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Yafa la miró muy sorprendida.

– Y hasta puedes llegar a tener un hijo fuera del matrimonio -prosiguió Tsila-, sin sentirte culpable de nada; no sé, ¿qué quieres que te diga? ¡El paraíso! ¡Qué maravilla de hombre!

– Pues a mí me parece que es un buen tipo -dijo Yafa-, débil de carácter tal vez, pero tiene… Dicen que es buena persona, de los que ayudan a todo el mundo.

– Ya, ya… Un alma cándida, vamos… -masculló Tsila, al tiempo que presionaba el picaporte y entraba en el despacho cerrando la puerta de un portazo, sin esperar a Yafa ni a Michael.

– ¿Y a ésta qué le pasa? -preguntó Yafa, sacudiendo su cola de caballo-. ¿Se nos ha convertido en una andrófoba, de repente? ¿Tiene problemas con Eli?

– ¿Quién no tiene problemas? -le respondió Michael, generalizando y encogiéndose de hombros.

A continuación abrió la puerta y se quedó esperando a que Yafa entrara. También él se había dado cuenta del mal humor que destilaba Tsila últimamente, y del desasosiego que mostraba Eli Bahar, y a pesar de que estaba muy involucrado en la vida familiar de los Bahar, porque después de todo les había hecho de casamentero y era el padrino del hijo mayor, no se había atrevido a preguntarles nada abiertamente. Lo más lejos que había llegado era a preguntarle a Eli cómo estaba mientras le clavaba una mirada escrutadora, pero éste se había limitado a moverse incómodo en su asiento y a rehuir su mirada. Asimismo, antes de salir de vacaciones, Michael lo había invitado un par de veces a tomar un café rápido en la esquina de la calle, los dos solos, para saber cómo estaba, y aunque tenía la seguridad de que Eli había comprendido que lo que quería saber era la causa de su preocupación, éste había evitado contestarle y se las había apañado para cambiar de tema.

Yafa tenía razón, pensó Michael al mirar ahora a Rubin. Porque el rostro de éste presentaba una especie de dureza a lo Bogart, esa dureza que vuelve locas a las mujeres porque, según ellas, esconde una gran ternura. Además, era evidente, por la forma en la que había hablado con Yafa el día anterior cuando salían de la comisaría, con una voz muy queda y mirándola directamente a los ojos, hasta el punto de hacerla derretirse, que Rubin era completamente consciente del poder que ejercía sobre las mujeres, aunque la verdad era que no parecía disfrutar demasiado de ese hecho. Sus ojos denotaban una especie de generosidad que quizá podría interpretarse como una cierta debilidad, pero de lo que no cabía duda alguna era de que ejercían un poder evidente.

– ¿Es usted, por lo general, un hombre sano? -le preguntó Michael, y Rubin reaccionó con una expresión de rechazo y sorpresa-. Me refiero a todo lo relacionado con el corazón y la presión arterial. Aquí, en este impreso dice -y Michael señaló un impreso que había sacado de un sobre marrón en el que se encontraba la declaración firmada de Rubin referente a la muerte de Tirtsa- que tiene usted cincuenta años, nacido en el cuarenta y siete, ¿es eso correcto?

– Correcto. Dentro de dos meses cumplo los cincuenta y uno -precisó Rubin, volviendo a tensar los labios en un intento por sonreír, aunque un fino y oscuro velo pareció nublar de pronto el suave gris de sus ojos-. Pero ¿por qué me pregunta por mi estado de salud?

– Se trata de una pregunta rutinaria -le aclaró Michael-, porque no queremos poner en peligro la vida de nadie sometiéndolo a una tensión excesiva, como en el caso de Mati Cohen.

– ¿Ustedes también opinan que Mati Cohen sufrió un infarto por la tensión a la que fue sometido en el interrogatorio? -le preguntó Rubin muy alterado-. No habría que haber accedido a que lo interrogaran dado su estado de salud, se lo dije bien claro a Tsadiq… Pero qué más da ya eso -y Rubin dejó caer el brazo, en un gesto de impotencia y se quedó mirando a Michael, como a la expectativa.

