transcurrido desde que se habían llevado el cuerpo de Tsadiq del edificio, a Michael le había dado tiempo a husmear en varias carpetas y expedientes secretos que se encontraban en un cajón candado del escritorio del director de la cadena, y mientras el personal del equipo forense guardaba todos los enseres del despacho de Tsadiq en unas bolsas negras, Michael había examinado también la caja fuerte abierta previamente para él y en la que Tsadiq guardaba una buena cantidad de documentos cuyo contenido nadie conocía. Michael cogió los papeles y se encerró con ellos durante un rato en el despachito que daba al despacho de Aviva. Hojeó con presteza las distintas carpetas. En una de ellas, por ejemplo, encontró un contrato secreto establecido entre la Radio-Teledifusión y Hefets, y en un sobre marrón, los resultados de unas pruebas médicas hechas a Tsadiq. Pasó de una carpeta a otra hasta que dio con una de color crema sellada con cinta aislante marrón. No había nada en ella que pudiera indicar su contenido. Michael retiró con sumo cuidado la gruesa cinta aislante, que hacía las veces de una especie de precinto, y se encontró con un folio escrito por ambas caras con una letra muy pequeña en el que aparecía el presupuesto de la producción de Ido y Einam y la donación que la había hecho posible. Le dio tiempo a leer cada una de las palabras de aquel folio y a concentrarse en el análisis de la firma, pero en el momento en el que ponía la mano sobre el teléfono para contarle a Balilti lo que acababa de encontrar, oyó que lo llamaban desde el otro extremo del pasillo. Eli Bahar le informó de que el interrogatorio preliminar de Arieh Rubin estaba listo, que Rubin no había sido capaz de orientarlos acerca de la desaparición de Beni Meyujas y que sostenía que no sabía nada de ello («Parece creíble», observó Eli Bahar, aunque su tono denotaba cierto recelo. «Es bastante improbable, pero el caso es que cuando uno habla con él, resulta muy convincente») y que, sin embargo, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para encontrar a Beni, incluso acompañar a Michael a la casa de éste para efectuar un registro.
Un ambiente opresivo y preñado de temores reinaba en todo el edificio, bajo un silencio muy poco natural, porque todos los empleados hablaban entre susurros. Incluso la sala de redacción, que Michael había cruzado en su camino hacia el piso de abajo, se encontraba sumida en una extraña calma. En la cafetería, vacía del personal de la televisión, se encontraban solamente una docena de agentes de la policía que escuchaban con atención las explicaciones de Yafa, del equipo forense, que les exponía las posibles circunstancias del crimen «desde el punto de vista de las pruebas halladas», además de volver a repetirles que, debido al modo en que había sido degollado Tsadiq, era «más que probable, si buscamos bien y no desfallecemos», que acabaran encontrando ropas manchadas de sangre. Por todas partes se oían las voces de los policías recorriendo el edificio de punta a punta, prohibiendo a los empleados entrar en los despachos que en ese momento estuvieran registrando y precintando el perímetro del escenario del crimen. Sus pasos resonaban por los pasillos desiertos mientras buscaban en los armarios, en las taquillas, en los almacenes y en las papeleras, acrecentando todavía más la sensación de angustia paralizante que se había apoderado de los trabajadores de la cadena, que salían de sus despachos sólo si era estrictamente necesario y tras la concesión del pertinente permiso por parte de la policía. Nadie podía entrar ni salir del edificio sin la autorización expresa de Michael, Balilti o Eli Bahar.
Después de un primer interrogatorio y de prestar una declaración no firmada, Arieh Rubin acompañó a Michael a casa de Beni Meyujas, donde se encontraban ya Eli Bahar, el sargento Ronen y dos miembros del equipo forense, completamente enfrascados en su tarea de rastrear cualquier pequeño detalle que ofreciera una explicación de lo que le podía haber sucedido a Meyujas. Rubin, sin embargo, no exteriorizó la conmoción que le produjo la visión de todos aquellos cajones abiertos con su contenido volcado en el suelo y las bolsas negras en las que guardaban cualquier cosa que pudiera resultar de interés, y Michael, que observaba con disimulo todas sus reacciones, por si descubría en ellas cualquier signo de que era conocedor del paradero de su íntimo amigo, se sorprendió de la contención mostrada por Rubin, aunque no dejó de advertir la tensión que lo embargaba, cómo le temblaba el párpado izquierdo y cómo cerraba y abría los puños una y otra vez por el nerviosismo que lo invadía. La experiencia le había enseñado a Michael que hay personas a las que la tensión y el temor los empujan a hablar de una manera espontánea y asociativa, sobre todo si uno permanece en silencio aparentando no ser consciente de la angustia que los invade. Por eso decidió mantenerse lo más callado posible junto a Rubin, limitándose a hacerle las preguntas estrictamente pertinentes, como por ejemplo cuando, ojeando una pequeña agenda que había encontrado en la cómoda del dormitorio, le solicitó su ayuda para poder descifrar la letra de Beni Meyujas, o cuando le preguntó por ciertos detalles elementales referentes a las citas anotadas para la última semana, y evitando dirigirle la palabra acerca de cualquier otra cosa. Pero Rubin no parecía dispuesto a caer en la tentación de empezar a hablar para liberarse de la tensión, al contrario, mientras estuvieron en casa de Beni Meyujas permaneció sumido en sus propios pensamientos. El camino de vuelta al edificio de la televisión también lo hicieron en silencio, y ahora, sentados ya en el despacho de Rubin tomándose un café que éste había preparado para ambos, seguían igual. Algo muy profundo y serio parecía haberse apoderado del rostro de Rubin, cuya mirada semejaba la del que, siendo testigo de una catástrofe que arrastra a alguien muy próximo y querido, se ve impotente para socorrerlo. En vista de la situación, Michael se decidió por romper aquel silencio, y elevando los ojos hacia el tablón de corcho, los paseó por las ampliaciones de las fotografías en blanco y negro clavadas allí.