– ¿En serio? -le dijo Michael-. ¿Eso es lo que usted piensa? ¿Y qué hace entonces la BBC? ¿Qué me dice entonces de programas como los de Dennis Potter?
– No, claro que tiene usted razón -dijo Rubin, y añadió apenado-: No faltan ejemplos de verdadero arte en la televisión, pero yo me refería a lo que nos ha sucedido a nosotros, y la televisión es el símbolo, el lugar en el que mejor se advierte lo que está pasando, es como la conciencia del país, y quien se encuentra dentro de ella, como yo, lo ve, que nuestra conciencia sufre de una grave esclerosis -por un momento los dos se quedaron en silencio, y a continuación Rubin retomó la palabra-: No sé por qué le estoy explicando algo tan obvio; ¿hay, acaso, algo nuevo que yo haya podido decirle?
– Tsadiq dirigió la televisión durante los tres últimos años -dijo Michael-, pero antes hubo…
– No funcionó -dictaminó Rubin-, las personas quieren conservar su puesto, no pueden presentarse con una producción que se lleve por delante el presupuesto entero del departamento de ficción. Le aconsejaron que hiciera algo menos…, menos ambicioso, ése era uno de los términos que utilizaron…, le dijeron: «Haz la adaptación de una novela corta, de un cuento de actualidad, algo parecido a lo que hizo Uri Zohar con Tres días y un niño de A. B. Yehoshúa, o como lo que hizo Ram Levi con Hirbet Hize, de S. Yizhar, un cortometraje, algo de unos treinta o cuarenta minutos, y ya está…».
– ¿Y él no quiso?
– Al contrario, sí que quiso, y hasta hizo algunas pruebas con un cuento de Yaacov Shabtai, del que sacó un guión originalísimo; si quiere se lo puedo enseñar. Pero el sueño de su vida era… -y Rubin abrió el cajón lateral de su mesa y sacó de él tres cintas unidas por una goma-. Éste es el material inacabado, lo conservo en varias copias.
– Ido y Einam -dijo meditabundo Michael-, al fin y al cabo es la historia de un trío amoroso, de una mujer y dos hombres que compiten entre sí en todos los campos…
– ¿Conoce usted el texto? -le preguntó Rubin con desconfianza-. Seguro que lo leyó usted hace tiempo -añadió, al ver que Michael asentía con la cabeza-, porque si lo leyera ahora lo vería de otra manera. De cualquier modo, Beni lo vio de una manera muy distinta, porque a sus ojos se trata de una historia sobre… ¿Cómo lo formuló? Escribió algo sobre eso, tendría que buscarlo… -y volvió a inclinarse sobre el cajón-. Ya lo encontraré -le prometió a Michael-. Porque, en opinión de Beni, se trata de una novela sobre el legado de la cultura judía oriental y la opresión de la que ha sido objeto por parte de la cultura occidental y del academicismo universitario, una historia sobre la originalidad, la espontaneidad, la manera de sentir del pueblo llano y otras cosas similares. Según Beni, el sionismo cometió un gravísimo error al identificarse con la civilización occidental. Pero si me pregunta a mí le diré que, en mi opinión, el misterio, la originalidad y la profundidad de esa historia le llamaron la atención sobre todo desde el punto de vista visual…, que lo que Beni deseaba era afrontar toda esa grandeza… -y la voz se le fue apagando gradualmente hasta que se encogió de hombros como si renunciara al deseo de seguir explicándose.
– Permítame -le dijo Michael- ser algo convencional.
– Be my guest -le respondió Rubin-. ¿Quiere un poco de agua? y sin esperar respuesta se levantó y sacó de debajo de la mesa una botella de agua mineral y varios vasos de poliuretano y sirvió agua en dos de ellos-. Puede resultar muy refrescante -añadió, y al instante se rió por lo bajo-. No me refiero al agua, sino que, si no me hubiera hecho alguna pregunta convencional, habría echado por tierra el estereotipo que tenía de la policía.
