– ¿Son de la Segunda Guerra Mundial? -le preguntó, al tiempo que apuntaba con el dedo hacia una fotografía en la que aparecían de frente varias filas de soldados japoneses con las manos en alto en señal de rendición.
– Sí -le respondió Rubin, mirando el tablón de corcho como si de pronto lo hubiera redescubierto después de mucho tiempo-, tengo toda una colección. Éstos, por ejemplo -y señaló otra foto en la que se veía a unos soldados con uniformes grises sentados en un lugar desértico y con las cabezas gachas-, son prisioneros hechos por el ejército francés durante la Primera Guerra Mundial, y éstos -e hizo que Michael se fijara en una fotografía en color, no muy grande, en la que se veía a unos soldados con unos uniformes de camuflaje en una selva tropical- son americanos en Vietnam. Tengo una colección muy grande de ellas, pero aquí no hay sitio para todas.
– No es que se trate de una colección especialmente alegre -observó Michael-, y en realidad… resulta hasta un poco raro, ¿no?
Rubin se encogió de hombros.
– Éste es el tipo de cosas que a mí me interesan, aunque quizá se aparte un poco de las colecciones más convencionales.
– No hay aquí ninguna foto ni de árabes ni de israelíes, ni de soldados egipcios, por ejemplo…; las clásicas fotos… -dijo Michael extrañado, mientras dejaba la taza de café vacía sobre la mesa.
Rubin tensó los labios en una especie de media sonrisa carente de alegría.
– Eso no me hace ninguna falta aquí porque lo tengo demasiado cerca de casa -comentó tranquilamente-; eso lo llevo aquí -y se señaló la cabeza.
– He oído decir que usted mismo fue hecho prisionero durante la guerra de Yom Kippur -le comentó Michael.
Rubin hizo un gesto con la boca como de restarle importancia al asunto, se pasó la mano por la cara y clavando la mirada en la pared de enfrente dijo:
– ¡Qué va! Eso no es más que un mito… Ni siquiera merece la pena comentarlo, porque no estuve lo que se dice prisionero… Así que si no le importa… -se apresuró a añadir, al tiempo que presionaba el botón de encendido del monitor que había en una cómoda junto a la mesa- quiero tener esto encendido.
En una de las esquinas superiores de la pantalla apareció el rostro enmarcado en negro de Tsadiq, y en el centro, sobre un fondo de viejas fotografías de Tsadiq desde su juventud hasta sus últimos días, una de ellas con el presidente de los Estados Unidos y otra con el delegado general de los sindicatos, unas en blanco y negro y otras en color, estaba Giora Eilam, el presentador especializado en veladas poéticas y canciones folclóricas, famoso a su vez por su inclinación a componer canciones sobre historias tristes. Con una camisa negra cuyos botones parecían a punto de saltar y atusándose repetidamente lo que en otro tiempo había sido un tupé rubio que ahora se había convertido una especie de mechón de pelo fijado con descuido a la coronilla, sin dejar de hacer extrañas muecas, con aquella cara pecosa de la que el maquillaje no había conseguido borrar el tono rosado, y entrelazando finalmente los dedos sobre el regazo, iba nombrando, con un dolor contenido, como quien ahoga el llanto, a los distintos personajes que aparecían en las fotos junto a Tsadiq (muy deprisa recordó a Isaac Rabin, a Golda Meir, a Peres, a Sharon, con el uniforme de general, a Abba Eban, al presidente Gorbachov, a los presidentes Carter y Clinton, al escritor Günter Grass, a un anciano Yves Montand, luego se detuvo en una foto en la que aparecía un espléndido Tsadiq, joven y con el pelo largo, luciendo una amplia sonrisa y pasando su brazo sobre los hombros de Sofía Loren, y finalmente aquellas en las que aparecía con Arik Einstein y Uri Zohar). A continuación habló del amor que el difunto Tsadiq había mostrado siempre por la canción israelí y, sobre todo, por los temas que recordaban a los caídos en las distintas guerras, como La colina de la munición y Éramos del mismo pueblo.
– Habrase visto… Para este adulador de la identidad nacional sí tienen todo el presupuesto que haga falta -masculló Rubin, y Michael se fijó en que era la primera vez que lo había oído decir algo venenoso contra alguien fuera de su mordaz programa-; y es que hay gente que pasa por la vida como si de una pista de esquí para principiantes se tratara -siguió diciendo Rubin, sin apartar la vista del monitor-. Son los típicos chicos buenos que pretenden quedar bien con todo el mundo. ¿A quién no le gusta Guiora? A ver quién es el guapo que se atreve a decir nada en contra de él. Pero ¿qué es Guiora sino un montón de clichés y un maestro de la adulación? Evita por todos los medios enfrentarse con nadie para no perder la popularidad. ¡No puedo soportar a las personas eternamente amables que no tienen ni un solo enemigo!
Rubin silenció el aparato pero no lo apagó.
– Es que tengo que estar informado -se disculpó-, aunque la mayor parte del tiempo se dediquen a poner este tipo de programas con olor a naftalina. Creo que dentro de un rato va a haber una emisión especial para comunicar lo de Tsadiq y quién va a quedar al mando de la televisión.
Michael miró directamente los ojos de un profundo gris oscuro de Rubin y el entresijo de finísimas arrugas que los rodeaban. La marcada hendidura del entrecejo le confería un aspecto grave, y la delgada nariz, con un puente muy discreto, le daba un aire interesante; aunque su característica más destacada eran las mejillas hundidas, que denotaban cierto sufrimiento, unos labios carnosos pero no sensuales, y su pelo gris, muy corto.
– Qué guapo. La verdad es que Rubin es lo que se llama un tío bueno, y está mucho mejor al natural que en la tele, porque al natural se ve lo alto que es… Recuerda a Paul Newman, ¿verdad? -había dicho Yafa, del equipo forense, cuando estaban en el pasillo frente a la puerta del despacho de Michael, antes de que comenzara la reunión para comentar los resultados de la autopsia de Mati Cohen-. Podéis estar seguros de que es de los que consiguen a cualquier mujer -había susurrado Yafa, y tras un momento de reflexión había añadido-: Aunque no me parece que le apetezca mucho, ni que se alegre de esa cualidad suya, ni que se esfuerce demasiado por potenciarla, porque se le nota un poco… parado, no sé. Aunque puede que sea porque está de duelo ya que dicen que a Tirtsa la quería de verdad, a pesar de que estuvieran divorciados. ¿A ti que te parece? -le preguntó a Tsila, que estaba a su lado con la mano ya en el picaporte.
– Sí -le había contestado Tsila distraída-, a mí tampoco me parece un donjuán, aunque según tengo entendido no hay mujer que no…
– Es que hay hombres así -pensó Yafa en voz alta-, que no tienen un «no» para una mujer. Si ella se prenda de él y quiere algo, él accede, y Rubin tiene pinta de ser así.
– Qué buen sistema -dijo Tsila, con un repentino deje de amargura-; el sistema es fabuloso, porque te echas un polvo sin sentirte ni culpable ni responsable.