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– Sí, desde la infancia -dijo Rubin siguiendo la mirada de Michael-, yo soy hijo único, y también Beni lo es. Mis padres eran mayores, supervivientes del Holocausto. Mi padre murió cuando yo tenía doce años, y mi madre vive todavía. También los padres de Beni eran muy mayores. Creo que una parte de la familia era de Turquía, y la otra… no me acuerdo, puede que fueran búcaros… Fue una historia bastante complicada… Sus padres no tenían hijos, así que, después de diez años de matrimonio, su padre tomó a otra mujer que ya tenía tres hijas y entonces la madre de Beni se quedó embarazada y lo tuvo a él. El padre vivía entre las dos familias y corría de una casa a otra para mantenerlas a las dos. Ellos eran muy pobres, y nosotros no. Nosotros recibíamos las indemnizaciones de Alemania, y ellos las subvenciones de la ayuda social. Él siempre iba a mi casa y yo lo ayudaba con los deberes…, jugábamos al fútbol; así fue como empezó todo. Nos hicimos inseparables.

– ¿Y Srul? -preguntó Michael, manteniendo la mirada en la foto.

Tras un largo silencio Rubin suspiró.

– Sí, Srul también. ¿Quién le ha hablado a usted de Srul?

Michael no respondió.

– Srul era… A él lo conocimos cuando teníamos catorce años, en el instituto. Era…, venía de una familia de revisionistas admiradores de Jabotinski, su padre había inmigrado de Irak y se había casado con una polaca, pertenecía al círculo más próximo a Begin, al que Srul también pertenecería más tarde. Pero Srul se vino con nosotros al movimiento juvenil, a los campamentos de verano, y eso fue todo un escándalo en su familia, que quería que fuera con los del Beitar -Rubin se calló, y al cabo de unos segundos añadió-: Pero no vive en Israel.

– Se marchó al extranjero después de la guerra de Yom Kippur -dijo Michael-, por lo de las heridas.

– Está en Los Ángeles, se ha hecho muy religioso, es un extremista ultraortodoxo -aclaró Rubin con amargura-. Al principio mantuvimos el contacto, pero hace años que no… -la voz se le fue apagando y Michael esperó en silencio-. Hace años que no hablo con él -añadió Rubin.

– Solamente Tirtsa mantuvo el contacto con él -dijo Michael con toda naturalidad, como si constatara un hecho innegable-, solamente ella estuvo en contacto con él durante todos estos años.

– ¿Tirtsa? -se sorprendió Rubin-. ¿Cómo que Tirtsa? ¿Qué tenía ella que ver con…?

– Ella formaba parte del grupo; en esta foto está con ustedes, ¿no? Los tres mosqueteros y todo eso…

– Pues claro que era del grupo, cuando éramos jóvenes, y además… Lo mismo que Beni y que yo, pero después…

– Un mes antes de su muerte estuvo en los Estados Unidos -sentenció Michael-, y creemos que fue para visitarlo a él.

– ¡Qué va! -pareció enfadarse Rubin-. Pero si viajó por motivos de trabajo, dos semanas, por trabajo, y la mayor parte del tiempo estuvo en Nueva York, entrevistándose con varios productores en… No lo sé, puede que también fuera a la costa oeste -añadió Rubin, y su forma de hablar se hizo más cauta-; desconozco los detalles de ese viaje porque no tuve ocasión de hablar con ella después de que volviera… -dijo finalmente.

– Pues sí, Tirtsa sí estuvo en Los Ángeles, tres días -dijo Michael-, lo sabemos con absoluta certeza. Tenemos todos los detalles acerca del hotel en el que se alojó y de las personas a las que vio -añadió, sin cambiar de expresión, aunque carecía de cualquier información al respecto-. ¿No cree usted que pudo verse con Srul?

– No lo creo -dijo Rubin-. ¿Quiere otro café?

– ¿Por qué no? ¿No cree usted que habiendo llegado tan lejos, hasta Los Ángeles, aunque fuera por motivos de trabajo, no iba a intentar verse con alguien al que había estado tan unida en su juventud? ¿Usted, en su lugar, no lo hubiera intentado?

– Si fue así, no me lo contó -dijo Rubin secamente-, ni a mí ni a Beni, porque Beni me lo hubiera dicho.

– ¿Tiene usted la dirección de Srul?

– ¿Por qué se interesa tanto por él? -le preguntó Rubin, como si se sorprendiera, aunque a Michael le pareció detectar cierto nerviosismo en su voz.

– Me parece bastante natural que nos interesemos por él, sobre todo porque la última persona que vio a Tsadiq con vida fue un ultraortodoxo con la piel quemada; así que, en mi opinión, lo más lógico es pensar que se trata de Srul, el amigo común de los tres, ¿no le parece?

– No puede ser -dijo Rubin tras un breve silencio-, porque Srul no tenía ninguna relación con Tsadiq, ni siquiera lo conocía, cómo iba entonces a… Y si Srul hubiera venido a Israel, ¿no cree usted que lo hubiéramos sabido?

– Pues eso es precisamente lo que yo le estoy preguntando a usted -dijo Michael-, ¿si Srul hubiera venido a Israel no lo habría llamado a usted o a Beni Meyujas?

– Por supuesto que sí -dijo Rubin-, lo hubiéramos sabido de antemano, de eso no cabe la menor duda.

– Dígame -le preguntó Michael, ahora muy despacio-, ¿es Srul una persona con una posición económica desahogada?

– ¡Y yo qué sé! Creo que le fue muy bien en el negocio de los diamantes… -dijo Rubin con desgana-. Se casó con una mujer americana muy religiosa cuyo padre tenía… un negocio de pulido de diamantes, una familia pudiente… Sé que era la hija mayor de un negociante de diamantes y que tenía cierta incapacidad física, algo como… que había nacido con parálisis en un brazo o algo así…, no lo sé muy bien. Pero los casaron por… En resumen, que era una chica a la que había que buscarle a alguien con…

– ¿Nunca la conoció? -se sorprendió Michael-, ¿no los invitaron a la boda?

– Nunca la vi -dijo Rubin-. Con él sólo me vi dos veces, hace años, en Los Ángeles, pero ni siquiera me llevó a su casa, y la verdad es que no entendí por qué… Aunque quizá fuera lógico, porque tenía una vida nueva… No quería recordar cómo había sido antes… Nos veíamos ya como dos extraños…, él ya no era la misma persona. Se había convertido en un judío religioso en toda la extensión del término, de manera que pronunciaba una bendición antes de tomar cualquier bocado, cuando salía del servicio, me entiende, ¿verdad?

Michael asintió con un gesto de la cabeza.

– ¿Cuándo lo vio usted por última vez? -le preguntó.

Rubin se quedó pensando largamente antes de contestar.

– Creo que hace diecisiete años, no estoy muy seguro -respondió finalmente moviéndose incómodo en su asiento-; resulta muy difícil mantener el contacto después de tantos años, y… ni siquiera por Año Nuevo solía… Ni siquiera hablábamos por teléfono. Me daba la sensación de que no le interesaba mantener el contacto, es una cuestión más bien de intuición, además de que no le gustaba mi trabajo…

– ¿Cómo que no le gustaba? ¿Por cuestión política? ¿Él era más bien de derechas?

– No exactamente -respondió Rubin, incómodo-, era… se había hecho antisionista. Es decir, que él…, en su opinión, él era un verdadero sionista, como los de Naturei Karta, porque se había convertido en un ultra religioso de los que opinan que no debería existir un Estado judío en Israel antes de tiempo, antes de la llegada del Mesías… Decía que eso era una profanación… Resulta increíble que alguien que uno conoce y que es como tú se convierta de repente en… De verdad, parecía poseído por el diablo y yo ya no tenía nada que hablar con él. Nuestro segundo encuentro resultó espantoso.

– ¿Y Beni?

– ¿Y Beni qué?

– ¿Estaba él en contacto con Srul?

– No, en absoluto. Su relación con él fue exactamente igual que la mía. Aunque Beni sí lo ha visto más que yo, puede que cuatro veces, creo, porque Beni es muy testarudo y creía que podría hacerlo cambiar… Pero tampoco pudo, y ya no tenía relación con él desde hacía unos diez años. Ni tampoco Tirtsa mantenía ya el contacto.

– Pero a pesar de todo -dijo Michael, mirando al suelo, donde se amontonaban pilas y pilas de periódicos amarillentos, de revistas, de fotos y cintas de vídeo-, a pesar de todo ha sido Srul quien ha subvencionado la producción de Ido y Einam, y usted la persona que se encargó de recoger el dinero, ¿verdad?