– Quizá quisiera venir al entierro -dijo Rubin-, aunque no tengo ni idea de cómo pudo enterarse, tal vez por la prensa… Él… Pero no lo vi en el entierro. Se podría comprobar en el…, porque tollo el entierro está filmado…
– ¿Usted no le avisó de lo de Tirtsa?
– La verdad es que no -murmuró con una mirada llena de culpabilidad-, no me dio tiempo a… No se me ocurrió…
– Pero, según parece, se enteró de todas formas…
– Quizá se lo dijera Beni -apuntó Rubin con un escepticismo manifiesto-, aunque no veo cómo… Porque Beni no estaba… Pero es posible…, porque si Tirtsa había mantenido el contacto con él…, entonces puede que Beni lo telefoneara…
– ¿Y por qué seguiría ella en contacto con él? -preguntó Michael.
– No tengo ni la menor idea -dijo Rubin-, se lo juro. Puede que para sacarle más dinero para las tomas complementarias, porque no debe usted olvidar que ella actuaba como si fuera la mujer de Beni a todos los efectos, y además creo que hasta lo amaba.
– ¿Sabía Tirtsa que el dinero provenía de Srul?
– No -dijo Rubin asustado-, en absoluto, ella no sabía nada, aunque quizá se le ocurrió la idea de… Pero un momento -y mirando el reloj subió el volumen del monitor-, quiero ver esto, y no a través de la pantalla sino en vivo; venga conmigo, bajemos al estudio, porque van a anunciar lo de Tsadiq y va a hablar Hefets, y quiero verlo desde el estudio, así que lo mejor será que me acompañe…
Se quedaron un momento esperando el ascensor, pero Rubin desesperó enseguida. Ya se disponía a bajar por las escaleras cuando el ascensor se detuvo y él abrió la puerta de un violento tirón. Dentro estaba Hefets, con el torso desnudo, metiendo el brazo por la manga de una camisa azul oscuro. A su lado se encontraba una mujer joven, con el pelo despeinado y la cara sofocada, con una americana de hombre colgada del brazo y una enorme polvera y una brocha de maquillaje en la mano. «Primero póngase la camisa», oyeron que le decía a Hefets, antes de que Rubin lo saludara con la mano y dejara que la puerta del ascensor se volviera a cerrar.
– Venga, bajemos por las escaleras, porque el ascensor es muy pequeño -le dijo a Michael y, mientras bajaban corriendo, añadió jadeante-: No es lo que parece, si es que ha llegado a pensar que Hefets estaba de parranda… Es que las cosas aquí son así en los momentos de emergencia, se tiene uno que vestir y maquillar a la vez, de camino hacia el estudio.
Cuando llegaron al piso de abajo, Rubin se detuvo un momento en la cafetería y le lanzó una mirada al monitor situado frente a la entrada. La cafetería se encontraba prácticamente vacía, a excepción de las dos últimas mesas. Alrededor de una de ellas estaban sentados unos cuantos hombres con monos de trabajo azules, comiendo en silencio, y en la otra, situada en el rincón opuesto, se encontraban Natacha y Schreiber, que tenían la mirada clavada en un monitor que emitía en silencio las noticias de las cinco del canal 2. Mientras el locutor movía los labios, apareció una fotografía de Beni Meyujas con un pie que decía: «Beni Meyujas, director cinematográfico, la policía solicita la colaboración ciudadana para su localización». En cuanto Natacha vio a Rubin, separó su flaca cara de la mano en la que la tenía apoyada y se levantó de un salto, pero él se apresuró a indicarle con un gesto de la mano que después hablarían, ella se volvió a sentar y, solamente entonces, saludó a Michael con la cabeza.
– Si la cafetería tiene este aspecto, es decir, si está completamente vacía cuando las sufganiyas aún no se han terminado -dijo Rubin, mientras se dirigía muy parsimoniosamente hacia las escaleras-, quiere decir que la situación es realmente alarmante. Porque en la cafetería se puede medir el pulso de todo, ya que es el mismísimo corazón de este lugar, todo pasa en ella, to-do, desde los comienzos de la televisión. Este muro de la derecha lo levantaron mientras comíamos, y ahora recuerdo que entonces Tsadiq… -y de repente Rubin se puso a toser como si se ahogara, los ojos se le llenaron de lágrimas y, apretando el paso, se dirigió hacia el estudio de grabación seguido de Michael.
Rubin le ordenó que se quedara en la sala de los iluminadores y de entrada así lo hizo Michael, colocándose como pudo entre un ordenador y una mesa y mirando lo que sucedía a través de la pared de cristal. En el interior del estudio de grabación se encontraba la ministra de Comunicación, a la que una maquilladora empolvaba la cara con una brocha muy gruesa. Hefets se acababa de sentar a su derecha y trataba de ajustarse nerviosamente el nudo de una corbata azul marino. Keren, la presentadora del informativo, estaba sentada a la izquierda de la ministra de Comunicación, que en esos momentos respondía a una pregunta que le habían formulado. «No vamos a interrumpir las emisiones de la Voz de Israel ni de la televisión pública excepto el día de Yom Kippur», dijo la ministra con decisión, «porque cerrar la televisión por el hecho de que haya ocurrido una catástrofe, porque un asesinato no deja de serlo, sería como rendirse a…».