Michael, por su parte, no hizo ningún comentario sobre las últimas palabras de Rubin y volvió a preguntarle, aparentando estar profundamente concentrado en el papel que sostenía en la mano, si tenía algún problema médico.

– No tengo ningún problema de salud en especial -contestó Rubin, con cierta expresión de sorpresa-, ninguno en absoluto -y ya más tenso, añadió-: A veces tomo algún analgésico para el dolor de cabeza o de espalda, algún antihistamínico para la alergia primaveral, porque soy alérgico a la floración de los cipreses, pero nada grave. ¿Qué tiene todo esto que ver con Tsadiq?

– Le preguntamos lo mismo a todo el mundo -le dijo Michael-, igual que le preguntamos a todos dónde se encontraban exactamente en el momento en el que Tsadiq…

– Sí -dijo Rubin distraído-, el chico ése…, se llama Eli, ¿verdad? Ya me lo ha preguntado, en el interrogatorio; porque se trataba de un interrogatorio, ¿no? Ya le he dicho que yo estaba aquí, con el doctor Landau, el médico de Betselem; estábamos trabajando sobre el reportaje para el programa del viernes. ¿No lo tiene usted anotado en el informe?

– Pues seguramente sí -respondió Michael, adoptando el tono distraído empleado antes por Rubin-, lo que pasa es que en este momento no llevo todos los informes conmigo, sino que lo único que tengo es… -y palpando el sobre marrón sacó de él un cuadernito de espiral-, y me han pedido que se lo vuelva a preguntar.

– Yo he estado aquí todo el tiempo, ya se lo he dicho a ellos -insistió Rubin.

– Perdone que insista, pero ¿está usted seguro de que no tuvo ningún contacto con Beni Meyujas desde aquí?

– Seguro -replicó Rubin, ahora ya visiblemente nervioso-, ojalá hubiera podido ponerme en contacto con él, porque lo estuve buscando como un loco ya antes de que…, antes de que encontraran a Tsadiq… Porque quería comunicarle que se había aprobado la continuación del rodaje de Ido y Einam, que tenía permiso para terminarlo, pero no conseguí dar con él. Desde ayer que no sé nada de él… Estoy muy preocupado…, no entiendo por qué ni siquiera me ha telefoneado…

– ¿Y usted no tiene ni idea de quién pudo ser la persona que lo fue a buscar a su casa?

– ¿Cómo lo voy a saber si tampoco lo sabe Sara, que es la que estaba con él?

– Según parece, Sara y él mantienen una relación muy estrecha -aprovechó para señalar Michael.

– No lo sé -dijo Rubin, encogiéndose de hombros-; se dice que el director siempre mantiene una relación muy estrecha con los actores.

– Venga, hombre -le dijo Michael-, que nosotros ya no nos chupamos el dedo y sabe usted muy bien a lo que me refiero.

– ¿Me lo está preguntando o contando? -le preguntó Rubin.

– Se lo estoy preguntando -le dijo Michael-, le pregunto si Beni le habló a usted alguna vez de esa chica, de Sara, y también le ruego que me cuente todo lo que se le ocurra sobre el hombre que fue a buscar a Beni a su casa, quién cree usted que pudo ser, aunque no tenga nada en lo que basarse, y le pregunto también sobre las relaciones de Beni Meyujas con Tsadiq y sobre el lugar en el que, en su opinión, puede encontrarse, porque tal y como están en este momento las cosas, no sólo es uno de los principales sospechosos sino que también creemos que… su vida corre peligro, porque, como usted muy bien sabe, se halla en un momento muy crítico y tememos que pueda llegar a atentar contra su propia vida; y usted lo sabe muy bien dado que son íntimos amigos, así que no es éste el momento de ocultar nada.

– Es cierto que somos íntimos amigos, y más que eso -dijo Rubin-, somos hermanos. Beni Meyujas es mi hermano.

– Se referirá usted metafóricamente, ¿no?

– Un hermano escogido es más que un hermano biológico -dijo Rubin bajando los ojos.

– Se conocen ustedes desde la infancia -observó Michael, mientras miraba una foto que había en el lado derecho del tablón de corcho, una copia de aquella del viaje de final de curso que había visto enmarcada en casa de Beni Meyujas, y en la que éste aparecía con Rubin, Tirtsa y el otro amigo.