– Se trata del hombre que durante estos últimos años ha vivido con la mujer a la que usted ha amado durante toda su vida, una mujer que fue su esposa y que lo abandonó por él. ¿No ha influido eso en su relación con Beni?
– No -dijo Rubin-. Esa pregunta me la han hecho ustedes una y otra vez durante los últimos días, desde que Tirtsa… ya no está con nosotros; y es que no ha habido policía, médico o compañero de trabajo que no me la haya formulado, abiertamente o con disimulo, y la verdad es que me sorprende… la falta de imaginación de las personas. Lo cierto es que la gente lo mide todo según su propia vida. No hay nadie que pueda figurarse que las personas somos diferentes, muy distintas, que pensamos y sentimos según unos esquemas completamente opuestos entre sí.
– Pero ¿no se dio ningún tipo de tensión?
– No sé cómo explicarlo -dijo Rubin con cansancio-, porque no tengo explicación para ello. ¿O es que tendría que tenerla? Yo los amaba a los dos, a Beni y a Tirtsa. Mi matrimonio con Tirtsa terminó por un asunto entre nosotros del que ahora no tengo ganas de hablar y del que seguro que, de cualquier modo, ya le habrán informado otros… Porque he visto que hablaban ustedes con Niva y ella no es precisamente de las que se guardan los secretos -añadió con amargura.
– ¿Se refiere usted al niño? -le preguntó Michael.
– Eso Tirtsa no lo sabía, o tengo la esperanza de que no lo supiera, porque lo único que yo deseaba era… Lo que quise fue ahorrarle sufrimiento -dijo Rubin, y pareció que la depresión de sus mejillas se hacía más profunda de repente, como si el rostro se le reabsorbiera en un gesto de dolor-. Pero hubo otras cosas. Si uno se encuentra con que su mujer quiere saberlo todo una y otra vez…, que ha oído esto, que ha visto lo otro, que ha notado lo de más allá, y le contesta con mentiras…, sí, con mentiras, porque ¿qué puedes hacer? Hasta que se llega a un punto en el que aunque no haya nada resulta ya imposible demostrárselo… Porque si te pregunta dónde has estado, con quién…, cuándo…, en un trabajo como el mío… cualquiera le hace entender que no ha pasado nada…; y más teniendo un pasado como el mío… Así que Tirtsa…, y lo entiendo…, se convirtió en la típica mujer que anda espiando y persiguiendo a su marido infiel… y eso resulta humillante, porque a ella no le gustaba nada ese papel… El caso es que finalmente nos separamos, porque no había otra salida. Y entonces… Beni siempre la había amado… Prefiero… preferí que estuviera con alguien que la amara de verdad. Beni le había sido fiel durante todos aquellos años, sin esperanza alguna, simplemente no se había casado con nadie… Aunque por supuesto que tuvo… -la voz se le apagaba, pero como Michael permaneció en silencio, Rubin siguió hablando-. Se puede decir que Beni tuvo algunas novias, anduvo con algunas mujeres, pero nunca le fue bien. Esperó y esperó hasta que al final tuvo a Tirtsa. Ya le he dicho a usted que Beni no es una persona flexible, que no está dispuesto a transigir. En nada. Prefiere perder a conformarse con un arreglo intermedio. Esto es algo que él nunca le dirá abiertamente, pero yo sé que es así. Lo conozco bien. Créame si le digo que Beni es incapaz de haberle hecho nada a nadie.
– ¿Y Srul? -preguntó Michael.
– ¿Qué pasa con Srul? Si se encuentra en Israel, lo desconozco porque no se ha puesto en contacto conmigo.
– Según nuestras informaciones entró en Israel hace… -y Michael volvió a echarle un vistazo al cuadernito de espiral, aparentando una gran concentración mientras veía por el rabillo del ojo lo tenso que estaba Rubin- dos días, llegó hace dos días, un día después de que Tirtsa muriera…