Michael salió de la sala de los iluminadores y se quedó en un rincón de la sala de montaje, justo en el momento en el que el realizador decía, primero como a sí mismo y luego ya en el micrófono: «Venga, que se largue ya de una vez, hemos terminado. Keren, dale las gracias y que se calle la boca», y por eso Michael no pudo oír el final de la frase de la ministra de Comunicación. «¡Cámara dos!», gritó Tsipi, la ayudante de producción, que se sujetaba y acariciaba el enorme vientre con las manos, para enseguida añadir a gritos: «Corten con la dos… Que alguien encienda el monitor de arriba». «¡Cámara uno, Dani!», gritó ahora el realizador, mientras Erez, el jefe de edición, permanecía en silencio a sus espaldas y le clavaba una mirada de reprobación a Dani Benizri, que acababa de entrar corriendo en la sala de montaje, se había quitado el jersey y estaba poniéndose una camisa negra que había retirado de una percha mientras le ofrecía la cara a una maquilladora que en ese momento pasaba por su lado de camino hacia afuera y que torciendo el gesto le dijo: «Ya estás maquillado», aunque le pasó la brocha por la frente. «Se cree una estrella de cine», masculló Erez, «se pasa el día de juerga, llega en el último momento, hace su estriptis particular, se desnuda, se viste, se viste y se desnuda». «¿Hemos terminado con esta cinta?», preguntó un chico que se encontraba sentado frente al aparato de vídeo cambiando las cintas, pero nadie le contestó.
«Preparada la cámara dos, Hefets», dijo el realizador, y Hefets se palpó el micrófono situado detrás de la oreja, a través del cual le llegaban las órdenes, y tomó un trago de agua. A Michael, el ambiente de aquel lugar le recordaba un quirófano o el puesto de mando durante una guerra. Qué fácil resultaba olvidarse de que todo lo que allí pasaba no era un asunto de vida o muerte, meditó Michael, mientras seguía con atención los movimientos de todos los presentes, que no pronunciaban ni una palabra de más y sin embargo actuaban llenos de tensión y nerviosismo. «Medio minuto más…, diez segundos por palabra…», le gritó la ayudante de producción a Keren, la presentadora. «¡Quiero un plano de perfil de las ventanas!», gritó el realizador. «Y ya te he dicho que la eches cuanto antes», añadió ya furioso, refiriéndose a la entrevista con la ministra de Comunicación, que todavía no había terminado.
Tres de las cámaras seguían a Hefets y, a pesar de que la maquilladora volvió a retocarlo justo antes de que lo iluminaran, empolvándole la frente y el mentón, el rostro no le dejaba de brillar por el sudor. En un lado de la pantalla Michael pudo ver una serie de fotos de Tsadiq que habían seleccionado para la ocasión. Una tras otra iban mostrando a Tsadiq en su infancia, en su adolescencia, vestido con el uniforme blanco de la marina, y finalmente en la sala de redacción, al tiempo que se oía de fondo la voz temblorosa de Hefets: «Hoy hemos sufrido una gran pérdida. Una terrible pérdida. Y para mí ha sido, además, una pérdida personal. He estado con Shimshon Tsadiq desde sus primeros pasos como reportero novato hasta su época de director de los informativos -en ese momento apareció en la pantalla una fotografía de Tsadiq ojeando unos papeles y hablando por teléfono mientras presidía la gran mesa de la sala de redacción-. Y también estuve durante los tres años que ocupó el puesto de director de la televisión, en los que se reveló como un verdadero visionario del medio, lo que le valió la confianza de todos». Detrás de Hefets apareció ahora una fotografía de Tsadiq estrechándole la mano a dos hombres vestidos con pantalones vaqueros y polos, con un pie que decía: «Shimshon Tsadiq, director de la televisión». Uno de los hombres sonreía forzadamente, como si temiera que se le fuera a caer el cigarrillo que llevaba entre los labios, mientras que el otro hombre estaba bajando la cámara que llevaba al hombro. El pie de la foto cambió: «Momento de la firma del acuerdo con los representantes del cuerpo de los operarios técnicos», y, en ese momento, Michael se distrajo por la entrada en la sala de montaje del cámara Elmaliaj. Se quedó mirando con gran sorpresa la gran bandeja llena de sufganiyas que Elmaliaj llevaba en una mano, mientras con la otra engullía uno de aquellos enormes buñuelos, completamente ajeno al estado de angustia y de turbación que embargaba a todos los presentes. «… He asumido la responsabilidad de reemplazar a Tsadiq provisionalmente, hasta el nombramiento oficial de su sucesor», dijo Hefets con el rostro de Tsadiq enmarcado en negro al fondo de la pantalla, «y me comprometo a seguir por el camino que él había trazado y poner en práctica sus proyectos…», y Elmaliaj, asintiendo con la cabeza y la boca llena, dijo: